Con cantos, rezos y muestras de profunda devoción, fieles provenientes de los 217 municipios del estado de Puebla arribaron al cerro del Tepeyac para venerar a la Virgen de Guadalupe, en el marco de la 135 Peregrinación Anual a la Insigne y Nacional Basílica.
Desde días previos al 12 de febrero, miles de peregrinos emprendieron su camino hacia el santuario mariano, algunos a pie, otros en bicicleta, a caballo, en vehículos e incluso en carreras de relevos, con el propósito de poner a los pies de la Morenita del Tepeyac sus intenciones, agradecimientos y súplicas llenas de esperanza.
La solemne Eucaristía fue presidida por monseñor Víctor Sánchez Espinosa, arzobispo de Puebla, quien elevó oraciones por las autoridades estatales y municipales, así como por todos los poblanos. Durante su mensaje, destacó que la presencia de los fieles poblanos en la Basílica no se limita al 12 de diciembre ni al 12 de febrero, sino que se mantiene constante a lo largo del año en las distintas celebraciones.
En esta edición, las intenciones principales de la peregrinación fueron el agradecimiento por la ordenación de ocho nuevos presbíteros para la Arquidiócesis de Puebla; la acción de gracias por los 17 años de servicio pastoral de monseñor Sánchez Espinosa al frente de la Iglesia poblana, así como por sus 50 años de ministerio sacerdotal que cumplirá el próximo 6 de junio; y la petición por la paz en el mundo, especialmente en el continente americano, poniendo bajo el patrocinio de la Virgen de Guadalupe a los pueblos latinoamericanos.
Esta tradición se remonta a 1887, cuando fue instituida por el obispo José María Mora y Daza, a sugerencia del sacerdote Ramón Ibarra y González, quien presidió la comisión organizadora. Entre las peregrinaciones históricas destaca la de 1904, año en que la Diócesis de Puebla fue elevada a Arquidiócesis, teniendo como primer arzobispo al Venerable monseñor Ramón Ibarra y González.
Las peregrinaciones forman parte de una práctica ancestral dentro de la Iglesia, cuyos orígenes se remontan a los primeros siglos del cristianismo, con destinos como Roma, Tierra Santa y las tumbas de los mártires. Con el paso del tiempo, las peregrinaciones en honor a la Virgen María cobraron especial relevancia, alcanzando su mayor esplendor entre los siglos XIV y XVII.
Hoy en día, la Iglesia recuerda que el cristiano es, ante todo, un peregrino y que la propia Iglesia es un pueblo en camino. En ese sentido, la peregrinación representa no solo un acto de fe personal, sino también una manifestación pública de pertenencia eclesial y un espacio de encuentro, solidaridad y misericordia.
En un ambiente festivo y gozoso, miles de poblanos renovaron su compromiso espiritual y reafirmaron una tradición que, a lo largo de más de un siglo, continúa fortaleciendo la identidad religiosa y social del pueblo angelopolitano a los pies de la Virgen de Guadalupe.
