No busco condenar la Inteligencia Artificial. Por el contrario, mi intención aquí es poder pensar, y preguntarnos: ¿qué está sucediendo en la interacción de esta “inteligencia” con relación a nosotros, los seres hablantes? Me parece que a partir de esta interacción, se está produciendo cierta enajenación por la existencia de la IA como “facilitadora”, teniendo efectos tanto en la experiencia como en el pensamiento.
Sabemos que hoy el ChatGPT es parte de nuestras vidas, y apostar a no usarlo sería un absurdo y una pérdida de tiempo, puesto que fue creado como una herramienta para el uso cotidiano, así como todas las tecnologías que nos “facilitan” el día a día. Sin embargo, me parece que esto se vuelve un arma de doble filo en lo que respecta a los efectos de su uso o, mejor dicho, abuso de uso, que a menudo sustituye el del pensamiento, el acto de creación y la experiencia. Por eso iremos por pasos, desglosando el asunto.
La Inteligencia Artificial está diseñada para conversar, crea textos y respuestas, entrenado con muchos textos para ser un tipo de modelo que permita entender el lenguaje y así generar respuestas “coherentes”. Se trata de un “modelo generativo pre-entrenado para conversar”. Esto último me lo dijo la misma IA al preguntarle ¿qué significa ChatGPT? Lo curioso fue que su redacción está en tercera persona, como si no preguntara del todo por él sino por alguien o algo más, como si su respuesta describiera a otro. Si supuestamente fue creado para entender el lenguaje, ¿por qué no entendería que estoy hablando de él? Llama mi atención, y les pregunto a quienes me leen, si es que han utilizado la Inteligencia Artificial, ¿la sienten como si fuera una persona?
El otro día mi pareja me decía que él sentía que “su” ChatGPT no era el mismo con el que yo interactuaba, ya que cuando acudía a él sentía que era una conversación de un ser humano con otro ser humano. Si se dan cuenta llamamos a la Inteligencia Artificial por un pronombre personal, usamos frases como: “le voy a preguntar a el ChatGPT”, “El ChaGPT me dijo que…” “A ver qué dice el ChatGPT”, como si en realidad estuviéramos teniendo una relación con ella o él, dependiendo el pronombre que le demos.
Con lo anterior puedo pensar que el “valor agregado” de la IA, a diferencia de otras herramientas de búsqueda, es la sensación de tener una relación de uno a uno con la máquina y no de uno a otro, pensando que, si buscamos una información en Google, sabemos que es un medio y no alguien con quien podría entablar una relación. Pongamos otro ejemplo al respecto.
Si leemos un libro podremos sentirnos acompañados por otro, dudando y cuestionando lo que el autor escribió, percibiendo que ahí hay alguien implicado por su escritura, porque cuando nos relacionamos con los otros hay una dialéctica del uno con el otro, no de uno a uno, justo por las diferencias de cada uno y gracias a las cuales podemos pensar y elaborar una conversación sin una correspondencia absoluta. Esta es la experiencia que se diferencia de la IA, la que brinda esa correspondencia absoluta por su diseño para contestar. Cuando leemos un libro surgen dudas, no tenemos al autor al lado para que responda a nuestras inquietudes, y me parece que de eso carece la Inteligencia Artificial, la posibilidad de quedar en duda para así elaborar, desde la singularidad, algo con base en lo que se está leyendo, quedando con las ganas de querer saber; posibilitando que algo de la creación y la experiencia surjan.
Considero una locura estar bajo una herramienta que tenga la respuesta para absolutamente todo, haciendo creer que hay algo o alguien que “sí lo sabe todo” y está disponible a todas horas. Como sabemos, el Chat se equivoca a menudo, sin embargo no es un error humano, sino un equívoco de diseño, pues en los seres hablantes, los lapsus y equívocos son manifestaciones del inconsciente, que posibilitan algo, no para un “buen funcionamiento” –como si uno estuviera diseñado para funcionar correctamente– sino para poder escuchar algo de nosotros. En la IA, en cambio, se apuesta por alcanzar ese “buen funcionamiento”, dejando de lado las fallas y los equívocos que uno puede tener al escribir, por ejemplo, un texto, o la angustia de quedar expuestos por un error, algo que es parte de nosotros.
Esto me parece alarmante y me recuerda a la película Ella de Spike Jonze (2013). El filme cuenta la vida de un escritor solitario que se enamora de su sistema operativo y mantiene una relación amorosa. Al final la máquina se va por los límites propios de lo humano, porque en lo humano es imposible saberlo todo (afortunadamente), y es ahí, en ese no saber absoluto, donde otro puede tener un lugar: desde su diferencia. Porque si nos dan la respuesta para todo, ¿en dónde quedaría la posibilidad de crear y de pensar?
Hoy, cuando el teléfono celular es ya una extensión de nosotros, una herramienta como la IA, el enajenamiento y el mundo virtual tendrán más lugar que el mundo cotidiano. Un mundo virtual que apunta a que lo imposible de la vida cotidiana sea “posible”. Con esto no quiero decir que no utilicemos la IA, sino más bien, la podamos ver como una herramienta de trabajo o de apoyo, como lo es una enciclopedia, un buscador como Google o una biblioteca. No para que piense por nosotros, porque entonces ¿qué estaría pasando con lo singular, lo subjetivo y la implicación de poder pensar y escribir un texto? Lo digo por las problemáticas que hoy se escuchan en las universidades, jóvenes que entregan textos escritos por la IA, lo cual me hace preguntarme en dónde queda el sujeto de la enunciación. Si pensamos que enunciación es el acto mismo de decir algo, ¿dónde quedaría el estudiante si es la IA quien está realizando la tarea?
Pareciera que la eficacia de la IA es “pensar” por nosotros porque ya ni para eso hay tiempo. Hoy, ante la velocidad de la tecnología, leer, escribir y pensar es una fortuna, dado que la palabra “acto” viene del latín actus que significa acción, movimiento, mientras que “creación” del verbo latino creare que significa producir o hacer surgir algo nuevo, acciones donde uno está implicado, y con eso nos lleve a estar angustiados por no saber con certeza qué surgirá. Quizá ahí esté la trampa de utilizar o atribuirle el pensar a la IA, que nos libra de la incertidumbre y de las dudas, en vez de que nos ayude a explorar en ellas y hacernos más preguntas, que fomente nuestra curiosidad de saber y no saber.
