Con globos blancos y el reclamo de justicia, cientos dicen adiós a Fátima
Decenas de personas acudieron a la misa de despedida de Fátima. Su familia exige que se investiguen y se castiguen las negligencias.
Guillermo Antón Godínez es abuelo de Fátima Cecilia, la niña de siete años que fue asesinada y cuyo cuerpo fue encontrado en la alcaldía Tláhuac. “Todo México tiene los ojos en este problema”, dice agradecido por las muestras de apoyo.
Son las 10 de la mañana y el hombre, agotado, espera que se celebre la misa de cuerpo presente en recuerdo de su nieta. Por el momento, la mayor parte de las sillas colocadas frente a la humilde vivienda ubicada en Santiago Tulyehualco están vacías. Horas después no cabrá un alfiler. Cientos de personas acompañarán el luto en la misa de cuerpo presente que se celebró frente a la vivienda en la que residió la niña. Y también cientos, con globos blancos y gritos de justicia, acompañarán el féretro en las calles.
La muerte de Fátima golpeó a una familia y a toda una comunidad. Es un símbolo, uno más, de un país incapaz de proteger a sus hijos más vulnerables, de un país donde se han acumulado las víctimas de la violencia machista. Tiene razón Antón Godínez. De algún modo, todo México está presente en esta estrecha callejuela en la que es difícil aguantar las lágrimas.
“¿Por qué dañan a una niña que su peor majadería sería sacar la lengua?”, se pregunta el anciano. El hombre reside a pocas cuadras de aquí y ahora mismo es preso del “y si”, un condicional cruel.
¿Y si alguien en la escuela hubiese avisado que Fátima se había quedado sola y que nadie acudió a recogerla? ¿Y si el agente del Ministerio Público hubiese hecho caso a su madre, Malena, y en lugar de 72 horas para reportar la desaparición hubiese puesto en marcha el protocolo?
Estas son las preguntas que atormentan a Guillermo Antón Godínez, que no deja de quejarse de las “negligencias” que acompañaron a la muerte de su nieta. Dice, por ejemplo, que en esa misma escuela hubo otro caso en el que un niño no fue recogido por sus padres. “Llamaron al MP y les pusieron una multa”, dice. “Mi nietecita no corrió con la misma suerte”.
Consumada la tragedia, la preocupación de Antón Godínez es que siga la investigación. Que no quede impune. Que se castigue a los responsables de toda la cadena.
Las inmediaciones de la casa en la que vivió Fátima hasta que le arrebataron la vida son un lugar triste desde primeras horas de la mañana.
Nadie está preparado para enterrar a una niña de siete años y, sin embargo, ahí hay una familia que está obligada a hacerlo. El único sonido que rompe el luto a las nueve de la mañana es el sonido de un violín.
Edmundo Paz, de 38 años y antiguo alumno de la escuela, pone la banda sonora al dolor. Está parado frente al domicilio familiar donde permanece el ataúd. Toca el himno de la alegría, y alguna ranchera. Malena, la madre de Fátima, escucha sentada en primera fila. De vez en cuando lanza una queja. “Me la robaron”. “Le robaron la vida”. A ratos camina de lado a lado, y trata de atender y agradecer a quien se le acerca. Incluso habla con algunos periodistas. Nadie está preparado para enterrar a un hijo y ella está obligada, porque alguien decidió arrebatarle a la suya.
