El horror que viven familias guerrerenses ha alcanzado niveles en los que los descubrimientos de fosas clandestinas o de restos humanos son noticias buenas. Para los Vergara Hernández, en cada hoyo, en cada hueso hallado, surge una oportunidad de encontrar al hijo desaparecido: Tomás.
Apenas anunciaba el procurador general de la República, Jesús Murillo Karam, que entre los 28 cuerpos exhumados de las primeras fosas no estaban normalistas, Mayra Vergara preparaba su traslado al Servicio Médico Forense (Semefo) de Chilpancingo para preguntar si se había revelado alguna identidad de los restos calcinados y fragmentados hallados en Iguala.
“Tal vez ahí esté mi hermano Tomás”, decía esperanzada.
Muchas familias, igual que los Vergara Hernández, veían la oportunidad de recuperar a sus hijos, a sus padres y a sus hermanos entre los 28 cadáveres, que se creyó en un principio incluían a 17 de los 43 normalistas desaparecidos.
A esto se debió que desde el pasado martes, luego de las palabras del procurador, madres provenientes de diversos municipios viajaran a la Fiscalía Región Norte del estado de Guerrero, que da servicio a Iguala, Taxco, Buenavista, a solicitar por primera vez una prueba de ADN, pues muchas de ellas, al enterarse de la desaparición de sus hijos, prefirieron consumirse solas en su dolor antes que ir con la autoridad, por temor a las represalias.
“Aprovechamos en Iguala la barbaridad contra los normalistas de Ayotzinapa para decir que hay muchas madres que también están llorando a sus hijos y que por miedo no denunciaron”, condenó Mayra.
Otra víctima, quien pidió ser identificada como Regina, ha sufrido durante más de seis años la ausencia de su hermano. En 2009, luego de que su denuncia cumplió medio año sin resultados, decidió actuar por cuenta propia y pegar en Iguala unos 200 carteles con la foto del joven y un par de contactos.
Los números celulares con los que Regina intentaba conseguir pistas fueron precisamente los que usaron los criminales para amenazarla: frenaba su búsqueda o se atendría a las consecuencias.
“Dejamos de buscar”, afirmó.
Con resignación, la joven aceptó que lo único que les quedó por hacer a ella y a su madre fue callar y llorar bajo la fría protección de las cuatro paredes de su hogar.
Esconder una atrocidad como la desaparición de un ser querido obedece a que los familiares temen que los delincuentes se enteren que están siguiendo su rastro. Su búsqueda representa una amenaza para el crimen.
“Nunca especifico que mi hermano está extraviado o que hubo una denuncia. Todo eso se oculta”, explicó.
Entonces, para Regina fue más seguro mentir a aquéllos que preguntaban por su hermano y, llena de remordimiento, afirmar que estaba muerto a causa de un accidente vehicular.
En Iguala es preferible matar a los desaparecidos que salir a buscarlos.
“Hay una enorme sicosis alimentada por el sadismo. Apenas uno se entera de que levantaron a alguien y ya está pensando en cómo lo van a entregar. A la gente la han encontrado hecha pedacitos”, aseguró Mayra.
A ella, por ejemplo, le han ido con rumores de que en Chilpancingo vieron a su hermano sin lengua.
La sádica imagen del cadáver del joven normalista sin rostro y sin ojos es parte del terror que ha debido soportar la población.
Las decenas de policías comunitarios que subieron a los montes y cerros de Iguala en busca de algún rastro de los normalistas, hijos de sus compañeros campesinos, no dan crédito a lo que ven mientras más exploran el cementerio abierto en que se convirtió el municipio.
Hay imágenes espeluznantes en las 20 fosas y excavaciones que los miembros de la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (UPOEG) han ubicado hasta hoy: un vestido de niña, zapatitos, pantaloncitos y hachas ensangrentadas.
Miguel Ángel Jiménez, policía comunitario, ni siquiera logra describir los escenarios que ha enfrentado en el monte sin que sus ojos enrojezcan y se le quiebre la voz.
“Es muy doloroso. Honestamente no creo que el vestidito que apareció en la fosa esté allí porque a alguien se le ocurrió llevarlo: lo encontramos donde estaban los huesos”, lamentó.
Pero el miedo no fue únicamente lo que llevó a ahogar el grito de las madres con hijos desaparecidos en Guerrero, como a la mamá de Regina, también lo silenció la impunidad.
La familia de Regina es una de las 50 que fueron convocadas en 2009 para que acudieran al Semefo a realizarse estudios de ADN y así verificar si sus seres queridos estaban entre los 25 cadáveres exhumados en las fosas clandestinas de Taxco.
Aunque los familiares se trasladaron a Chilpancingo, proporcionaron contactos a los peritos y denunciaron las desapariciones, jamás volvieron a saber de la autoridad.
Lo mismo sucedió con Mayra. Al visitar hace unos días por enésima vez el Semefo, pidió que los resultados del ADN de los 28 cuerpos recién encontrados se comparen con los de su familia.
Sin embargo, le dijeron que la llamarían después, como cada vez que llega con los peritos a hacer la misma petición, cuando se entera sobre fosas o cuerpos hallados.
