A México no lo engañaron con una gran mentira.
Lo engañaron con una edición bien hecha.
Durante años nos vendieron que el gran drama nacional era que Peña Nieto estaba menso, que Calderón estaba borracho y que, básicamente, el país estaba gobernado por una combinación entre un borracho y un estúpido.
Y sí, ambos cometieron errores. Muchos. Gravísimos algunos. No se trata de santificarlos.
Pero una cosa es criticarlos y otra muy distinta es lo que realmente pasó en este país:
Se montó toda una industria para maximizar cada tropiezo, volverlo identidad pública y convertirlo en propaganda emocional permanente.
No era análisis.
No era periodismo.
No era activismo.
Era una operación de percepción.
Y funcionó.
Porque al final millones de personas no recuerdan reformas, indicadores, crisis, decisiones o estructuras de poder.
No.
Recuerdan que Peña no sabía qué libro había leído y que Calderón “seguramente venía tomado”.
Ese fue el nivel al que se redujo el debate público de un país de 130 millones de personas.
La oposición perfecta: dos memes con banda presidencial
A Enrique Peña Nieto no le construyeron solo una mala reputación.
Le construyeron un personaje.
El personaje era perfecto: guapo, hueco, superficial, torpe, ridículo, incapaz de hilar dos ideas y útil como piñata nacional.
Cada error era oro.
Cada desliz era portada.
Cada frase mal dicha era un carnaval de columnas, caricaturas, hilos, chistes, memes, monólogos, editoriales y “análisis” que, casualmente, siempre concluían lo mismo:
“Miren nada más qué imbécil es el presidente”.
Y ojo: no digo que no se equivocara. Claro que sí.
Digo que hubo una decisión colectiva de inflar el tropiezo hasta volverlo categoría política total.
Si a Peña se le caía el pastel, era casi crisis constitucional.
Si confundía un dato, era “la prueba final del colapso intelectual del régimen”.
Si decía una tontería, se activaba todo el ecosistema: periodistas, caricaturistas, comentaristas, tuiteros, opinólogos, “intelectuales” y activistas profesionales.
Era una coreografía perfecta.
No importaba si había temas más profundos.
Lo importante era que el público saliera con la misma idea tatuada en la cabeza:
“Peña está pendejo”.
Y con Calderón pasó algo similar, pero con otro disfraz narrativo.
Calderón: del debate sobre seguridad al meme del “borracho”
Felipe Calderón tenía demasiados flancos reales por los cuales ser criticado.
La estrategia de seguridad, la militarización, el desastre humano, el país incendiado, los costos de una guerra mal planteada. Había material de sobra para discutirlo con seriedad.
Pero no.
México decidió –o más bien, le ayudaron a decidir– que era más cómodo resumir todo en una sola palabra:
“borracho”.
Y así, de pronto, la discusión pública de un sexenio entero podía resolverse con un apodo.
Sin evidencia concluyente.
Sin rigor.
Sin prueba seria.
Sin necesidad de pensar demasiado.
Porque eso es lo maravilloso de la propaganda disfrazada de conversación pública:
te ahorra el esfuerzo de analizar.
Te entrega una caricatura lista para consumir.
Ya no tienes que entender el diseño institucional del Estado mexicano.
Ya no tienes que discutir incentivos perversos, redes de corrupción, captura regulatoria, fiscalías, fuerzas armadas o el fracaso histórico de la seguridad pública.
No, hombre.
Mucho más fácil decir:
—“Es que Calderón estaba pedo”.
Y listo.
País explicado.
La izquierda entendió algo que la derecha nunca quiso entender
La derecha mexicana, sobre todo la panista y la priista tardía, creyó durante años que la política todavía se ganaba con boletines, entrevistas, spots institucionales y uno que otro editorial comprado.
La izquierda entendió antes algo muchísimo más importante:
el poder real no solo está en gobernar, sino en definir qué error importa, cuánto dura y quién tiene permiso de indignarse.
