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Y la Hiena me Lee

Y la Hiena me Lee

Por Mario Alberto Mejia

La Quinta Columna

Día 36 de la Cuarentena. Me cuenta Juanita que a su comadre le encanta ir a los velorios.

Antes de la cuarentena, no dudaba en ponerse de luto y estar en primera fila: en la zona de los más cercanos al difunto.

Frente a un espejo roto se ponía su falda entallada, las medias negras de seda, el liguero del mismo color, el suéter de cuello V que dejara ver sus senos y unas zapatillas que alguna vez fueron de charol.

Tomaba el rosario, ponía cara de rictus y le decía a su gordo: “Orita vengo, panzón”.

Éste no le hacía caso, entretenido como estaba en ver cómo John Ackerman se la chupaba entera a la 4T.

Apenas entraba, la comadre de Juanita llamaba la atención del respetable, incluyendo al amante de la esposa del difunto.

A todos les daba el pésame, sobre todo a los señores.

—Mis más sinceras condolencias —decía como María Victoria cantando “Cuidadito, cuidadito”, al tiempo de frotarle los senos al señor en cuestión.

El abrazo era firme, pero cachondo.

Un abrazo de lobito en celo.

Luego se retiraba a un rincón en busca de otra víctima.

Y repetía la danza: movimiento de nalgas, abracito cachondo, casi lamiendo una oreja, y vocecita seductora.

Media hora después, el velatorio estaba poblado de erecciones.

Erecciones de viejos, erecciones de jóvenes y erecciones de maduros.

Ella entonces se daba el lujo de elegir.

En veces se llevaba al amante de la viuda, en veces al hijo mayor, en veces al suegro septuagenario, en veces a un cuñado que vino de Tijuana.

En algún carrito cercano consumaba el anhelado coito.

Luego se iba a su casa quitándose la baba del recién caído y encontraba a su gordo dormido frente al televisor.

Se acostaba todavía jadeante, recordando detalles de una batalla ciega.

Una vez que Juanita terminó el chisme del día, salí al jardín y vi a mi vecina hablando con su esposo a la puerta de su casa.

Ambos llevaban cubrebocas.

Me acerqué sin ser visto y escuché lo que decían.

Ella celebraba, untándose gel desinfectante en las manos, que el locutor Javier Alatorre se hubiera ido con todo en contra de López-Gatell y la política sanitaria del presidente López Obrador.

El marido, tembloroso, defendía a las instituciones y a la Patria, pero la hiena no se andaba con cuentos.

A grito abierto dijo que ya era hora de que alguien frenara al “farsante” —así llamó a López-Gatell—, y gritó que Alatorre y Ricardo Salinas Pliego sí tenían lo que le faltaba a él (en referencia al atribulado cónyuge).

La vecina despotricó media hora contra AMLO, la Patria, la 4T y el Pueblo Bueno, y entendí entonces, en toda su complejidad, aquello que el “compañero presidente” —como lo llama Fernández Noroña— dice todos los días en la Mañanera: “El que se aflige se afloja, y no nos vamos a aflojar", “Todas sus hipótesis pesimistas se vendrán abajo muy pronto", “Tengo miedo, pero no soy cobarde”, “Ya no es el tiempo de pleitos, de divisiones; tenemos que unirnos”.

Y las célebres: “Yo tengo otros datos" y “Vamos bien, vamos avanzando”.

Cuando me alejé, vi cómo mi vecina le daba un periodicazo en la nuca a su marido al tiempo de decirle “¡no sea usted pendejo!”.

El periódico, por cierto, era nada menos que ContraRéplica Puebla.

En silencio me solidaricé con él y con su penosa circunstancia.

Confirmé, además, que la hiena me leía.