Columnas La Quinta Columnas por Mario Alberto Mejía
No entiendo a quienes celebran sus triunfos con caras largas, expresiones de enojo y silencio.
¿Qué nos quieren decir? ¿Qué están felices, pero insatisfechos? ¿Qué están insatisfechos, pero felices? La señora Ana Teresa Aranda es todo un caso.
Desde que anunciaron que la Suprema Corte abordaría la denominada Ley antiBronco de Puebla se apersonó con algunos de los suyos en la sede de los togados.
Dicen quienes la vieron que se veía altiva, segura, dueña de una felicidad muy sospechosa.
Y es que parecía saber algo: que los ministros destrozarían el polémico tres por ciento requerido de los ciudadanos empadronados y el candado de la militancia partidista.
(De la obligación de que los simpatizantes de un candidato ciudadano se apersonaran para hacer legítima su nominación, mejor ni hablamos. Todo mundo sabía que ésa era una zanahoria puesta por el Congreso poblano para desviar la atención sobre otros temas).
Llegó, pues, el día de la sesión.
Ana Tere entró al recinto como si todavía fuera lo que había sido antes de que el marinismo la tocara y, en consecuencia, la ensuciara.
Con ese aire que le dio fama en Huejotzingo.
Con esa sonrisa que exhibió cuando los policías bartlistas la cargaron a las afueras del antiguo Palacio de Gobierno para limpiar el mugrero de los manifestantes que tanto desagradaba al entonces gobernador.
Una hora y media esperó a que los ministros ingresaran al Pleno.
En ese lapso, tuiteó dos veces que estaba a la espera de la histórica sesión, saludó a tres priistas que casi le llaman “compañera de partido” y le mandó un WhatsApp al bejaranista Jorge Méndez para comentarle que estaba muy optimista de lo que vendría.
Los togados entraron con sus perfumes carísimos, sus corbatas Hermés, sus zapatos italianos.
Las togadas, con sus carísimas faldas Carolina Herrera y sus esencias de París.
Habían trascurrido 50 segundos cuando el ministro presidente anunció que en aras de que sus compañeros tuvieran más tiempo para estudiar el caso la sesión concluiría y la discusión se trasladaría para el lunes siguiente.
Ufff.
Ana Tere se despidió de sus compañeros de partido diciéndoles al oído que algo apestaba en la Suprema Corte y entró en un sospechosismo que le duró el fin de semana entero. ¿Qué ocurrió en ese lapso? Sus tuits vinieron a la baja y sus apariciones públicas escasearon.
Faltaba más: le pidió al Señor del Cristo Crucificado y Sangrante que le concediera el milagrito de ver caer la Ley antiBronco y también les rezó a las Teresianas.
Llegó el día prometido.
Los togados entraron al Pleno.
Ana Tere los miró esperanzada.
Sonreía sin entender -absolutamente nada- cada vez que los ministros eructaban sus discursos jurídicos.
No obstante, movía la cabeza afirmativamente y hacía changuitos con los dedos.
Algo ocurrió que no quedó contenta con la votación, que propició que se mantuvieran firmes dos candados del Congreso: el del tres por ciento requerido de firmas y el de la renuncia de los aspirantes -un año antes como mínimo- a sus partidos políticos.
