“Jaime recuerda perfectamente la fecha en que cruzó por primera vez la frontera con Estados Unidos. Era la noche del 15 de septiembre, día en que se celebra la Independencia de México, de 1975. Con otros ocho migrantes, Lucero debía vadear el río Bravo a la altura de Ciudad Juárez, en Chihuahua. ¿El problema?: Jaime no sabía nadar.
”Cuando estaba frente al río en la frontera, sentí pavor de meterme. Fue una experiencia que me marcó para siempre. El miedo de que te pueda llevar el río es tremendo. Las historias que oíamos eran terribles: ‘anoche se llevó el río a tantos’.
”Jaime olvidaría los nombres de los demás hombres con quienes cruzó, salvo el de Ricardo Lucero, su primo, apenas dos años mayor, con quien había crecido en la comunidad de Independencia.
”Juntos habían realizado el periplo desde la Mixteca poblana hasta la frontera. Ya sin los otros migrantes que vadearon el río, ambos debían encontrar en El Paso, Texas, a los polleros que previamente habían contratado. El plan era dirigirse en automóvil hasta Chicago.
”En el vehículo viajaron los primos, dos traficantes de personas o polleros —ambos mexicanos o mexicoestadounidenses— y tres individuos que habían prometido pagar su pasaje con trabajo. A esos desafortunados sujetos, los polleros los habían forzado a viajar en la cajuela a fin de evitar que se dieran a la fuga. El trayecto sería de casi 2 mil kilómetros”.
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“La certeza de que él era un migrante, de que esa nueva identidad permanecería con él por el resto de su vida, comenzó a asentarse en Jaime desde que cruzó sin saber nadar el río Bravo.
”Sentí pavor al cruzar porque literalmente el agua nos llegaba al cuello. Éramos ocho los que veníamos: mexicanos, centroamericanos, sudamericanos. No recuerdo ya de qué países eran. Lo cierto es que desde entonces tuve esa idea de que todos formábamos un grupo, de que teníamos un parentesco. Nunca los volví a ver, nunca supe bien a bien quiénes eran. Pero, si ahora me preguntan: ‘¿cuál es tu grupo?’, yo digo: ‘ése, los migrantes’.”
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Así arranca “Un nahual en el imperio. La lucha de un migrante por los derechos políticos de la diáspora”, del periodista Maurizio Guerrero, que narra la increíble historia de uno de los poblanos más exitosos -si no es que el más exitoso- en Estados Unidos: Jaime Lucero.
En tiempos adversos para los migrantes radicados en el vecino país del norte, la obra es inspiradora, sobre todo porque describe puntualmente la lucha siempre cuesta arriba de un poblano ejemplar que logró forjar un consorcio (la importadora de textiles Gold & Silver) que emplea actualmente a 350 personas.
“Dos días después de instalarse en Queens, Nueva York, con su hermano Julio, (Jaime Lucero) consiguió empleo de lavaplatos en un restaurante (el Poseidon One) donde trabajaba hasta 14 horas diarias por 110 dólares semanales”.
Fundador de Casa Puebla en Nueva York, creador del Festival 5 de Mayo y defensor de los derechos humanos a través de Fuerza Migrante, un movimiento binacional apartidista conformado por mexicanos y mexicanas en el exterior, Jaime Lucero empezó, efectivamente, de lavaplatos, como tantos otros paisanos que huyeron y siguen huyendo literalmente de una nación –México, la suya- que no les ofrece las oportunidades laborales y sociales que se merecen y que padecen violencia y/o pobreza.
Hoy Jaime Lucero es un empresario y filántropo, con una historia tan sensacional como atípica que contar: Tenía apenas 6 años cuando asesinaron a su padre. Su mamá se quedó sola al cuidado de siete hijos; una niña de brazos era la menor de ellos.
“Un nahual en el imperio”, editado por Grano de Sal, relata cómo antes de cumplir 10 años, Jaime Lucero se vio forzado a abandonar Independencia, una ranchería enclavada en la Mixteca poblana.
