Puebla se prepara rumbo al Mundial 2026 con el lanzamiento de cinco rutas turísticas mundialistas que conectan cultura, gastronomía, naturaleza y patrimonio en distintas regiones del estado, con la intención de diversificar la experiencia del visitante. Y las únicas palomeadas por la Sectur federal, lo que quiere decir que nos apuramos en nuestra visión estratégica.
Estas rutas incluyen la Reserva de la Biósfera Tehuacán-Cuicatlán, los Pueblos Mágicos y la Ruta del Café o Biocafé, Cantona, el Centro Histórico de Puebla y el Pueblo Mágico de Atlixco. Conoce más aquí.
A la par, el Aeropuerto Internacional Hermanos Serdán anunció 12 nuevos vuelos, ampliando la conectividad aérea nacional e internacional: Aguascalientes, Guanajuato, San Luis Potosí, Tuxtla Gutiérrez (Chiapas), Villahermosa (Tabasco), Huatulco (Oaxaca), Puerto Vallarta (Jalisco), San José del Cabo (Baja California Sur), Zihuatanejo (Guerrero), Houston, Los Ángeles y Newark.
Ambas acciones buscan posicionar a Puebla como un destino más accesible, recorrido y visible en el mapa turístico previo a 2026.
Las cinco rutas turísticas diseñadas para el Mundial parten de una buena intuición: ordenar el territorio, diversificar la experiencia (priorizando el turismo comunitario, eje que busca impulsar la 4T) y sacar al visitante del Centro Histórico como única postal. Sierra, volcanes, gastronomía, Pueblos Mágicos, tradición. Todo eso ya estaba ahí. El mérito no es descubrirlo, sino empaquetarlo bajo una narrativa global: Puebla como destino, no solo como escala. Hasta ahí, bien.
El problema comienza cuando la ruta se convierte en discurso y no en recorrido real. Porque una ruta turística no es un trazo en un mapa ni un concepto atractivo para ruedas de prensa. Es infraestructura, servicios, capacitación, señalética, tiempos, seguridad y, sobre todo, comunidades preparadas para recibir sin ser rebasadas. Si no existe ese andamiaje, la ruta no es experiencia: es expectativa. Así que Puebla tiene una gran responsabilidad con esas cinco rutas mundialistas.
Algo similar ocurre con el anuncio de los 12 nuevos vuelos. Más conectividad siempre suena a progreso. Más asientos, más frecuencias, más posibilidades. Pero en turismo, crecer no siempre es sinónimo de mejorar. Volar más gente a un destino que no ha resuelto su movilidad interna, su oferta equilibrada o su capacidad de carga es como abrir todas las llaves de agua en una casa con tuberías viejas: tarde o temprano, algo revienta.
¿En qué debe trabajar Puebla?
Impulsar la movilidad del aeropuerto de Huejotzingo a la ciudad -hasta ahora solo Estrella Roja resolvió el tema entrando con un autobús a diario en diferentes horarios que traslada de la CAPU al aeropuerto- y, sobre todo, a Pueblos Mágicos y rutas rurales. Por ejemplo, ¿tenemos transporte directo a cada uno de los 12 Pueblos Mágicos de Puebla? Porque subir y bajar de autobuses o tomar colectivos merma las ganas y cansa al turista, además de que la seguridad entre traslados tiende a reducirse.
Vaya, hasta una aplicación podría simplificar la integración de transporte, taxis y rutas para autos, pues para recorrer muchas zonas turísticas, se necesita tener auto propio.
Asimismo, el Centro Histórico y algunos Pueblos Mágicos cargan con la mayor presión turística. Otras regiones aparecen en discursos y rutas, pero no tienen la misma infraestructura, ni oferta gastronómica, hotelera o de servicios. Se debe destinar una mayor inversión hacia aquellos sitios con potencial turístico, usando el dinero en capacitaciones sobre lo que tienen, cómo mostrarlo y cuidarlo; en infraestructura hotelera u alojamientos, principalmente, porque no puede haber turismo sin hospedaje, pero usando el entorno posivitamente y respetando el medio ambiente.
En muchos destinos poblanos, no hay estudios públicos claros sobre límites de visitantes. Se mide el éxito en número de llegadas, no en calidad de experiencia. Las comunidades y el patrimonio absorben el impacto sin que siempre haya retorno proporcional. Porque hay que decirlo con honestidad, el turismo significa también más tráfico, ruido y presión sobre servicios básicos. El aumento de precios (comida, renta, terrenos) que no beneficia a todos por igual. Incluso se dan cambios en dinámicas locales para “acomodarse” al turista, como la “escenificación” de tradiciones para el visitante, perdiendo sentido local. O qué me dicen del uso intensivo de centros históricos, iglesias, mercados, zonas naturales sin mantenimiento proporcional.
El turismo llega, se va y se celebra en cifras. Lo que queda es el desgaste cotidiano: comunidades que sostienen la experiencia y patrimonio que envejece más rápido, mientras el beneficio prometido no siempre vuelve al punto de origen.




