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Desde las gradas de la historia

Gandhi: el origen de una resistencia no violenta

En este mes de octubre, al conmemorarse un aniversario más de su nacimiento, la lección de Gandhi cobra una vigencia apremiante: no ser indiferentes al sufrimiento de los demás

Foto: Museo Memoria y Tolerancia
Mahatma Ghandi

«Este incidente cambió el rumbo de su vida y el proceso de la historia», así reza la placa que se ubica en la estación de Pietermaritzburg, donde Mohandas Karamchand Gandhi fue empujado fuera del vagón por sostener un boleto de primera clase en una sociedad donde su color de piel le prohibía viajar junto a los europeos. Al ver su equipaje tirado en la plataforma, lo que parecía un abuso cotidiano se transformó en el detonante para que la determinación del hombre que a la postre sería conocido como Mahatma («Gran Alma») empezara a tejer la resistencia contra la discriminación.

Aquel 7 de junio de 1893, Gandhi no solo tiritaba por el frío helado de la estación, sino por la parálisis que se produce en el cuerpo cuando la injusticia nos toma por sorpresa. ¿Cómo aquel joven abogado de 23 años, recién egresado de sus estudios de Derecho en Londres y vestido impecablemente al estilo victoriano, no pudo hacer valer su derecho y prefirió guardar silencio por temor a ser agredido nuevamente?

En sus memorias (Historia de mis experimentos con la verdad), Gandhi definirá esa noche como la «experiencia más decisiva de su vida». Comprendió que la humillación que acababa de vivir no era un exabrupto aislado por parte de un revisor o un policía con tintes racistas, sino el fruto de un sistema de segregación con años de arraigo e impunidad institucional.

Después de aquella noche, Gandhi pudo haber cancelado su contrato o pedido el primer pasaje de regreso a la India para volver a la comodidad de su hogar con su familia. Nadie se lo habría reprochado, porque no habría sido el primero. En cambio, inició internamente un proceso de catarsis mental y espiritual alimentado por lecturas como el Bhagavad-gita, el Nuevo Testamento y Tolstói, entre otros. De ese proceso interior no nació el rencor, sino el germen de la satyagraha —«aferrarse a la verdad»—: la convicción de que la fuerza moral y la no violencia activa eran las únicas herramientas capaces de vencer a la opresión.

En este mes de octubre, al conmemorarse un aniversario más de su nacimiento, la lección de Gandhi cobra una vigencia apremiante: no ser indiferentes al sufrimiento de los demás, hacer propia la lucha del otro por el bien común y convertir el dolor individual en organización colectiva.

Desde las Gradas de la Historia, recordamos hoy a Mohandas Gandhi, el hombre que demostró que la dignidad humana, cuando decide no someterse ante la injusticia, es la única fuerza capaz de cambiar el rumbo de la historia.

A la memoria del Dr. Roberto Rodríguez Gómez Guerra, destacado especialista en estudios sobre la educación, generoso maestro y guía invaluable en mi formación académica. Que su legado permanezca. (1955 – 2026).

 

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