Durante su pesarosa infancia, una curandera le advirtió: “Tú eres un nahual y por eso siempre van a tratar de hacerte daño”.
Y como tantos otros migrantes, terminó cruzando el río Bravo para buscarse la vida, primero desempeñando toda clase de empleos y luego como brazo derecho de un restaurantero de origen griego.
Su intuición lo llevó a aventurarse en la industria de la distribución de telas en Manhattan, donde debió enfrentarse a la última gran familia de la mafia.
Con tenacidad y picardía, hizo fortuna, siempre con la certeza de que debía sumar fuerzas con otros mexicanos en Estados Unidos; así creó Casa Puebla, una organización que ha otorgado becas universitarias a cientos de latinos, y Fuerza Migrante, para lograr que la diáspora mexicana cuente con representación legislativa: poco a poco, el Congreso federal y algunos locales han reservado curules para los diputados migrantes.
El periodista Maurizio Guerrero, estudioso de la migración, presenta en su libro la lucha colectiva por esos derechos políticos y la trayectoria vital de alguien que arrancó en uno de los municipios más pobres de Puebla y supo plantarle cara al imperio y renovar las anquilosadas estructuras políticas del México contemporáneo.
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Ernesto Castañeda, director del Centro de Estudios Latinoamericanos y Latinos, American University, señala: “Este libro combina narrativas de vida con análisis de políticas gubernamentales y del contexto económico en México y Estados Unidos. Demuestra cómo el ingenio y la perseverancia de los migrantes siempre sobrepasan la agenda y los planes de los gobiernos, y cómo han alzado su voz colectiva como actores cívicos y políticos”.
Por su parte, David Brooks, corresponsal de La Jornada en Estados Unidos, indica: “Al presentar la biografía de uno de los protagonistas de la comunidad migrante, Guerrero revela las coordenadas históricas de la diáspora mexicana en Nueva York, así como su interlocución a nivel local, nacional y binacional. Con agudo talento y cariño periodístico, ofrece las claves necesarias para entender la compleja coyuntura de estos “ciudadanos transnacionales”.
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Entre varios, un capítulo interesante del libro es en el que se aborda la relación entre algunos migrantes relevantes y la política.
Y se habla del tristemente célebre Rubén Gil Campos, efímero alcalde de Izúcar de Matamoros que acabaría acusado de vínculos con el narcotráfico en tiempos del gobierno de Mario Marín Torres.
“Quizás el caso más extremo de un migrante interesado en la política por ambición personal sea el de Rubén Gil Campos, quien por 40 días de 2008 fue presidente municipal de Izúcar de Matamoros, Puebla, origen de miles de migrantes en Estados Unidos.
”Gil Campos había iniciado su carrera política en California, donde administraba empresas de transporte de alimentos, como representante del Gobierno de Puebla en esa entidad.
”Su carrera fue truncada luego de ser arrestado en el aeropuerto internacional de Los Ángeles acusado de haber distribuido 11 kilos de cocaína en Nueva York. Fue destituido de su puesto y, tras ser encontrado culpable, enviado a prisión.
”Liberado, Gil Campos regresó a Puebla con la aparente intención de retornar a la vida pública. Según las autoridades estadounidenses, continuó también su negocio con las drogas.
”En marzo de 2019, una jueza federal de Buffalo, al norte de Nueva York, lo declaró culpable de conspirar para traficar drogas y lavar dinero para el cártel de Sinaloa usando como fachadas sus empresas de distribución de alimentos, Triton Foods y Kamora Investment.
”Experiencias como las de Gil Campos, reconoció el propio Lucero, han generado desconfianza hacia los migrantes que pretenden participar en la vida pública en México”.
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“Un nahual en el imperio. La lucha de un migrante por los derechos políticos de la diáspora” es un libro que vale muchísimo la pena.

