Por semanas, influencers y medios de comunicación mexicanos han escrito sobre el (tenebroso) caso Adidas y las artesanas de Naupan, un pintoresco y empobrecido pueblo enclavado en la Sierra Norte de Puebla. El nudo de la historia que dichos medios han contado es simple: la multinacional alemana se asoció con Someone Somewhere, una empresa mexicana de indumentaria que diseña y comercializa ropa y accesorios elaborados en colaboración con comunidades indígenas artesanales, para que alrededor de 150 poblanas bordaran los jerséis de la tercera equipación para el Mundial de Fútbol 2026 de la Selección Nacional, una hermosa prenda en color negro con vivos en verde, blanco y rojo, con precio unitario de más de 200 dólares (unos 3 mil 500 pesos), en una colaboración que las ayudaría a obtener buenos ingresos económicos para ayudar a sostener a sus familias, que carecen de todo o casi todo. No obstante, de inmediato “activistas” acusaron a las empresas de explotar a las mujeres nahuas (se les pagaba 36 pesos, o 2.06 dólares, por hora, es decir, 9% debajo del salario mínimo de México) mientras lucraban con su imagen.
Hasta ahí la historia que casi todo mundo compró y difundió como un caso grave de explotación, resultado de los nuevos modelos de la economía moderna y –claro– del capitalismo salvaje que nos subyuga en estos tiempos de globalización. Sin embargo, todo resultó una farsa. Un equipo de The New York Times (Jack Nicas y Luis Antonio Rojas) viajó hace unos días a la sierra poblana y descubrió que la historia tiene un lado mucho menos oscuro de lo que se pretende. Y es que las mujeres, quienes recientemente portaron solemnemente la bandera tricolor en el partido México vs. Ghana en el estadio Cuauhtémoc, no solo refutaron todas las versiones difundidas irresponsablemente, sino que se dijeron bien remuneradas, bien tratadas y orgullosas de su labor y acuerdo con Adidas y Someone Somewhere.
“La verdad, es mucho mejor este trabajo que cualquier otro”, declaró Mónica Marín al diario más importante del mundo. “Venimos las horas que queremos”, afirmó, por su parte, Micaela Pérez. “Pues realmente nosotros ganamos lo justo”, remató Anabel Guzmán. No sin un poco de ironía, The New York Times subraya en su amplio y excelente reportaje que ahora la queja de las artesanas es que la chamba, su chamba, terminará pronto con el Mundial. “Para muchas, eso significaba volver a labrar campos de frijoles, chiles y cacahuates”, lo que supone más horas, menos sueldo y un trabajo más agotador. “Si realmente todas esas personas que hacen esos comentarios se tomaran el tiempo de venir a platicar con nosotras, pues se darían cuenta de que no estamos siendo explotadas”, expresó Betty Alonso, otra de las talentosas artesanas –mujeres con manos mágicas– de Naupan. “Siento un coraje enorme hacia todos los influencers”, declaró Edith Carballo, quien se unió al proyecto tras ser despedida de una farmacia. “En sus mentes ellas están ayudándonos supuestamente, pero desafortunadamente se están ayudando ellas”…
Así que la alarmante y tenebrosa historia de explotación laboral no solo no lo fue, sino que acabó, penosamente, en una de tantas historias fake, tan falaces como prolíficas, vencedoras absolutas de lo que algún día se llamó periodismo, ese oficio que llegó a ser el mejor del mundo y que hoy ha muerto de inanición, víctima precisamente de los influencers, pero también de la AI, las redes sociales, el algoritmo y el streaming, etc., sobre todo en Puebla.
