Verity: No todos los libros deben ser adaptados
La mentira y manipulación operan igual: quien te cuenta un chisme o te relata un conflicto nunca es neutral
Cuando escuché que Anne Hathaway y Dakota Johnson serían las protagonistas de la adaptación cinematográfica de Verity, salté de emoción. Ver a dos tremendas actrices encarnar a las villanas de este fenómeno literario escrito por Colleen Hoover –una mezcla de thriller psicológico con toques de romance y giros donde el lector no sabe distinguir la verdad de la mentira– prometía ser un evento imperdible.
Sin embargo, aunque me devoré el libro en una sentada y esperé la película con ansias, temo decir que, en este caso particular, no todas las obras nacen para ser adaptadas a la gran pantalla.
Comenzando por la narración, la novela se vive a través de los ojos de Lowen Ashleigh, una autora en bancarrota que es elegida para terminar la exitosa serie de libros de Verity Crawford, una escritora que quedó incapacitada tras un horrible accidente. La magia del texto reside en la disonancia cognitiva: leemos los pensamientos más íntimos, paranoicos e inseguros de Lowen, mientras ocurre el clásico cliché de enamorarse del esposo de Verity a la par que descubre un manuscrito autobiográfico sumamente perturbador en la oficina de la casa.
Desde ahí, el lector experimenta una lectura a ciegas, debatiéndose entre el asco, la fascinación y la duda constante: ¿es Verity un monstruo sociópata o una madre consumida por la culpa? La novela juega con los límites de la verdad porque todo está filtrado por una percepción subjetiva. Esta es una herramienta fundamental que se pierde por completo en la adaptación; y a pesar de que intentaron respetar la lectura del manuscrito, hacen que una hora con cincuenta y cuatro minutos se sientan sumamente pesados.
El cine y la literatura son lenguajes con reglas totalmente distintas. La literatura vive de la imaginación, la abstracción y la introspección; el cine vive de lo tangible, de la imagen y de la literalidad. Verity es un libro que depende enteramente de la ambigüedad, de la experiencia íntima de hojear un diario y, sobre todo, de omitir pequeños detalles: aquellos secretos que hacen que el lector tome partido.
Es aquí donde la mentira deja de ser un recurso para convertirse en un personaje más que desafía los límites de la cordura. La mentira te obliga a tomar partido: o crees ciegamente en la inocencia y el amor de Jeremy, justificando el horror del manuscrito, o te conviertes en defensor de la figura trágica y manipulada de Verity, viendo a Jeremy como un monstruo.
El libro se convierte así en un espejo perfecto de una dinámica social muy cotidiana: el chisme y la manipulación de la información. Es el arte de contar la versión propia para que el otro te apoye. En la vida real, rara vez conocemos la verdad pura. Vemos noticias manipuladas por la política, reality shows operados por el mejor postor, e incluso en la familia descubrimos secretos escondidos para «no lastimar».
La mentira y manipulación operan igual: quien te cuenta un chisme o te relata un conflicto nunca es neutral. Omiten los matices donde cometieron errores y exageran las faltas de la otra parte. Al igual que el manuscrito o las cartas, el relato busca justificar las acciones propias.
Convertidos en los títeres de una sociedad manipuladora, nos dejamos guiar por el chisme, por la falta de información o por el morbo del caos, donde jugamos a ser jueces y señalar quién es bueno y quién es malo. En Verity, el lector experimenta lo frágil que es nuestra brújula moral cuando alguien con una narrativa convincente nos susurra al oído lo que queremos (o necesitamos) creer. La mentira, desgraciadamente, siempre será nuestra mejor aliada: unos días como justificación perfecta y otros como sumisión cómoda.
Mi recomendación: lean el libro, déjense guiar por una obra tejida de engaños... Vean la película si lo que buscan es echarse un buen sueñito. Pero, sobre todo, duden de lo que el otro les cuenta; es muy probable que solo estén jugando a ser el mejor títere.
