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¿En Manos de Quién Quedó la Seguridad Pública en Puebla?

¿En Manos de Quién Quedó la Seguridad Pública en Puebla?

La Quinta Columna

Mario Alberto Mejía

A Jesús Rodríguez Almeida lo critican hasta quienes en su momento han recurrido a los gases lacrimógenos y a los palos hundidos en las espaldas de los manifestantes de cualquier signo.

Lo acusan de ser un personaje más torvo que el Hermano Lobo del poema de Rubén Darío.

Torvo y represivo, juran quienes no se inmutan por quienes con el rostro cubierto incendiaron una de las puertas emblemáticas e históricas del Palacio Nacional.

Torvo, represivo y fascista, aseguran quienes defienden con todo la toma del Aeropuerto Internacional de la ciudad de México.

Sus expresiones, no obstante, no las comparte una muy amplia mayoría que añora los tiempos en que Rodríguez Almeida fue secretario de Seguridad Pública en el Distrito Federal.

Hoy que la ciudad de México es un caos gracias entre otros a los militantes de Antorcha Campesina, muchos extrañan las estrategias que en contra del vandalismo ejecutó el abogado y experto en seguridad, mismo que desde hace unas horas es titular de Seguridad Pública en el estado de Puebla.

Si viene un blando, qué blando.

Si viene un duro, qué duro.

Ya nos sabemos la cantaleta.

El Puente de la Muerte. Ocurrió en Julio de 2011.

Claudia Olivier, una profesionista joven y atractiva, acudió a una cena a la casa de unos amigos.

La charla y la música bañaron el lugar.

Todo era concordia.

En su agenda tenía un viaje programado, por lo que apenas si bebió una o dos copas, las suficientes como para manejar sin problemas.

Ya se iba cuando un amigo le pidió un raid.

Subieron al auto, conversaron, tomaron el Circuito Interior, pasaron por el Sam’s, por el Holiday Inn La Noria…

De pronto sucedió lo impredecible: el auto se estrelló brutalmente contra la parte izquierda de la zona de acceso al puente.

Fue un golpe sordo, seco, mustio.

Cuando la Cruz Roja arribó al sitio las dos personas habían muerto.

Nadie puede entender lo que ocurrió.

Nadie sabe si pretendía subir al Puente 475 –pésimamente trazado y construido en tiempos de Enrique Doger Guerrero- o algún vehículo le cerró la entrada.

Lo real, lo cierto, es que la chica se impactó y ahí terminó la historia de sus 28 años.

Uno de los familiares de los dos jóvenes pintó una cruz para recordar a su muerto.

Al principio –y todavía de vez en cuando- aparecen flores.

Esta historia la he recordado un par de veces.

Viene a cuento ahora porque hace unos días se cumplieron cuatro años del terrible accidente y porque son unánimes las quejas en contra de ese puente.

Hace unos días, un empresario exitoso visitó Puebla después de muchos años.

Tras destacar los cambios, notables, terminó extrañándose ante el puente:

“¿Y este puente qué? ¿Es provisional?”.

Su duda legítima obtuvo la respuesta brutal de otro empresario:

“No. No es provisional. Es lo que nos dejó un alcalde que quiere ser gobernador”.

Omito las expresiones del empresario defeño por respeto a los lectores.

A quien seguramente no le da risa la anécdota es a la familia de la chica muerta.

Faltaba más.

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