La realidad del capitalismo consiste en presentarse, supuestamente, como el “único sistema posible”, un sistema que demanda y nos rige desde el deber ser, sin descanso, sin pausas, sin ocio y sin opciones. En su libro Realismo capitalista, ¿no hay alternativa? (2009), el filósofo británico Mark Fisher habla de los desórdenes mentales como algo político y no natural; como una respuesta ante la demanda insoportable del propio capitalismo. Con lo anterior, me parece importante visibilizar lo que hoy llamamos “enfermedades mentales”.
Fisher plantea que el capitalismo es propiamente funcional y el costo que pagamos para que parezca funcional es altísimo, pero ¿cuál es el costo que se está pagando? Existe una demanda excesiva que busca la funcionalidad para la productividad de un sistema que no descansa; este sistema nos hace creer que los síntomas o malestares mentales son producto del individuo, olvidando que somos resultado directo de lo cultural, lo social y lo político. Por lo cual, lo que hoy llamamos enfermedades mentales son una respuesta ante la insoportable apuesta del rendimiento y la rapidez, asuntos que despolitizan al sujeto.
Ahora bien, les pregunto: ¿han escuchado que cada vez con más regularidad hay quienes se nombran a partir de un diagnóstico? ¿Por qué creemos que lo “normal” es nombrarnos a partir de un diagnóstico que nos hace adaptarnos a una vida “funcional”? Me parece preocupante este remplazo del nombre propio, en vía de generar una adaptación entre nosotros para vivir “enfermos”, pero trabajando. Si bien el nombre es lo que marca una diferencia, este exceso de diagnósticos no la permite sino que apunta a que cualquier malestar sea tratado a partir de un diagnóstico con tal de seguir siendo productivos.
Otro aspecto importante que Fisher critica en su libro son los “objetivos” que demandan las empresas, universidades, colegios, y hasta en la vida diaria. Según Fisher, se nos pide llegar a ciertos objetivos para así vivir la vida ideal, sin embargo, la búsqueda de objetivos en el ser hablante queda encapsulada en insaciable demanda de alcanzar solo los objetivos, por lo que me pregunto: ¿y la experiencia? Y el tiempo de vida que tenemos para los hobbies, para el ocio, ¿dónde queda? Ese tiempo que se emplea para cumplir con los “objetivos” que se nos exigen por medio de instituciones, es tiempo de vida que la mayoría de las veces no es valorado, dedicándolo a cumplir, cumplir y cumplir con esos objetivos.
Esta vida objetivizada, donde el ser hablante pasa a ser una utilidad, ha ocasionado que muchos de los síntomas que hoy escuchamos sean una respuesta ante lo que se calla por un enajenamiento que implica estar reducido a la funcionalidad, llevando a que los ojetivos sean meros hechos verificables. Por lo que si se llega a tener un síntoma o malestar, estos serán nombrados bajo los diagnósticos previsibles con tal de no distraernos, quitando el tiempo de vida que posiblemente se le dedicaría a poder escuchar lo que los malestares emocionales dicen de cada uno.
Diagnosticar para el capitalismo contemporáneo es algo que no quita el tiempo, por eso hoy es tan común escuchar que los seres hablantes se nombren a partir de diagnósticos. Esta postura hace que se apueste por una sola vía, pensando que todos somos iguales y vamos a entrar en los mismos conceptos. Con lo anterior, el autodiagnóstico pasa ser algo aceptable que nos da un solo sentido: vivir “enfermos” pero generando una aceptabilidad de ellos a tal grado que ya se escucha a gente nombrarse como “autodivergentes”, por poner solo un ejemplo.
Regresando a la pregunta del título, ¿es posible resistirse al capitalismo?, me parece que no del todo, ya que buscar algo contra este sistema, que se lo traga todo, hace que la misma crítica se mercantilice y se vuelva producto de consumo, al igual que las enfermedades y los padecimientos mentales. No obstante pienso en esas “pequeñas luchas”, pequeñas resistencias como leer, escribir, pensar, dudar, hablar, las cuales pueden fungir como vías de escape ante el capitalismo voraz y omnívoro. El tiempo de escuchar con lentitud es un freno ante la demanda insaciable del capitalismo. Habrá que dudar de los diagnósticos y autodiagnósticos que dan un solo sentido, para así no quedar enajenados y poder escuchar la implicación de quien la padece; escuchar y no anclar una sentencia.
El psicoanálisis escucha lo que no anda bien en el sujeto, lo que angustia, sin la promesa de dejarlo sin angustia, más bien en dirección a la escucha del deseo de cada uno –del uno a uno– y no del discurso de masa que busca generalizar para así dejar al sujeto en un lugar imposible de sostener y que al mismo tiempo genera culpa, como si los malestares fueran algo propiamente del individuo, por ende, consumiendo medicamentos que muchas veces no son necesarios para así sostener y producir un ideal.
Perder el tiempo no es una posibilidad, al menos para algunos –que en México conforman la mayoría–. Perder el tiempo se ha convertido en un lujo, el diagnóstico está ahí, para que entre cualquier tipo de clase social, pero está lejos de que muchos puedan acceder a ciertos medicamentos y terapias, a poder siquiera tener la posibilidad de “perder el tiempo” en escuchar su malestar y hablar de ello. Con esto no quiero decir que los medicamentos no sean necesarios, por supuesto que hay casos donde sí lo son: lo importante es poder escuchar eso que no anda, que no es meramente del sujeto.
Propongo, pues, no querer ser productivos en nuestros tiempos libres, buscar espacios que nos hagan poner un freno, retomar el ocio y la pausa, quitar la demanda excesiva de producir a la fuerza y a todas horas. El psicoanálisis es una resistencia, y no hablo estrictamente de la resistencia freudiana, sino como lucha, de romper con la generalización que dan los diagnósticos que el mismo capitalismo produce.
