Doña Vegana en Superama (Crónica de una Odiadora Profesional y su Panzón Marido)
Por Mario Alberto Mejía
La Quinta Columna
Sé muy bien que la eliminación de las bolsas de plástico es una tendencia mundial impulsada en 60 países, y que, en México, varios estados ya la aplican, pues las afectaciones por el uso de este material ascenderían a 13 mil millones anuales en los sectores como turismo, pesca y otros.
Sé también que casi el 80 por ciento de los residuos plásticos generados en el mundo todavía permanecen en alguna parte del planeta y que para 2050 se estima que el 50 por ciento de las aves marinas habrán ingerido algún tipo de plástico.
Estoy enteradísimo que el 15 por ciento de las especies en peligro de extinción son afectadas por los residuos plásticos, además de que el conjunto de sustancias químicas de estos productos se integran a la cadena alimenticia que por ende afecta a los seres humanos.
Todo eso lo sé y lo puedo recitar en un día de la Bandera.
Lo que no entiendo es la actitud de algunos personajes Fifís de Puebla que, en aras de cuidar a los peces, humillan a los seres humanos.
La tarde de este lunes fui a Superama Zavaleta a hacer algunas diligencias.
Me formé en la caja 5.
Antes de mí estaba una pareja que llevaba bolsas de todo tipo para evitar las satanizadas bolsitas de plástico.
Él tenía una buena panza.
Una panza digna de su despensa: jamón, queso de puerco, chorizo, longaniza, pan Bimbo, bolillos, tortillas, arrachera, cecina, Newyoks, Sirloins, Rib Eye’s y todo eso que hace que el mundo gire correctamente.
Ella, en cambio, llevaba su dieta vegana.
¿Cómo lo supe?
Porque separó asqueada la zona verde de la zona tóxica.
Además, su color amarillo-cadáver-fresco la delató.
Su delgadez extrema iba bien con su carácter.
Como si estuviera filmando un spot para National Geographic, la joven-vieja sacó sus apestosas bolsas para evitar que la señora de la tercera edad metiera los productos en las multicitadas bolsitas de plástico.
Al tiempo de hacer su big brother, refunfuñaba cosas en contra de quienes han depredado el planeta durante siglos.
Como si fuera un mantra, declamaba todo tipo de grititos.
Llena de hipos, sacó una bolsa en la que seguramente metió alguna vez un saco Zara.
Fue entonces cuando vino la demostración mayor: le quitó una etiqueta al envoltorio y se la dio de propina a la dama de la tercera edad que hacía el papel de “cerillo”.
—¡Ésta es su propina! —le dijo furiosa.
—Gracias —respondió la viejita con una educación que la vegana-yogui difícilmente adquirirá.
El marido sólo movió la panza y la cabeza en señal de desaprobación pero no dijo nada.
Se fue detrás de ella con una actitud de ciervo herido.
—Ésos son los que van a salvar al planeta —dije para mí.
Ufff.
El planeta tendría que prescindir de ellos.
