A finales de los años 70, “La Organización” ya manejaba la casi totalidad del sector privado en Puebla y su universidad (la UPAEP) acogía a los hijos de las familias clasemedieras y pudientes, mientras en las ofertas de empleo en el anuncio económico de El Sol de Puebla se señalaba que no admitían egresados de una UAP (hoy BUAP) que, controlada por el Partido Comunista, ya estaba tremendamente desprestigiada.
El 24 de diciembre de 1979 fue asesinado Ramón Plata. Se dice que por algunos de sus propios compañeros, pero ello nunca ha sido plenamente probado.
Su sucesor fue, precisamente, José Antonio Quintana Fernández, quien fungió como jefe nacional primero y, luego, ante la expansión en otros países –como España–, fue jefe general de 1979 a 1985.
Para la década de los 80, El Yunque tenía fuerte influencia –además de en Puebla, Ciudad de México y el Bajío–, en Baja California, Jalisco, Querétaro, Chihuahua, Durango y Veracruz.
En menor medida en Coahuila, Nuevo León, Oaxaca, Quintana Roo, San Luis Potosí, Tlaxcala y Yucatán, logrando en las décadas siguientes gubernaturas como las de Guanajuato, Jalisco y Querétaro, así como puestos importantes en varios gobiernos estatales. También ocupó alcaldías de numerosas ciudades.
Un parteaguas, fue haber logrado el control político y económico del Partido Acción Nacional (PAN).
Gracias a ello, colocó a varios de sus miembros en puestos clave durante la presidencia de Vicente Fox, pero el presidente Felipe Calderón les marginó y les arrebató el partido donde aún conservaban alguna influencia.
La expansión internacional de “La Organización” se ha dado en Argentina, Colombia, Chile, Perú, España, Italia, Estados Unidos y Filipinas.
En España ha tenido amplia presencia e importancia, suscitando fuerte reacción de las izquierdas.
De ahí que, como se subrayó desde el inicio, Quintana Fernández tuvo fuerte influencia en Puebla, en la república mexicana y en el ámbito hispanoamericano.
A inicios de los 80, su influencia era ya inocultable.
Algún importante empresario decía, incluso, en aquellos tiempos: “prefiero pelearme con el gobernador antes que con Quintana”.
El jefe de El Yunque, como constructor –no como dueño–, desarrolló varios fraccionamientos y centros comerciales.
Fue un empresario cuya discreción y prudencia garantizaban el éxito de sus proyectos, lo que era muy apreciado por quienes con él invertían.
Así se manejó también la UPAEP, que se consolidaba y expandía, y sigue expandiéndose a la fecha.
José Antonio fue un hombre intachable al que jamás se le vio envuelto en ningún escándalo, lo que le dio enorme autoridad moral.
Cuando el gobernador Rafael Moreno Valle Rosas, a fin de apoderarse del PAN, intentó someterle mediante auditorías y persecución política, resultó que sus negocios caminaban en perfecto orden.
Esto sumó a sus logros como jefe, por lo que aún después de dejar el mando de La Organización se mantuvo un tiempo como una especie de jefe general emérito de gran influencia en las decisiones.
No obstante, se le reprocha que en los conflictos internos siempre dio la razón a los jefes, aunque estos estuviesen equivocados o abusando de su autoridad.
Siempre cuidaba de la estructura jerárquica de El Yunque, su “ópera magna”.
Quintana fue un extraordinario jefe en la oposición, pero nunca fue un hombre de poder, lo que se manifestaba en su vida austera y en las limitaciones de sus ambiciones políticas, lo que fue determinante en los años y circunstancias que siguieron.
A diferencia de Ramón Plata, quien planteaba que La Organización era un estado embrionario, Quintana Fernández se hundió en el modelo político vigente, al cual El Yunque se fue mimetizando. No planteó un modelo político viable y atractivo para las élites del país.
Al concluir su periodo de 15 años como jefe general, fue sucedido por Bernardo Ardavín Migoni, persona que se había desarrollado más como burócrata de la Universidad La Salle que como académico en esa institución.
A diferencia de Quintana, no era un hombre de éxito ni de influencia social, económica o política, pero que de pronto es jefe de una poderosa organización a la que Quintana había dado una impronta de austeridad que no cuadraba con el enorme poder que empezaban a tener.
Esto les generó tremendos conflictos internos al no considerar elementos clave de la naturaleza humana (soberbia, envidias, luchas por posiciones, etcétera).
Mientras que desde su fundación y a lo largo de las décadas de los 50 hasta mediados de los 90 La Organización había formado líderes y atraído a personajes como Clouthier, Fox y otros que sin militar en El Yunque se sumaron a sus luchas, se desplazó a quienes tenían vocación política y liderazgo para suplantarles con “personas de confianza” –hijos, familiares y amigos de persistentes aunque cerrados militantes– que aplicaron aquello de que “el que obedece no se equivoca”.
Las jefaturas locales fueron ocupadas no por personas de lucha, sino por burócratas de La Organización que manejaron la vida interna y que poco a poco fueron mermando el estilo firme y vigoroso de El Yunque.
Adicionalmente, las mieles del poder fueron seduciendo a muchos de sus militantes, que luego de subsistir en medio de severas limitaciones económicas durante las crisis recurrentes de 1976 al 2000, de pronto gozan de jugosos ingresos y prerrogativas, aplicándose a cuidarlas impidiendo el avance de líderes que sin duda les opacarían.
La influencia de Quintana en La Organización fue menguando.
Si durante la primera década de este siglo aún se le escuchaba y respetaba como si siguiera siendo el jefe, dejaron de considerarse sus opciones para importantes cargos, muestra de ello es que a la rectoría de la UPAEP llegó Emilio Baños Ardavín y no la propuesta de Quintana: el vicerrector Herberto Rodríguez Regordosa, el mismo que hoy aspira a la dirigencia del Consejo Coordinador Empresarial, el CCE.
Ciertamente, algunos militantes del El Yunque aprovecharon su posición para enriquecerse mediante contratos y otros tratos con el poder, y aprendieron a manipular al PAN para asegurarse candidaturas –principalmente plurinominales– sin una visión política que permitiera construir un país mejor. Véase el caso del clan de Eduardo Rivera Pérez, empleado de La Organización que solo ha favorecido a su cerrado círculo.
Mientras José Antonio Quintana Fernández envejecía, La Organización menguaba.
Ardavín fue sucedido por Guillermo Velazco Arzac, también burócrata en la Coparmex, durante cuya jefatura La Organización perdió –con Calderón– el control del PAN nacional, mientras en Puebla entregaron el partido a Moreno Valle a cambio de nada.
Hoy en México El Yunque es una organización senil y parasitaria, poco respetada y sin influencia política; no así en otros países donde apenas empieza a recorrer el camino según Quintana.
Tanto sus seguidores como sus detractores reconocen que fue un hombre excepcional.
En El Yunque siempre fue conocido como “Leonardo”, su eterno sobrenombre secreto.
“Leonardo” –padre de cinco hijos y abuelo de 11 nietos– murió el pasado 18 de diciembre, a los 91 años de edad.
Que en paz descanse el jefe de El Yunque.