Ahí estuvo la verdadera genialidad.
No bastaba con criticar al gobierno.
Había que ridiculizarlo, desmoralizarlo, volverlo culturalmente indefendible.
Y eso se hizo con una eficacia brutal.
No fue espontáneo.
No fue “la gente solita”.
No fue simplemente “las redes sociales”.
Hubo operadores.
Hubo narradores.
Hubo repetidores.
Hubo oportunistas.
Hubo periodistas que entendieron rapidísimo hacia dónde se movía el viento ideológico y decidieron que era mucho más rentable ser moralmente furiosos contra el poder… mientras no fueran ellos el poder.
Muchos descubrieron que ser “crítico del sistema” daba prestigio, audiencia, seguidores, contratos, invitaciones, foros, becas, columnas, documentales, conferencias y hasta superioridad moral prefabricada.
Criticar al PRI y al PAN daba puntos.
Criticar a la izquierda, cuando llegó la izquierda, ya no daba tantos.
A veces incluso costaba.
Y ahí se les cayó la máscara.
El verdadero negocio nunca fue la verdad: fue la indignación
Lo que se vendió durante años no fue información.
Fue indignación curada.
Una indignación con edición, con casting, con timing, con patrocinio ideológico y con un detalle muy importante:
era selectiva.
Ese es el truco más viejo y más efectivo de todos.
No necesitas mentir todo el tiempo.
A veces basta con algo mucho más útil:
exagerar lo pequeño,
simplificar lo complejo,
repetir lo ridículo,
y callar cuando lo verdaderamente grave ya no le conviene a tu bando.
Eso fue exactamente lo que pasó.
Durante años, si un gobierno anterior respiraba feo, tenías mesa de análisis, caricatura, columna, hashtag, editorial, activistas, documental y media academia llorando por la República.
Hoy pasan cosas objetivamente más escandalosas, más absurdas o más graves, y el volumen moral desapareció.
Y eso no es casualidad.
Eso se llama alineación de intereses.
Antes, un tropiezo era “escándalo de Estado”; hoy, una tragedia es “contexto”.
Ese es el verdadero punto.
Antes, si Peña Nieto decía una estupidez, el país se comportaba como si hubiera chocado el avión presidencial contra Bellas Artes.
Hoy, funcionarios, presidentes, voceros y figuras del régimen dicen barbaridades, se contradicen, manipulan cifras, inventan narrativas, minimizan tragedias, improvisan explicaciones y muchas veces la reacción del ecosistema oficialista es más o menos esta:
—Bueno, pero hay que entender el contexto…
¡Ah, caray!
¿Ahora sí hay contexto?
Porque en otros sexenios no había contexto.
Había ejecución pública.
Antes no se analizaba: se trituraba.
Si el gobierno anterior se equivocaba en una cifra, era “la prueba del colapso institucional”.
Si hoy se equivocan, “fue un error humano”.
Si antes había una tragedia, “era el rostro criminal del Estado”.
Si hoy hay una tragedia, “no hay que politizar”.
Qué conveniente.
Qué práctico.
Qué asquerosamente eficiente.
Ayotzinapa fue dolor real… y también combustible político
Aquí es donde a muchos les va a incomodar, pero ni modo.
El caso de los 43 normalistas de Ayotzinapa fue –y sigue siendo– una herida brutal para México.
Fue un crimen espantoso, una muestra de podredumbre institucional y una vergüenza histórica.
Pero además de eso, también fue usado como combustible político de alto octanaje.
Sirvió para incendiar la legitimidad del régimen anterior, para movilizar la indignación nacional e internacional, para colocar la idea de un Estado podrido hasta la médula y para convertir a ciertos actores en guardianes permanentes de la moral pública.
Y la pregunta incómoda es esta:
si esa indignación era tan auténtica, tan ética y tan profunda… ¿por qué hoy hay tanto silencio frente a tragedias iguales o peores?
