Durante las últimas semanas, hemos hablado en este espacio que el entorno internacional ha estado lejos de ser favorable para México. La tensión en Medio Oriente mantiene bajo presión al mercado energético global; el estrecho de Ormuz continúa siendo un punto crítico y el reciente derrame en el golfo de México ha vuelto a poner sobre la mesa los riesgos ambientales que, tarde o temprano, terminan impactando en la economía nacional: inflación, combustibles, turismo y actividad productiva.
En ese contexto, el Mundial de Fútbol 2026 aparece como una noticia positiva, pero también como una exigencia mayor. Ya están definidos los 48 países que participarán en el torneo más grande de la historia, con 104 partidos, 16 ciudades sede y una audiencia estimada superior a los 5 mil millones de espectadores. México será protagonista: albergará 13 encuentros –incluida la inauguración en el estadio Azteca–, que además hará historia como el primer estadio en recibir tres Copas del Mundo.
Sin embargo, el Mundial no es únicamente un evento deportivo. Es, en los hechos, una auditoría internacional en tiempo real sobre la capacidad de un país para organizar, movilizar, proteger y atender a millones de personas.
Las cifras son contundentes. México espera alrededor de 5.5 millones de visitantes adicionales durante el torneo, con una derrama económica estimada que oscila entre los 2 mil 700 y los 7 mil millones de dólares, además de la generación de más de 112 mil empleos temporales. Es, sin duda, una oportunidad económica real. Pero también es un riesgo si no se ejecuta correctamente.
En términos de infraestructura deportiva, México parte con ventaja. A diferencia de otros mundiales, no fue necesario construir nuevos estadios. El Azteca, el Akron y el BBVA ya existen. El primero ha recibido una inversión superior a los 2 mil millones de pesos para su modernización, con avances estimados entre 70% y 75%, mientras que Guadalajara y Monterrey superan el 85%-90% de cumplimiento en estándares FIFA. En conjunto, puede decirse que la infraestructura deportiva está cerca del 90% lista. Es decir, el problema no está dentro del estadio, está afuera.
En Ciudad de México, el propio gobierno ha anunciado un paquete amplio de intervención urbana: corredores seguros, iluminación, señalética, mejoras de imagen urbana, ciclovías y obras en vialidades clave como calzada de Tlalpan, Eje Central e Insurgentes, además de la conexión aeropuerto-sur. A esto se suma una inversión federal cercana a los 9 mil millones de pesos para la modernización del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y su conectividad con el AIFA. O sea que sí hay obra.
Lo preocupante es que no existe, hasta ahora, un corte público, homogéneo y verificable que permita saber qué porcentaje de esas obras está realmente concluido. Y cuando no hay tablero claro, la duda es inevitable: ¿México va en tiempo o simplemente está corriendo contra el reloj?
A esto se suma un elemento que suele subestimarse: el tipo de turismo que llegará al país no será homogéneo.
Ciudad de México será la gran vitrina global, con una mezcla de visitantes latinoamericanos, europeos, asiáticos y africanos. Guadalajara tendrá un perfil más cultural y festivo, con partidos como Uruguay contra España que atraerán turismo europeo de alto gasto y sudamericano altamente participativo. Monterrey, en cambio, recibirá un turismo más internacional y corporativo, con visitantes de Asia, África y Europa, muchos de ellos con alto poder adquisitivo.
Entonces, no solo se trata de recibir turistas. Se trata de entenderlos, atenderlos y cumplir sus expectativas. Y hay un último punto, quizá el más delicado: la reputación país.
El Mundial no solo evaluará estadios o logística. Evaluará seguridad, movilidad, servicios y experiencia. Evaluará si México puede operar como una economía moderna frente a los ojos del mundo.
Hoy, el balance es claro: México tiene estadios, tiene partidos, tiene una oportunidad económica real y tiene la atención global garantizada. Lo que todavía no tiene –al menos no de manera completamente demostrable– es la certeza de que todo lo demás estará listo.
Porque el Mundial no se gana en la cancha. Se gana en la ejecución. Y ahí es donde México todavía tiene que demostrar que está a la altura.
Gabo Guillermo®
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