En la era de la hiperconectividad, la desinformación no se propaga sola: avanza impulsada por la propia estructura del cerebro humano. Diversos estudios en psicología cognitiva señalan que no siempre razonamos de manera analítica. Una parte central del problema se encuentra en lo que el economista y premio Nobel Daniel Kahneman (2002) denomina el “Sistema 1” o pensamiento rápido.
De acuerdo con la teoría expuesta en su libro Pensar rápido, pensar despacio, la mente funciona a través de dos sistemas. El Sistema 1 es automático, intuitivo y emocional; permite tomar decisiones cotidianas sin esfuerzo. En contraste, el Sistema 2 es más lento, lógico y reflexivo. El conflicto aparece cuando, al consumir información, predomina el primero: en lugar de analizar de manera crítica, aceptamos datos que coinciden con nuestras ideas previas.
Los llamados sesgos mentales funcionan como atajos que facilitan el procesamiento de información, pero también pueden distorsionarlo. Entre los más relevantes para comprender la propagación de las fake news destaca el sesgo de confirmación, que lleva a las personas a buscar y creer aquello que reafirma sus creencias. Si una noticia coincide con lo que alguien ya piensa sobre un tema o figura pública, es más probable que la considere cierta sin revisar su origen.
Otro mecanismo clave es el efecto de ilusión de verdad o efecto de repetición. Este fenómeno establece que una afirmación parece más verdadera cuando se escucha de manera constante. La repetición reiterada de un titular en redes sociales genera familiaridad, y el cerebro puede confundir esa sensación con veracidad.
Frente a este escenario, especialistas sugieren “pausar el clic” antes de compartir contenido. Un momento de reflexión permite activar el pensamiento lento y reducir el impacto de los sesgos. La familiaridad no equivale a verdad, y la repetición de una mentira puede convertirse en una herramienta de persuasión masiva si no se ejerce un análisis crítico.