¿Por qué hoy tantos desaparecidos ya no producen la misma furia?
¿Por qué hoy tantos muertos ya no llenan plazas, portadas, caricaturas y monólogos morales?
¿Por qué hoy tantos activistas, opinadores y comentaristas parecen haber extraviado el megáfono?
La respuesta es incómoda porque es demasiado obvia:
porque ya no conviene.
Y cuando la indignación depende de quién gobierna, entonces nunca fue ética.
Fue utilidad política con filtro sepia.
El activismo de utilería y los caricaturistas domesticados
Tal vez lo más decepcionante no fueron los políticos.
De los políticos uno ya sabe qué esperar.
Lo verdaderamente triste fue ver cómo muchos que se vendieron como irreverentes, críticos, incómodos, libres y contestatarios, en cuanto su bando llegó al poder, se volvieron funcionarios emocionales del régimen.
Algunos cambiaron la crítica por contratos.
Otros por acceso.
Otros por likes.
Otros por protección.
Otros simplemente por tribu.
Y entonces pasó lo más mexicano de todo:
los que antes “le pegaban al poder” descubrieron que en realidad no les gustaba pegarle al poder.
Les gustaba pegarle a ese poder.
Al otro.
Al que no les daba mesa, hueso, validación o cercanía ideológica.
Porque cuando el poder se volvió propio, dejaron de ser críticos y se volvieron curadores de daño reputacional.
Ya no cuestionan: administran.
Ya no denuncian: matizan.
Ya no confrontan: encuadran.
Ya no exhiben: justifican.
Y así, de pronto, los grandes insolentes del sexenio pasado se transformaron en una mezcla entre defensores de oficio, voceros no oficiales y terapeutas del desastre.
La gran estafa: nos hicieron creer que el problema era la torpeza, no la estructura
Lo más brillante de toda esta operación fue que nos entretuvieron con lo superficial mientras lo estructural seguía intacto.
Nos enseñaron a burlarnos del presidente que pronunciaba mal una palabra, pero no a entender:
cómo funciona la captura del Estado,
cómo se reciclan élites políticas,
cómo se negocia la impunidad,
cómo se administra la violencia,
cómo se coloniza mediáticamente la opinión pública,
y cómo se compra el silencio con presupuesto, acceso, favores o cercanía.
Nos hicieron pensar que el gran problema de México era que un presidente parecía tonto frente a cámara.
Y no.
El problema de México no era que un presidente pareciera tonto.
El problema de México es que hay demasiada gente muy lista viviendo de que el ciudadano siga pensando en tonterías.
Peña Nieto no era tan pendejo. El público sí fue muy manipulado.
Y ahí está la provocación de fondo.
No, Peña Nieto no era un genio.
No, Calderón no fue un héroe incomprendido.
No, esto no es una defensa nostálgica del viejo régimen.
Esto es algo más incómodo:
nos fabricaron una escala de escándalos a conveniencia.
Nos enseñaron cuándo reírnos.
Cuándo indignarnos.
Cuándo compartir.
Cuándo cancelar.
Cuándo llorar.
Y, sobre todo, cuándo callarnos.
Ese fue el verdadero triunfo.
No sólo ganar elecciones.
No sólo conquistar Palacio.
No sólo poner a “los suyos” en el gobierno.
El verdadero triunfo fue conquistar algo más importante:
la administración moral de lo escandaloso.
Hoy ya no importa tanto qué tan grave sea lo que pasa.
Importa si la maquinaria decide que debe importar.
Si lo decide, te incendian una semana completa por una tontería.
Si no lo decide, pueden pasar barbaridades y aquí no pasa nada.
Y entonces uno voltea hacia atrás, ve la intensidad con la que despedazaron a Peña por cada tontería, y entiende algo muy simple:
tal vez Peña no era tan pendejo.
Tal vez hubo demasiada gente muy viva trabajando tiempo completo para que pareciera que sí.
