Durante un mes, México habló un solo idioma.
No importó la edad, la profesión, la ciudad o la ideología. En restaurantes, aeropuertos, plazas públicas y salas de espera, millones de personas encontraron un punto de encuentro frente a una pantalla. En un mundo acostumbrado a dividirse por casi todo, el fútbol volvió a demostrar que sigue siendo uno de los pocos fenómenos capaces de reunir a desconocidos bajo una misma emoción. Esa es, quizá, la mayor fortaleza de una Copa del Mundo.}
Pero una vez que se apagaron las pantallas, terminó el último partido y los turistas comenzaron a regresar a casa, llegó la pregunta que pocas veces nos hacemos cuando concluye un megaevento: ¿qué nos dejó realmente el Mundial?
El turismo prometido
Antes del silbatazo inicial, las expectativas eran enormes. El Gobierno de México proyectó la llegada de 5.5 millones de visitantes y una derrama económica de entre mil 800 y 3 mil millones, no de pesos, sino de dólares, mientras distintas autoridades aseguraban que el torneo consolidaría al país como una potencia del turismo deportivo.
Los resultados fueron positivos, pero también más modestos que el entusiasmo previo. Tan solo en la Ciudad de México, la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo local estimó una derrama superior a 22 mil millones de pesos –no dolares– y alrededor de 1.1 millones de visitantes, cifras importantes, e INFERIORES a las proyecciones optimistas. Y yo solo espero que esa cifra se quede en México y no sea la mayor parte para la FIFA, que monetizó completamente el evento.
Pero volviendo a lo principal, no significa que el Mundial haya sido un fracaso turístico. Significa algo mucho más interesante: los megaeventos suelen venderse como soluciones económicas extraordinarias, cuando en realidad sus beneficios son temporales y dependen de una estrategia que continúe mucho después de la ceremonia de clausura.
El verdadero legado turístico nunca se mide durante el torneo. Se mide años después. Por ejemplo, un Mundial puede justificar la apertura de nuevas rutas aéreas, la creación de nuevos hoteles, restaurantes, parques y centros de convenciones, y, lo más importante, en el regreso de los visitantes al país porque, genuinamente, los convencimos de que México ofrece rincones maravillosos.
Ahora nos queda aprovechar las bases de datos de visitantes para crear campañas digitales orientadas a esa segunda visita, y no solo eso, facilitárselas mediante paquetes de promociones y descuentos.
También hay que crear conexiones entre las ciudades sede y sus vecinas como extensiones naturales del viaje. Por ejemplo, si vinieron a Ciudad de México, les faltó probar Puebla.
Creo, honestamente, que, a pesar de no ser un país primermundista, nuestra alegría, gastronomía, amabilidad, tradición, costumbres y biodiversidad nos pone en la mira de muchos ojos internacionales.
También tenemos que apostar por ser sede de otros eventos deportivos y no esperar otros 20 años.
Aprovechar ese efecto halo que generó el Mundial de ponerlos en el panorama de varios turistas internacionales, porque no todo es balazos y pobreza en el país. Pero eso hay que demostrarlo, y eso me lleva al siguiente punto.
El Mundial que muchos aficionados no pudieron vivir
También quedó otra sensación difícil de ignorar.
El fútbol sigue presentándose como “el deporte del pueblo”, pero asistir a su máxima fiesta cuesta, cada vez más, como un privilegio reservado para unos cuantos.
Seamos honestos, las entradas más baratas estaban en 30 mil pesos, más vuelos, hospedaje y alimentos, vivir un partido del Mundial se convirtió para muchas familias en un gasto inalcanzable. Los estadios estuvieron llenos, sí, pero buena parte de esas gradas fueron ocupadas por familias acaudaladas, turistas internacionales, patrocinadores, invitados corporativos y gente con un poder adquisitivo muy superior al del seguidor promedio.
El Mundial dejó una paradoja incómoda: el evento más popular del planeta es también uno de los menos accesibles para quienes lo han seguido durante toda la vida.
Y cuando la pasión no encuentra espacio dentro del estadio, a veces termina expresándose de maneras equivocadas.
Ahí están los aficionados que acudieron al hotel de la selección de Ecuador para impedir el descanso de los jugadores durante la madrugada. Algunos lo llamaron estrategia; otros, folclor futbolero. O la chica –que terminó cerrando sus redes sociales– que le aventó cerveza a un hincha ecuatoriano mayor de edad. Esto deja claro que, si México aspira a consolidarse como referente del turismo deportivo internacional, también necesita aprender que ser anfitrión implica hospitalidad, no hostigamiento. Pero bueno, no todo es malo, también supimos perder ante Inglaterra entonando Hey Jude de The Beatles al terminar el partido.
Cuando el anfitrión falla
El Mundial también funcionó como una radiografía del país.
Las imágenes de celebración convivieron con disturbios, enfrentamientos entre aficionados y hechos violentos que dejaron personas heridas e incluso fallecidas. Más allá de las circunstancias particulares de cada caso, todos ellos obligan a cuestionar si realmente estamos preparados para gestionar eventos que concentran a cientos de miles de personas guiadas por la euforia y el alcohol.
La seguridad no puede depender únicamente del número de policías desplegados. También depende de una cultura colectiva que entienda que un partido de futbol jamás debería terminar costando vidas humanas.
Porque cuando un país organiza un evento de esta magnitud, no solo pone a prueba su infraestructura. También pone a prueba su capacidad de convivencia.
El deporte que todavía logra unirnos
Y, sin embargo, pese a todas esas contradicciones, el fútbol conserva algo extraordinario. Pocas actividades consiguen movilizar millones de viajeros, llenar hoteles, abarrotar aeropuertos y convertir una ciudad completa en una fiesta compartida.
El Mundial volvió a demostrar que el turismo deportivo es mucho más que una derrama económica. También es identidad, pertenencia y memoria colectiva. Quien viaja para seguir a su selección rara vez recuerda únicamente el marcador. Recuerda la ciudad que visitó, la comida que probó, la gente que conoció y las historias que vivió fuera del estadio.
Esa es la verdadera fuerza del turismo deportivo.
Cuando el negocio empieza a ganarle al deporte
Pero precisamente porque el fútbol despierta semejante pasión, también se convirtió en una de las industrias más rentables del planeta. Hoy el espectáculo convive con derechos de transmisión multimillonarios, patrocinadores globales, estrategias de marketing, plataformas digitales y clubes que funcionan como grandes corporaciones.
El rendimiento deportivo sigue siendo importante, pero ya no es el único motor del sistema. Cada Mundial confirma que el fútbol mueve emociones… pero también mercados. Y esa lógica también explica por qué cada edición resulta más costosa para el aficionado común y más atractiva para las grandes marcas.
Lo que realmente nos dejó el Mundial
Cuando terminó el torneo, México no solo heredó cifras de ocupación hotelera o balances económicos. También heredó preguntas.
¿Fuimos capaces de aprovechar la oportunidad turística más importante de la década? ¿Estamos preparados para organizar eventos de esta escala sin que la violencia opaque la experiencia? ¿Seguimos hablando del deporte del pueblo o de una industria donde el acceso depende, cada vez más, del poder adquisitivo?
Quizá ese sea el verdadero legado del Mundial. No los goles. No los estadios. Sino el espejo que nos puso enfrente. Porque los Mundiales duran apenas unas semanas. Las lecciones que dejan deberían acompañarnos mucho más tiempo.
