Motivos para una Celebración (El Esquilón Zaragoza y el Gobernador Barbosa)
Foto: EsImagen
El gobernador Miguel Barbosa Huerta tiene una virtud: prepara sus propios discursos.
Y lo más difícil: los elabora en la cabeza.
A la hora de decirlos públicamente, va convocando imágenes, metáforas, moralejas.
Pero también va uniendo fechas con personajes y situaciones.
Se dice fácil.
No lo es.
Posee una ventaja sobre muchos otros: tiene bien leída la historia de México.
Este martes, por ejemplo, hizo un ejercicio de micro historia a la manera del gran Luis González y González.
¿Tema?
La campana de Dolores que tañó en 1810 el cura Hidalgo a sus 57 años de edad.
Memorioso como es, recordó que esa campana era conocida como el esquilón San José.
O Saint Joseph.
Esquilón —dijo— viene de esquila: ese cencerro que cuelga del pescuezo de los chivos o los borregos.
A partir de ahí, narró que esquilón significa campana, y que el “San José” se debe a que éste era el patrono de la Nueva España.
En ese sentido, anunció que la campana que tañerá la noche del 15 de septiembre en Casa Aguayo se llamará, por decreto, Esquilón Zaragoza.
Este sencillo acto retrata muy bien a un gobernador que se ha ido a fondo en temas que antes eran intocables, como el ataque a la corrupción y el combate a la inseguridad.
Ahí también se dice fácil, pero no hay en el pasado inmediato un gobernante que haya movido de forma tan brutal los cimientos en los que descansaba y operaba la corrupción.
No hay tregua para quienes hicieron del gobierno un modelo de negocios.
Y eso se ve todos los días.
Desde que arrancó su gobierno han caído en la cárcel por temas relacionados con actos deshonestos una cantidad brutal de ex funcionarios.
Y otros muchos han sido imputados.
Una buena parte de estos están prófugos o se encuentran debajo de la cama.
Muchos motivos y razones tiene el gobernador Barbosa para tañer el Esquilón Zaragoza —de 370 kilos de peso— este 15 de septiembre.
Tres Décadas. El 19 de septiembre de 2021 cumpliré 30 años de vivir en Puebla.
Recuerdo ese día con una precisión quirúrgica.
Vivía en la calle Corregidora número 39 (antes 17), en Huauchinango. Me desperté temprano, fui al jardín central a conversar con Eduardo Fuentes de la Fuente —quien se mantenía en huelga de hambre por lo que consideraba actitudes autoritarias de la profesora Pilar Jiménez, a la sazón presidenta municipal—, grabé una breve entrevista con él, subí por la calle Cuauhtémoc, doblé en Matamoros, y entré a la estación de radio —la XENG— para transmitir mi último programa de El Ferruco: un noticiero que mantuve —con otros nombres en su momento— durante algunos años.
Me despedí con nostalgia. Terminaba un ciclo brutal en mi vida. Había regresado a Huauchinango en los años ochenta después de que a los siete años de edad me había mudado, con mis papás y mis hermanos, al Distrito Federal: ese horrible nombre con el que se conoció, durante muchas décadas, a la Ciudad de México.
Ahí descubrí los versos, codirigí El Oso Hormiguero, gané premios nacionales y becas de poesía, y viví mágicamente en Coyoacán.
Mi regreso temporal a Huauchinango estuvo lleno de pasiones. Hice radio —guiones, noticieros, programas de debate, crónicas musicales e históricas—, coordiné la Casa de la Cultura —en el bellísimo exconvento— y escribí varias obras teatrales que Pepe Olvera y Alejandro Calva terminaron montando con el grupo que formamos. En total armé 28 talleres de todo tipo, montamos exposiciones delirantes —el gran pintor oaxaqueño Rodolfo Morales llegó a inaugurar una retrospectiva de su obra, y cincuenta de los mejores pintores y escultores más jóvenes de México acudieron a celebrar la muestra que culminó con un concierto de rock en el viejo hotel Rex—, fundé un cineclub, produje una película, etcétera.
También me enamoré y descubrí el periodismo.
Tras sufrir varias censuras radiofónicas —incluida la de Manuel Bartlett Díaz, secretario de Gobernación durante la Caída del Sistema—, migré a Puebla gracias a la generosa invitación de Fernando Alberto Crisanto, quien me nombró productor del noticiero Hechos, en SÍ-FM. En esa estación también dirigí, produje y conduje un programa que hizo época: Las Intimidades Colectivas. A veces tuve como co-conductora a Beatriz Gutiérrez Müller. Tanta expectación y polémica generó el programa que el mismísimo arzobispo Rosendo Huesca pidió desde el púlpito la desaparición del mismo.
Cuando llegué a Puebla tenía un libro publicado. Desde entonces he publicado siete, más un octavo que está por salir de la imprenta.
En esos treinta años he dirigido una decena de periódicos, he escrito una columna política, he conducido noticieros y programas de debate, y he seguido siendo censurado.
No podría ser de otra manera.
He vivido estos treinta años entre conflictos con gobernadores y la pasión poética y periodística. El amor, faltaba menos, ha sido un faro luminoso en esta travesía.
Nada mal para ese niño que nació en la modesta calle Corregidora de Huauchinango —en el sanatorio del doctor Cuervo— en 1956.
