Generalmente, los destinos turísticos se eligen por sus playas, hoteles, restaurantes y tours. Y muy pocas veces observamos quién sostiene la vida cotidiana del lugar. En muchos rincones de México, el turismo no descansa únicamente en grandes inversiones o cadenas hoteleras. Descansa, silenciosamente, en las manos de quien honra tradiciones y comparte costumbres, y en este caso hablaré de aquellas mujeres que entretejen una parte del turismo tras bambalinas.
Isla Mujeres es para muchos viajeros sinónimo de playas tranquilas, esnórquel y paseos en carrito de golf. Pero detrás de esa postal existe una red económica femenina que rara vez aparece en los folletos turísticos. Uno de los casos más visibles es la Women’s Beading Cooperative, donde mujeres locales elaboran joyería artesanal y la venden directamente a visitantes. Lo que comenzó con apenas unas cuantas artesanas, terminó convirtiéndose en un proyecto que buscaba fortalecer su independencia económica y autonomía dentro de la comunidad.
Estas cooperativas, pequeñas tiendas y talleres no solo venden artesanías: venden una narrativa cultural que conecta al visitante con la identidad del lugar.
Para el turista, comprar una pulsera o un collar puede parecer un gesto menor, casi un souvenir más. Pero en muchos casos es parte de una economía doméstica que permite sostener hogares completos. En playas de México como Acapulco o Huatulco es común que te vendan collares o pulseras, playeras o hasta te ofrezcan hacerte trencitas. Y si te das cuenta, de los 10 vendedores que se acercaron, al menos siete fueron mujeres.
El fenómeno no se limita a zonas costeras. En el sur del país, en Zinacantán, el turismo que llega desde San Cristóbal de las Casas encuentra otro rostro de esta economía femenina. En este municipio tzotzil, las mujeres bordan y tejen huipiles, fajas y textiles tradicionales en pequeños talleres familiares o cooperativas. Los visitantes suelen entrar a estas casas-taller para ver el proceso artesanal y adquirir las prendas directamente de las productoras.
En un lugar donde la pobreza estructural sigue siendo alta, la organización colectiva ha permitido que grupos de bordadoras aumenten sus ingresos, innoven en diseños y vendan sus productos incluso fuera del país. Algunas cooperativas han logrado triplicar sus ganancias al combinar tradición con nuevos mercados, demostrando que la artesanía no es un vestigio del pasado sino una estrategia económica contemporánea.
Lo interesante es que estas redes productivas tienen una lógica distinta a la de muchas industrias turísticas. Mientras grandes desarrollos hoteleros tienden a concentrar ganancias, las economías artesanales lideradas por mujeres suelen redistribuir el ingreso dentro de la comunidad. En regiones como Oaxaca, por ejemplo, diversos estudios sobre la economía artesanal muestran que los negocios dirigidos por mujeres reinvierten gran parte de sus ingresos en sus familias y comunidades, fortaleciendo la resiliencia económica local.
Esto explica por qué el turismo cultural en muchos destinos mexicanos funciona como una especie de red económica femenina. En mercados, talleres textiles, cooperativas y pequeños restaurantes familiares, son las mujeres quienes sostienen gran parte de la experiencia que el visitante percibe como “auténtica”.
El mapa de estos espacios es amplio. En Yucatán, colectivas de bordadoras mayas han trabajado incluso con organismos internacionales para proteger técnicas tradicionales de bordado y promover su valor cultural y económico. En pueblos de Hidalgo y Estado de México, mujeres nahuas y bordadoras urbanas producen textiles que hoy circulan en mercados turísticos y plataformas de diseño contemporáneo.
La paradoja es que, pese a su peso económico y cultural, estas redes rara vez aparecen en la narrativa oficial del turismo. Los discursos promocionales siguen centrados en playas, hoteles o infraestructura, mientras la dimensión social –quién produce, quién vende, quién sostiene la experiencia turística– permanece casi invisible.
Tal vez habría que empezar a mirar el turismo mexicano desde otro ángulo. No como una industria homogénea, sino como un entramado de economías locales donde muchas veces las mujeres son las verdaderas gestoras del destino. Ellas producen textiles, preparan alimentos tradicionales, venden artesanías, organizan cooperativas y, en muchos casos, sostienen a sus familias con esos ingresos.
La pregunta es inevitable: ¿qué pasaría si el turismo empezara a reconocer explícitamente esta estructura femenina que lo sostiene?
Quizá cambiaría la forma en que se diseñan las políticas turísticas. Quizá se invertiría más en cooperativas, mercados artesanales o programas de comercialización justa. O quizá, simplemente, el visitante entendería que detrás de cada souvenir, de cada plato tradicional o de cada prenda bordada hay una red económica mucho más profunda que la simple lógica del recuerdo de viaje.
Porque en lugares como Isla Mujeres o Zinacantán, el turismo no solo mueve personas: mueve historias, tradiciones y economías familiares. Y muchas de ellas, silenciosamente, tienen nombre de mujer.
