Es difícil olvidar la imagen de columnas de humo ascendiendo entre palmeras, no por un atardecer pintado por el sol, sino por vehículos envueltos en llamas a la orilla de calles que apenas un día antes eran zona turística. Eso fue Puerto Vallarta tras la muerte de Nemesio “El Mencho” Oseguera Cervantes, el capo del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), abatido en un operativo que desató una ola de violencia coordinada en varios estados de México –que dejó más de 60 muertos, entre ellos 27 agentes de seguridad.
Los hechos, reportados en estados como Jalisco, Michoacán, Tamaulipas, Guerrero, Guanajuato y hasta Puebla, incluyeron bloqueos carreteros, enfrentamientos armados, incendios y la cancelación de vuelos internacionales en el Aeropuerto Internacional de Puerto Vallarta –especialmente rutas con origen o destino en Estados Unidos y Canadá–, que son el 32.5% de su mercado.
Así como las cifras pueden contarse con números –aviones cancelados, vuelos suspendidos, vehículos calcinados– lo que no se mide tan fácilmente es el impacto psicológico: ese turista que canceló su viaje o el que llegó y se mantiene en su hotel resguardado.
La narrativa oficial, repetida en conferencias de prensa, insiste en que “la normalidad ha regresado rápidamente”, que todas las carreteras están libres y que Jalisco sigue siendo una tierra de mariachis, tequila y playas. Pero la memoria no opera con el mismo calendario que los voceros de seguridad: para muchos viajeros, la idea de tranquilidad no coincide con ver patrullas, militarización intensiva y señales de alerta de embajadas.
El turismo en México venía de cifras históricas: casi 48 millones de visitantes internacionales en 2025 y un crecimiento que parecía desafiar cualquier pronóstico adverso. Para 2026 se esperan cifras cercanas a 50 millones de turistas, una cifra favorable para una industria que representa más del 8% del producto interno bruto (PIB). Sin embargo, la lógica no siempre cumple con las expectativas cuando lo que está en juego es la percepción de seguridad personal.
Si seguimos el patrón histórico de crisis de seguridad y turismo en México, eventos como narcobloqueos o enfrentamientos armados suelen provocar disminuciones en la llegada de visitantes a zonas afectadas –entre un 10% y 20% en destinos golpeados por violencia abierta, según análisis de tendencias pasadas en el sector–. La caída no se distribuye de manera uniforme: mientras el Caribe mexicano o zonas del norte podrían mantener o recuperar flujos, destinos golpeados directamente por episodios de violencia pierden competitividad de forma inmediata.
Esto nos obliga a preguntarnos: ¿hasta qué punto la violencia es un paréntesis temporal? ¿O se está convirtiendo en un ingrediente más de la oferta turística mexicana que nadie quiere aceptar? Porque hablar de normalidad después de ver Cancún con miles de cruceristas y, al mismo tiempo, calles bloqueadas en Puerto Vallarta nos obliga a confrontar una verdad incómoda: las alertas de seguridad, psicológicas y oficiales, pesarán tanto como las cifras de llegada de turistas.
Los operadores de viajes saben que basta una recomendación de “evita viajar ahora” para que las pólizas de seguros se activen, reembolsos se soliciten y planes enteros se ajusten o cancelen. Estas advertencias, emitidas por gobiernos extranjeros, no solo cambian rutas: cambian la narrativa de México como destino seguro.
Reflexionar sobre esto implica ir más allá de la estadística: implica reconocer que el turismo –demanda y oferta– se alimenta de confianza, no solo de cifras económicas. Puede haber hoteles con ocupación, incluso, en tiempos de crisis, pero lo que no vuelve con facilidad es la reputación de un destino que fue retratado en titulares con carreteras incendiadas y vuelos cancelados.
Quizá el desafío central no sea restaurar la normalidad en el corto plazo, será reconstruir la certeza de que México no es solo un destino de experiencias sensoriales, sino también un lugar seguro. Esto no se logra únicamente con operativos militares ni con discursos oficiales, requiere una narrativa honesta, consistente y –sobre todo– una realidad que responda a ella.
Mientras tanto, el viajero seguirá tendiendo a la prudencia, ajustando su brújula hacia zonas con alertas bajas y evitando “zonas rojas”. En ese movimiento, el modelo turístico mexicano enfrenta su verdadera prueba: ¿será capaz de resistir no solo una caída temporal, sino de repensar cómo articula turismo y seguridad en un país que quiere ser destino de millones?
