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Roja de Corazón

Ningún hombre sabe lo que es una mujer

Foto: Especial
Empoderamiento femenino

Es verdad que como mujeres hemos vivido bajo lineamientos que en su mayoría están cargados de imposiciones y expectativas: ser buenas madres, tener éxito profesional, cuidar de la familia, vernos y comportarnos de cierta manera y, al mismo tiempo, mostrar fortaleza e independencia, aunque no tanta porque entonces los valores se empiezan a perder. Por eso me pregunto: ¿de qué valores se trata? ¿Dichos valores sostienen un ideal de masculinidad por el que nuestra autonomía debe quedar en manos de alguien más? Mantener esos valores implica que lo que mide nuestro comportamiento sea la moral patriarcal, ejerciendo control sobre nuestro deseo y nuestro lugar en el mundo. Entonces ¿cómo no vamos a querer empoderarnos?

Sin embargo, me parece que el discurso de la mujer empoderada ha sacudido muchas ideologías, llegando a entenderse como una competencia con los hombres, lo cual me parece podría ser una lectura errónea y cuestionable. ¿A qué me refiero con esto? Desde los setenta, el concepto de empoderamiento se ha sostenido en una amplia variedad de ideas y teorías, la mayoría coincide en que se trata de adquirir nuevas capacidades y participar en la toma de decisiones. Entonces, si empoderarse sería el proceso mediante el cual una persona adquiere autonomía, confianza y capacidad de decidir sobre su propia vida, ¿a quién le incomodaría algo así?

Desde mi punto de vista, no se trata de competir con los hombres para tomar su lugar, sino de darle un lugar propio a nuestra voz y a nuestro deseo, más allá del control y la violencia; más allá del encapsulamiento en discursos universales que dicen cómo deberíamos ser, y más allá sobre todo de entender la palabra poder como un sustantivo, la «autoridad para someter al otro», sino de entenderlo como verbo: «la acción de ser capaces».

En Los cautiverios de las mujeres, Marcela Lagarde escribe que «las diversas ideologías cultivan el miedo, la descalificación y la desconfianza contra las mujeres y el derecho de los hombres a maltratarlas» (p. 31). Coincido plenamente con ella; sin embargo, también creo que los hombres que ejercen violencia y microviolencias contra las mujeres están sumamente enajenados y alienados con narrativas que no les permiten siquiera cuestionarse su lugar ante ese supuesto derecho a maltratar que un sistema como el patriarcal les otorga. Pero sobre todo están inmersos en una fantasía que les dicta cómo deben verse, ser y pensar, un ideal basado en el control absoluto de los cuerpos y las emociones.

Bajo esa lógica no solo se estaría colocando a las mujeres como objetos, sino que colocarnos en ese lugar es una manera de rechazar inconscientemente nuestra feminidad, que es importantísima para darle lugar a la singularidad de nuestro deseo. ¿A qué feminidad me refiero? No a esa supuesta feminidad compuesta de normas y expectativas: ser dócil, cuidadora, maternal, tener una belleza estereotipada, etcétera. Hablo de la feminidad que da lugar a la singularidad, que permita que cada una pueda decir qué es ser mujer, enumerándonos, una a una.

Se trata de la feminidad que da lugar al  deseo  singular y que nos mantendrá  en constante movimiento más allá de la supuesta estabilidad que da ser el complemento de un hombre, si pensamos que la palabra complemento significa «aquello que completa», y lamento decepcionarlos pero hombres y mujeres no nos complementamos, nos suplementamos a través de un tecero: el amor, dirá Lacan: un amor real.

Massimo Recalcati, en su libro Las manos de la madre, dice que «el caldo de cultivo de la violencia masculina ofrece a la mujer la ilusión de una referencia identificadora estable, cierta, aun cuando ello pase a través del uso más brutal de la violencia y de la humillación» (p. 180). Así que más allá de criticar el empoderamiento de las mujeres estamos en un buen momento para preguntarnos por las ideologías que cultivan la violencia contra nosotras, por ese fantasma masculino que rechaza la feminidad, la singularidad y el deseo, creeyendo saber lo que es una mujer. Recalcati también dirá que en ese cultivo masculino hay “un engaño atroz, ya que ningún hombre sabe lo que es una mujer” (p. 182).

Entonces, la verdadera libertad no consiste en cumplir un nuevo modelo de mujer ideal o en buscar la igualdad en todos los sentidos, sino de cuestionar  las narrativas que hacen de la mujer un cuerpo-instrumento, cuestionar esa identificación supuestamente estable que nos impide hacer algo con la  alteridad de la feminidad que nos habita, que suprime algo de nuestro deseo propiciando relaciones de control, bajo una dialéctica similar a la del amo y el esclavo de la que habla Hegel, insistiendo en colocarnos como el complemento de hombres que nos reducen a meros objetos de goce.