Desde que secuestraron a Tomás el 5 de julio de 2012, en Huitzuco, mientras conducía su taxi,
Mayra se dedica a monitorear las secciones policiacas de los periódicos locales para ver si entre algún muerto encuentra a su hermano.
“Otra vez a esperar esa llamada”, aceptó desanimada.
Mayra, Regina y los padres de los 43 normalistas no sólo deben tolerar el agotamiento provocado por la ausencia de su familiar, el desánimo también aparece al clamar una ayuda y una justicia que simplemente no llega.
El padre de Carlos, normalista desaparecido, ha lucubrado los escenarios más aterradores, asegurando que está dispuesto a todo con tal de recuperar a su hijo.
No duerme, no come desde que por error recibió una llamada proveniente de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, en la cual en lugar de explicarle que su hijo estaba desaparecido, lo incluyeron entre los normalistas muertos.
“Me dijeron que lo habían matado”, reprochó.
Tampoco puede expresar su dolor sin alterarse. Le mienta la madre al gobierno.
“Chinguen a su madre toda la bola de corruptos”, gritó.
Lo que más le “encabrona” es que en lugar de encontrar a su hijo y a sus compañeros, la autoridad ofrezca recompensa por una información que está convencido tiene la policía y sabe perfectamente en dónde están.
“¡Si ni mi hijo ni ninguno de ellos son perros! ¡No son basura! ¡Son seres humanos! ¡Sienten! ¡Tienen corazón!”, exclamó.
Mientras él se desahoga a través de la furia, las madres de los estudiantes tratan de encontrar consuelo en Dios.
Todas las tardes, en las canchas de la Normal, una veintena de mamás se sientan en círculo a rezar por sus hijos perdidos.
Escuchan cabizbajas a la encargada de dirigir la oración y entre cada Padre Nuestro lanzan súplicas por volver a escuchar un “mamá” de sus hijos desaparecidos.
Mayra ha encendido más de 800 veladoras a la Virgen, una por cada día que lleva desaparecido Tomás, con la esperanza de que se lo lleve a casa.
Todos se aferran a conservar intacto el recuerdo y las pertenencias de sus seres queridos. Hay recámaras que lucen tal y como los desaparecidos las dejaron, como si esperaran darles por fin el descanso que la familia implora.
Bernardo es el único que quedó en el cuarto número 4, de la sección G, del internado de Ayotzinapa, luego de que sus seis compañeros de habitación fueran borrados del mapa por policías municipales de Iguala, el pasado 26 de septiembre.
Del lado izquierdo de un cuarto carcomido por la humedad, que mide aproximadamente 20 metros cuadrados, dormían Julio César López, Cristian Alfonso y Jonás. Del otro lado, Israel Jacinto, José Eduardo, Bernardo y Miguel Ángel.
Este joven de 19 años ha preferido encarar solo el inmenso vacío de la sección G y vivir eternas noches de tristeza y soledad antes que abandonar objetos tan íntimos para sus amigos, como sus cartas, cepillos de dientes, tenis, huaraches, ropa interior y cobertores.
Bernardo incluso guarda los envases de Coca Cola que cada noche solía comprar junto con los estudiantes después de una “coperacha” para cenar y conversar.
“Teníamos pláticas de todo lo que hacíamos durante el día y nos reíamos”, recordó, como labores de campo, limpieza, boteo y de los únicos dos días que pudieron pasar en el salón de clases, pues el ciclo escolar arrancó sólo 24 horas antes de que se los llevaran.
Hay momentos en que prácticamente también se esfuman las vidas de aquellos que aún esperan a sus desaparecidos.
Las sonrisas son casi imperceptibles en los familiares y nula la paz.
Tanta es la angustia que se ha apoderado de Mayra, que mucho dejó de importarle la justicia o las condiciones en las que las autoridades pudieran entregar a su hermano con tal de recuperarlo.
“A estas alturas lo único que pido es volver a tener paz”.
Para identificación
El Instituto de Ciencias Forenses detalla los requisitos para realizar la búsqueda de una persona.
Ser familiar directo de la persona que se busca, presentando su identificación oficial.
Proporcionar datos como nombre, edad, fecha de extravío, complexión, señas particulares y/o datos odontológicos.
Para efectuar el oficio de identificación se requieren dos familiares directos o un familiar con un testigo, identificación del familiar y del testigo, y, en caso que sean amistades, deberán presentar el oficio del Ministerio Público que solicite que dichas personas hagan la identificación, así como sus identificaciones personales.
Los servicios son totalmente gratuitos.
Pruebas de ADN
De acuerdo con el Instituto de Ciencias Forenses, el análisis de ADN debe basarse en cuatro puntos.
El ADN de cada persona es único y convenientemente analizado sirve para diferenciar a un individuo de entre todos los demás. La mitad del ADN autosómico de una persona es heredado del padre biológico y la otra mitad de la madre biológica.
Todas las células con núcleo del cuerpo de un individuo tienen el mismo ADN, por lo que se obtendrá el mismo resultado si se analiza sangre, saliva, tejido, semen, pelo, etc.
Es posible identificar a un individuo a partir de muestras biológicas muy pequeñas o degradadas.
Se puede obtener ADN de muestras biológicas aunque pase mucho tiempo, por ejemplo, restos óseos antiguos.




