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Así atracan en el transporte público

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A Puerta Cerrada

Por: Jorge Rodríguez 

Esta columna no es policiaca ni aborda asuntos de seguridad pública, pero esta vez hará una excepción para tratar de ayudar a las autoridades a resolver un problema que existe, que es real, y que parece expandirse a una rápida velocidad: el asalto a usuarios del transporte público en la ciudad de Puebla.

No habrá en el contenido denuncias ni cifras de estadísticas, solo la espeluznante narración de los hechos, tal y como ocurren en la calle, arriba de los indefensos microbuses.

Vea usted.

El reloj marca poco más de las 06:30 horas de un día común entre semana, laborable.

Cuatro hombres de claro aspecto malandrín le hacen la parada a una unidad de la ruta 4, esa que recorre desde Balcones del Sur hasta el Centro Histórico y viceversa, en la colonia Arboledas de Loma Bella.

El chofer responde, detiene el vehículo y abre las dos portezuelas.

Tres de los cuatro sujetos (en estricta jerga de crónica policiaca) suben por la puerta delantera; el otro lo hace por atrás.

Dos primeras evidencias de sospecha hacen sudar a los usuarios que a esa hora de la mañana atiborran el microbús que circula sobre la calle 16 de Septiembre.

La primera, que los nuevos ocupantes, robustos, desaliñados y sucios, de camiseta blanca la mayoría, no pagan pasaje ni el operador de la unidad hace ningún intento por obligarlos a pagar.

La segunda, que el mismo conductor cierra con rapidez el acceso posterior para que el cuarto de los malandrines se pare en esa parte del microbús y frustre cualquier intento de huida.

Por razones que se desconocen pero que se pueden intuir, el miedo a convertirse en una víctima más de estos personajes, el operador se vuelve cómplice permisivo del hecho delictivo que está a punto de concretarse.

Lo que sigue es la parte dramática del acontecimiento.

Los tres sujetos que accedieron al microbús por la portezuela del frente aprovechan las calles que tienen antes de llegar a la avenida Las Torres, también conocida como Municipio Libre, para desvalijar a cuanto ocupante pueden.

Pero no muestran armas de fuego ni punzocortantes (más de la jerga policiaca, usted disculpe) para ‘convencer’ a las víctimas de entregar sus objetos de valor.

Ni siquiera usan palabras altisonantes para amenazarlas.

Recorren el pasillo propinando empujones y soltando miradas intimidatorias a la gente, al mismo tiempo que le quitan bolsos, carteras, teléfonos y relojes.

Nadie se rebela, nadie se defiende, nadie encara a los delincuentes.

Las cotidianas noticias de los espacios informativos parecen haber mostrado a los usuarios del transporte público la inconveniencia, hasta imprudencia en el peor de los casos, de resistirse a un atraco de este tipo.

Los tres sujetos actúan en la más absoluta impunidad.

Si no emplean pistolas ni cuchillos quizá se debe a la resignación de sus víctimas, que resultan paralizados y vulnerables, no a la falta de ellos.

Una vez consumado el robo, a unos cuantos metros de la estación de checado que la ruta 4 utiliza cerca de Las Torres, el operador del microbús, que vuelve a ayudar, detiene la unidad y abre otra vez la puerta trasera.

Es así como en un instante los cuatro ladrones descienden del vehículo para perderse entre las vialidades de esa populosa zona del sur de la ciudad.

Los usuarios callan.

Vaya, ni entre ellos platican lo que acaban de padecer.

Entre los que son atracados y los que no lo son comparten un doloroso silencio que los acompaña, al menos, por el resto del día.

¿Denuncia ante el ministerio público?

Ni pensarlo.

No es opción.

Como para qué.

***

El usuario del transporte público que transmitió al reportero los hechos aquí descritos ha sido testigo, y víctima, en dos ocasiones.

@jorgerdzc