Nuestro plan no era irnos para el otro lado, nosotros teníamos una vida allá pero llegó la mafia”, lamenta Eliud Lemus, migrante de El Salvador, quien dejó en su país todo lo que conocía pero no a su familia. Desde hace un mes, él y sus dos hijos de 10 y 11 años, así como a su esposa, se han enfrentado a todo pero continúan en la ruta, una ruta que tomó un giro inesperado, ya no llegarán a los Estados Unidos, “es muy peligroso”, repiten. Hoy dejan Puebla y quieren asilo político en México, porque a ellos los expulsó la violencia no el hambre.
Con una deportación a sus espaldas, Eliud sabía que la única forma de mantener salva a su familia era llevarlos con él o morir en el intento pero tenía claro que no dejaría que “las pandillas” salvadoreñas que “son como los zetas de aquí”, se los quitaran. “Yo tenía un taller y nos iba bien”, cuenta desconsolado este padre de familia, quien hace dos años fue obligado por más de 14 meses a pagar una cuota de 300 dólares a esos grupos delictivos hasta que su negocio no pudo más y quebró.
En un primer intento, un año atrás, partió de casa solo y llegó hasta Texas pero ahí “lo agarraron” y permaneció casi un mes esperando a ser repatriado, poco antes de eso, supo que a su mujer, Carmen, la mafia “la quería meter a trabajar con la cocaína” y de no hacerlo, serían Cinthya e Iván, sus dos pequeños, quienes pagarían las consecuencias.
En cuanto pisó suelo salvadoreño, llegó con su familia para empeñar y vender todo lo que poseían. El auto, los celulares, la televisión, la maquinaria de su taller, todo lo que consiguieron en más de una década de matrimonio fue vendido por apenas 700 dólares; con ese monto en las manos, Eliud y Carmen tomaron a sus pequeños y comenzaron lo que para ellos ha sido un martirio pero para sus hijos una aventura.
Para Cinthya e Iván, la travesía desde su país natal no ha pesado. Ellos juegan cómodamente en el lugar al que lleguen. Con residuos de basura crean las más inesperadas artesanías, sus padres les enseñaron a hacerlas y con ese talento han podido obtener algunas monedas a cambio pero ellos lo ven como una distracción, no como una obligación.
Su viaje en el tren “La Bestia” desde Guatemala, el albergue de migrantes de Ixtepec (Oaxaca), su estancia con Las Patronas (Amatlán de los Reyes, Veracruz) y sus tres días de pernoctar en la Parroquia de Nuestra Señora de los Desamparados aquí en Puebla, han pasado para los pequeños como días de juego pero porque así lo han querido sus padres.
Carmen y Eliud, los cuidan en todo momento, no duermen aunque los niños lo hagan, no comen si los niños no han probado bocado; mendigan desde hace dos semanas, en Oaxaca los asaltaron, pero ellos no les robarán la inocencia a sus hijos, pues en todo momento procuran que la sonrisa no se borre de su rostro, saben que con un rato de juego y alguna historia, sus hijos no sentirán la carga que ellos traen, es más, los pequeños ni siquiera están conscientes de que en su país, la mafia los busca porque no accedieron a sus condiciones, que los desafiaron y escaparon.
SU META ES MONTERREY, LLEGAR A EU PODRÍA MATARLOS
El recorrido de más de 2 mil kilómetros desde El Salvador se refleja en los pies cansados de Eliud y la cara desconcertada de Carmen, para ellos cada parada ha traído un reto. Los autobuses desde su país de origen hasta el cruce entre éste y Guatemala fueron su recorrido “de primera clase”; de ahí, extensas caminatas, ríos, albergues y un tren más no cualquiera pues subieron a “La Bestia” y vivieron para contarlo, se han sumado a la lista de vivencias que el matrimonio Lemus narra con sentimientos encontrados pues si bien la melancolía de un hogar perdido les duele, los agradecimientos con Dios y la vida misma, no cesan, aun no pueden creer que los cuatro permanezcan juntos, sin un rasguño ni enfermedades a más de 30 días de comenzar a migrar.
En “La Bestia”, que tomaron en Guatemala y de la que bajaron en Arriaga, Chiapas, según comenta Carmen, se amarraban con cinturones a la máquina para que no se cayeran. “Nada más veíamos cómo caían cuando se dormían y ahí se quedaban”, explica la mujer, quien dejó dos hermanas en su país.
Dos días de viaje en esas mortales máquinas le bastaron a esta familia para decir “no me vuelvo a subir a ningún tren”. Así, ese miedo, las historias de otros migrantes y lo que han podido ver de México, los convencieron de que no podrán viajar hasta la frontera, aseguran que allá morirán o que podrían perder a sus hijos, riesgo que no desean correr, si no todo habrá sido en balde.
“De aquí (Puebla) para allá (Estados Unidos) es lo más peligroso”, sentencia Eliud, quien no quiere exponer más a su familia, son todo lo que tiene y todo lo que necesita, por eso planea aunque no sabe cómo, pedir asilo político en México una vez que haya avanzado hasta Monterrey, Nuevo León.
Dice que ha escuchado que en esa ciudad – y estado en general – la violencia se ha aplacado. En Puebla no se quiere quedar, pues aquí comenta que todavía siente “un poco del mal” de su país y, evidentemente, el sureste de México, le resulta todavía más peligroso, es más, asegura que hasta que llegó con Las Patronas y a Puebla, ha sentido un cambio de lo que viven en Centroamérica pero quiere “subir más”.
Fue en la comunidad de Las Patronas (que toman su nombre por La Patrona, comunidad de Amatlán de los Reyes, Veracruz), donde los conectaron con el asilo de Nuestra Señora de los Desamparados y que es uno de los cuatro albergues que la Arquidiócesis de Puebla puso a disposición de los migrantes para pernoctar.
Hoy, alrededor del mediodía, partirán hacia el Distrito Federal, de allá verán “para dónde jalar” y si bien no tienen configurado su plan saben, porque lo han visto, que Dios viaja con ellos.




