Un espontáneo tuvo un momento de gloria cuando se metió al terreno de juego en un partido de beisbol. Se lució y, de paso, burló a varios elementos de seguridad.
Al campo llegó con una capa y una gorra, se instaló cómodamente y empezó a bailar ante la pasividad de las autoridades. El público festejaba lo que hacía.
Trotaba como si fuera un jugador más.
Los policías lo acechaban. Pensaban que tenían la mejor estrategia para capturarlo: rodearlo. Pero no fue así.
Cuando vio a los policías, el espontáneo pisó el acelerador un poco para burlar a los guardias. Los uniformados se habían cansado y comenzaron a perseguirlo. El aficionado hizo un recorte, dos, pero después tuvo que soportar las tacleadas de los policías.
