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¿Y si la Minigubernatura se Encogiera aún más?

¿Y si la Minigubernatura se Encogiera aún más?

La Quinta Columna por Mario Alberto Mejía/@QuintaMam

 Hay una opinión generalizada en el sentido de que un año con diez meses y 16 días no sirven para mucho, sobre todo tratándose de una gubernatura.

Los primeros seis meses, dicen los teóricos, sirven para empezar a posicionarse, pues el proceso de conocimiento es muy lento, sobre todo en el interior del estado y en algunas áreas marginales de la capital.

Para que un ciudadano común se entere de que hay un nuevo gobernador transcurre cuando menos medio año.

Cuando el nuevo huésped de Casa Puebla se esté acomodando en la silla empieza informalmente el proceso electoral que renovará, entre otras cosas, la gubernatura del estado.

En ese momento nuestro personaje empieza a operar para su partido y su futuro candidato.

En otras palabras: le tocará conducir el proceso a nivel local.

Sus días de gloria –efímeros– concluirán cuando surjan los candidatos: el de su partido y el de los otros partidos.

Ahí empieza a darse un fenómeno que don Daniel Cossío Villegas describió con su atinada sabiduría en un libro que se llama Sucesión Presidencial.

Y es que en la medida en que vayan pasando los días, el gobernante se empieza a borrar –y a desaparecer– del imaginario colectivo para dar paso a su sucesor.

El final es previsible: cuando el minigobernador le entregue el poder al gobernador de seis años empezará la danza del olvido: la ceremonia de los adioses magnificada.

Queda claro: un año con diez meses y 16 días no sirven para mucho.

Y si a esto le agregamos que el “síndrome Colima” –donde el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación anuló la elección por las irregularidades detectadas durante el proceso– podría estar presente en la elección poblana, el escenario se complica más.

Imagine, hipócrita lector, que el Tribunal decide anular los comicios locales a unos días del cambio de poderes.

De entrada, el Congreso del Estado nombraría a un gobernador interino que convocaría a unas nuevas elecciones.

En ese sentido, el periodo de un año con 10 meses y 16 días se reduciría notablemente.

De entrada: tres meses.

Y es que primero tendrían que realizarse las precampañas (unos 11 días), luego las campañas (unos 35 días) y luego las elecciones.

Entre lo que se nombra a un gobernador interino, se lanza la convocatoria, se hacen las precampañas y las campañas, se lleva a cabo la elección y rinde protesta el mini-mini-gobernador ya pasaron unos tres meses.

En otras palabras: el periodo se reducirá dramáticamente, pues el nuevo huésped terminará “gobernando” un año con siete meses y 16 días.

Este encogimiento de un minisexenio de por sí encogido encogerá aún más el ánimo del cada vez más encogido ciudadano.

Ya lo sabemos: las elecciones son tan fatigosas como el coito no deseado después del coito no deseado.

Ufff.

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