En Azumbilla –localidad de Nicolás Bravo– no se está peleando el agua.
Se está peleando el poder.
Y como suele ocurrir en la política poblana, el libreto ya estaba escrito desde antes de que la gente saliera a las calles.
De pronto, apareció el rumor: que en un predio privado se estaban “robando el agua”.
La inconformidad se generó por la presencia de invernaderos ecológicos de la empresa Colorado Ecoterra, señalándola como la responsable de realizar perforaciones de dos pozos en la zona conocida como El Potrero.
Nadie ha probado nada, pero eso no importa cuando lo que se necesita no es verdad, sino indignación.
Y la indignación, bien dirigida, es combustible político.
Así empezó todo.
Pero detrás de los gritos y las consignas hay nombres, hay operadores y hay intereses.
El alcalde de Nicolás Bravo, Rubén Tepole Huerta, moviendo piezas; el presidente auxiliar Rubén Román Jiménez Cuevas, calentando la plaza, y la diputada Ana Lilia Tepole, acompañando el ruido político para ver qué tajada alcanza.
En tierra, el encargado de prender la mecha: Michias Faustino Hernández Pérez, quien presume cercanía con Antorcha Campesina.
Nada nuevo: movilización, presión y narrativa social.
Pero la historia no termina ahí.
Porque en las sombras aparece el verdadero operador: Pedro Tepole Hernández.
Dicen en corto que el exalcalde tehuacanero no ha soltado el control.
Que ya se sentó con gente de Miguel Ángel Celis Romero –el mismo que, aun desde prisión en San Miguel, sigue moviendo hilos– para repetir la jugada que ya funcionó antes: reventar proyectos, espantar inversionistas y convertir el conflicto en capital político.
Porque Tepole tiene prisa.
Quiere volver.
Él… o su hija.
Quiere regresar…
Pero no lo que se llevó.
No le alcanzó el desgaste de su administración.
No le pesaron las cuentas públicas cuestionadas.
Tampoco el rechazo social.
En la política local, la memoria es corta, pero la ambición es larga.
Y en medio de ese juego, el que queda atrapado es el desarrollo.
Colorado Ecoterra representa empleos, inversión y dinamismo económico.
Pero también representa algo que incomoda a muchos: orden, formalidad y reglas.
Justo lo contrario a lo que necesitan quienes viven del conflicto.
El problema es que esta vez el fuego puede salirse de control.
Ahí es donde entra Marco Balseca, el delegado de Gobernación.
Su papel no es menor: apagar la mecha antes de que explote.
Porque no solo está en juego una inversión, sino la gobernabilidad de toda la región.
Y también su futuro político: sueña con ser alcalde de Tehuacán.
Si logra contener la crisis, se posiciona.
Si no, se convertirá en el siguiente nombre en la lista de los que dejaron que Puebla se incendiara por intereses ajenos.
O asumirá el penoso papel del funcionario inepto –otro– que en lugar de resolverle problemas al gobernador Alejandro Armenta Mier, se los multiplica.
Porque al final, en Azumbilla, el agua es solo el pretexto.
El verdadero conflicto –como siempre– es quién controla el territorio… y el dinero.
