El Feminicida que Vive Dentro de Nosotros
Por Mario Alberto Mejía
La Quinta Columna
Hace unos días subí a las redes una reflexión sobre la terrible cultura del feminicidio.
¿Qué me orilló a hacerla?
El brutal asesinato de Ingrid Escamilla a manos de su pareja sentimental.
Las reacciones, contra lo que yo pensaba, metieron a la gente en una dinámica inédita de autocrítica.
No todos los días revisamos el álbum familiar para buscar los orígenes del mal que nos tiene doblados y avergonzados como sociedad.
Con varios agregados, retomo parte de esa reflexión nacida del dolor y de la indignación.
Ingrid fue criada por su amoroso padre junto con sus cuatro hermanas ante la ausencia materna.
Él trabajaba en la Compañía de Luz y Fuerza del Centro.
Todos eran originarios de Canaditas, municipio de Juan Galindo, cerca de la Presa de Necaxa: ésa que a principios del siglo XX inauguró Porfirio Díaz.
Una mudanza a Ecatepec cambió el destino de todos.
(Eso provocan las migraciones: cambios en los hábitos y en los usos y costumbres).
Fue una niña feliz, una adolescente soñadora, una mujer completa.
(Qué tristes tópicos. Qué amargos suenan estos lugares comunes en el contexto de un crimen tan atroz).
Todo mundo condena los feminicidios.
Está claro.
Leo sermones convertidos en diatribas todos los días.
Escucho gritos encendidos de protesta.
¿Cuándo y cómo empezó esto?
La serpiente puso el huevo hace muchos años.
En mi caso personal, recuerdo comidas familiares en las que los hombres —salvo mi padre— competían por ver quién sometía más a sus esposas.
Algunos las humillaban públicamente entre broma y broma.
De pronto, esas mujeres terminaban llorando, hartas de tanto desprecio disfrazado de risa.
Las tías guapas y solteras —viudas, divorciadas— eran el blanco cotidiano de las insinuaciones y los acosos.
Todo era una gran puesta en escena del macho sobre la hembra.
Pero era lo normal, lo común, lo que pasaba —en mayor o menor medida— en las familias mexicanas.
Normalizábamos esa violencia verbal y la reproducíamos en los juegos y en nuestras relaciones.
La chica que tenía más de dos novios en un breve periodo era una puta a la que podía usarse.
Las muchachas de servicio eran parte de nuestra iniciación sexual.
Estaban para eso.
No nos escandalizábamos porque habíamos normalizado la violencia en contra de las mujeres.
Justificábamos la infidelidad paterna, pero crucificábamos la infidelidad materna.
La señora que engañaba a su marido en nuestra adolescencia llenaba nuestras fantasías sexuales y, para no variar, la llamábamos puta.
La banalidad del mal era nuestro juego.
Y así crecimos.
Así crecieron también los asesinos de mujeres.
En esos contextos, en esa bonita tradición de la familia mexicana.
La película Roma retrata esos momentos.
La serpiente estaba poniendo su huevo y aplaudíamos.
Hoy no sabemos qué hacer ante tanto feminicidio, y hasta el discurso oficial de condena suena hueco, inconsistente.
El olvido es más tenaz que la memoria.
Todos somos potenciales asesinos de mujeres.
Nos educaron para eso.
Nos cebamos en los diarios, en los noticieros, en las redes sociales.
Lucramos con el morbo que generan las muertas.
Publicamos sus fotos.
Describimos la manera en la que las desollaron.
¿En qué momento se pudrió todo?
