A miles de kilómetros de la Tierra, envuelta en un silencio absoluto que solo el vacío del espacio puede ofrecer, Valentina Tereshkova se percató de que el sistema que debía traerla de vuelta a casa estaba mal programado. En ese momento, la primera mujer en el espacio, con claros malestares físicos, tenía que solventar la situación más compleja de su vida: volver a calibrar las coordenadas sin error humano.
Criada en el seno de una familia humilde, Tereshkova aprendió a vivir en situaciones de marginalidad y miseria por la hambruna de la posguerra en la URSS. Su voluntad no se forjó en un ambiente cómodo, sino en la ausencia de su padre (fallecido en combate) y en la urgencia de poder ayudar a su madre que trabajaba horas entre hilos y máquinas textiles.
Valentina tuvo que adaptar su vida a las condiciones económicas. A la edad de 17 años comenzó a trabajar en una fábrica de neumáticos, mientras compaginaba sus estudios nocturnos. Un año después, su incorporación a la fábrica textil «Krasny Perekop» le permitió dominar el pensamiento técnico y disciplinado que requeriría tiempo después.
A diferencia de los requisitos académicos que exigía la NASA para aceptar a las mujeres en las misiones espaciales, el programa soviético Vostok 6 indagaba preferentemente en las condiciones de resistencia física y mental de las aspirantes. Valentina no solo contaba con determinación, voluntad e inteligencia, sino que su experiencia en el deporte del paracaidismo se convertiría en su catalizador para ser seleccionada.
La tecnología soviética de la época no permitía frenar lo suficiente la caída de la nave para que un humano pudiera sobrevivir al impacto del metal con la tierra firme. Por ende, la misión exigía un salto de más de 7 mil metros de altura, una acción que decretaba el éxito de la misión: regresar con vida.
Valentina no poseía un título militar como algunas de sus compañeras, pero su experiencia de haber realizado más de 90 saltos le permitió adaptarse a las condiciones que requería la hazaña: afrontar condiciones climáticas de supervivencia, mantener un equilibrio mental en condiciones adversas y saltar con un traje sumamente pesado y rígido. Mientras las demás aspirantes enfrentaron grandes dolores de cabeza o momentos de desmayo después del salto, Valentina supo mantenerse en un estado de control físico y mental, algo que sin duda la llevaría al extremo en el cosmos.
El día esperado llegó. Valentina salió rumbo al espacio el 16 de junio de 1963 empezando la proeza que la haría pasar a la historia: estar en órbita casi 71 horas. Encerrada en una esfera de hierro de poco más de dos metros, donde el espacio personal no existía. Ahí, en medio de la inmensidad, nuestra astronauta bajo el nombre clave de «Chaika» (Gaviota), demostró que el espíritu humano puede expandirse más allá de nuestro mundo.
Cuando Valentina detectó el error de navegación, avisó inmediatamente a la Tierra. Desde el centro de mando confirmaron que «Gaviota» tenía razón. Mermada por las horas de vuelo y con fuertes dolores estomacales, Valentina tuvo que reprogramar manualmente las nuevas secuencias de mando del vector de descenso. Ella, sola en la infinitud del universo, tuvo la fortaleza y agudeza intelectual para corregir no solo la orientación de la nave, sino el rumbo de su destino.
Desde las Gradas de la Historia, recordamos a Valentina Tereshkova en el marco de su natalicio. Una mujer que nos enseñó que la voluntad es el máximo motor para corregir un destino mal trazado.
Redes sociales:
Facebook: Othón Ordaz Gutiérrez
X: @othon_ordaz
Instagram: othon_ordaz
