Aunque los partidos y aspirantes no dejarán de hacer lo suyo para ganar terreno y posicionarse rumbo a las elecciones de 2027, el país y Puebla entrarán en una especie de tregua o cuarentena política por la Copa Mundial de Fútbol.
Por supuesto que la grilla y las campañas anticipadas continuarán, pero la conversación política y la agenda pública entrarán en una dinámica de menor polarización y crispación.
Sin embargo, creo que después de la final de la justa mundialista en Nueva Jersey, Estados Unidos, el país regresará a la realidad y los políticos acusarán los efectos positivos o negativos de lo que suceda con la Selección Nacional, y con las utilidades o pérdidas que hayan dejado las enormes inversiones públicas y privadas que se hicieron para la celebración de este campeonato.
Dependiendo de ese ánimo colectivo, los ciudadanos evaluarán a la presidenta Claudia Sheinbaum, así como a su gobierno y partido; y decidirán si vuelven a refrendarle su apoyo o se lo retiran, por las acusaciones y evidencias que ligan a prominentes figuras de Morena con el narcotráfico, la corrupción, la inseguridad y los abusos de poder que prometieron combatir.
Lo mejor que podría ocurrirle a la presidenta es que se salve de una rechifla en la inauguración del Mundial, que la Selección Nacional pase a cuartos final, que los Estados Unidos no capturen y se lleven detenido a Rubén Rocha Moya, y que las protestas de la CNTE y otras organizaciones no se salgan de control y terminen siendo reprimidas.
Sin embargo, nada de eso puede garantizarse.
El problema es que el ánimo social de los mexicanos anda bajo, casi por los suelos, por las pocas expectativas que despierta la oncena nacional, por el alto costo de los boletos para acudir a un estadio, viajar a una ciudad o ir a un restaurante para disfrutar el espectáculo, y por la percepción de que esta Copa mucho quedará a deber a México en términos de derrama, turismo y las obras y gastos que se hicieron para ser sede mundialista.
La debacle para Morena y la presidenta puede venir después del 19 de julio, sobre todo –insisto– si México hace un mal papel, si las expectativas que se crearon en torno a los beneficios de este evento internacional no se traducen en cuestiones tangibles, y si el país en lugar de proyectarse ante el mundo como una nación en paz, civilizada y mejor de lo que era en 1970 y 1986, cuando también fue sede del Mundial de Fútbol, se muestra dividida, polarizada y con graves problemas de infraestructura urbana en materia de transporte, vialidades y servicios públicos.
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