Llega el 2026 y, sin embargo, no ganamos un año, lo perdemos. Dejando atrás lo que fue y lo que no pudo ser, apostamos por un nuevo comienzo. El año inicia y depositamos en él la esperanza de que lo que viene será mejor, sea lo que signifique esta promesa. Y porque esperamos que algo sea mejor, enero llega acompañado de una lista de metas por cumplir, propósitos nuevos o aquellos que quedaron pendientes.
En esta época hay discursos que apelan a que seamos “la mejor versión” posible, porque se cree que “este año será mejor”, sin pensar que cada año tiene sus pérdidas, duelos, tropiezos, fallas y errores que también son parte de la vida, y que al ignorarlos o no darles su lugar, es posible que empecemos el 2026 cargados de ideales creyendo que ahora sí este año podrán sostenerse. Sin embargo, dejamos de lado que enero es un mes más y que precisamente “se siente lento” debido a la resaca decembrina. ¿Por qué comenzar el año, entonces, con tantos ideales autoimpuestos?
La vida es eso que va sucediendo mientras planeamos satisfacer la expectativa que tenemos de algo. No por nada repetimos ese dicho tan común: “camarón que se duerme se lo lleva la corriente”. Frente a la idealización del año siguiente, lo que se nos pide es una ilusión: ser adultos “funcionales” para no dormirnos, ya que en la búsqueda de ese ideal y esa ilusión en ser la “mejor versión” de nosotros mismos quedamos enajenados frente a las exigencias de ciertos discursos consumistas que dictan cómo debemos actuar y quiénes debemos ser, siempre buscando que “algo nos sume”, dando como resultado la imposibilidad de pensar un año nuevo atravesado por menos: lo singular, los equívocos, las pérdidas y las diferencias. Comenzamos el año, pues, tratando de alcanzar el mismo ideal de todos los años, en vez de iniciar apostando por la diferencia.
Pero ¿y si nos dormimos tantito y no empezamos con la idea del “todo”? Porque parece que en este “todo”, no lograr alcanzar lo que se propuso puede llegar a generar culpa y frustración, haciendo creer que hay algo mal en nosotros, como si algo no funcionara bien, o pensar que lo que le funciona al otro me funcionará a mí también, y por eso “no logro lo que me propongo”. Y es que empezar el año con una lista de propósitos es insostenible, y por eso fallamos en el intento –lo cual, a decir verdad, tampoco es tan malo.
A mediados de año lo más probable es que tiremos la toalla dejando de lado algunos propósitos de nuestra larga lista por cumplir, porque en la actualidad se nos exige lo igual, lo uniforme para la productividad sin pérdida y sin pausas, sin diferencia, sin lo singular de cada uno, para así no salir de “la repetición perfecta y multiplicada sin límite”1, de la que nos habla Juresa, haciéndonos creer que hay terapias y discursos que nos aconsejan cómo ser adultos, pero sobre todo adultos “funcionales” que no tengan la posibilidad de pensar un año nuevo empezando con menos sino aspirando a más, insistiendo que todo nos aporte, amistades, relaciones amorosas, el trabajo, entre muchos otros aspectos que se les vengan a la cabeza.
¿Podría ser, entonces, que al estar bajo esa lógica uno de los síntomas sea el agotamiento? No por nada en diciembre y enero aumenta la depresión derivada de exigencias sociales que nos piden no dormirnos, como el camarón, viviendo bajo una constante presión social, porque uno podría quedar fuera del juego, exigiendo arrancar con todo y más. Por eso deseo que este año nuevo sea un año que posibilite restar algo de lo mucho que se nos exige, frenar tantito y pensar que si bien estas fechas marcan un límite del antes y el después, no son para buscar más sino para poder ver que cada día y cada año que pasan perderemos algo con tal de ganar la experiencia de vivir.
1 José Luis, Juresa, La Realidad por sorpresa: Un ensayo sobre el sentido del psicoanálisis, Paidós, Argentina 0024, p.131.
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