El secuestro de Nicolás Maduro por fuerzas militares de Estados Unidos marca un punto de quiebre histórico para Venezuela. Pero en Nueva York, hogar de decenas de miles de venezolanos, el impacto no se mide solo en términos geopolíticos, sino en algo mucho más inmediato y concreto: el futuro legal de una comunidad migrante que hoy vive entre el alivio, el miedo y la incertidumbre.
Durante años, Maduro fue el rostro visible de una crisis que expulsó a millones. Entre 2021 y 2023, Venezuela se convirtió en el tercer país con más nuevos migrantes hacia Estados Unidos, con el 7% del total de llegadas. Según el Pew Research Center, alrededor de 1.1 millones de venezolanos viven actualmente en Estados Unidos, de los cuales más de 607 mil obtuvieron salvoconductos humanitarios mediante el Estatus de Protección Temporal (TPS), otorgados durante la administración de Joe Biden. En Nueva York, el alcalde Zohran Mamdani ha estimado que decenas de miles de venezolanos residen hoy en la ciudad, muchos de ellos solicitantes de asilo.
La caída de Maduro, lejos de cerrar esa herida, la reabre bajo nuevas reglas. El propio Donald Trump afirmó que su administración liderará la transición política en Venezuela y que los venezolanos en Estados Unidos “podrán regresar” a un país en reconstrucción. Sin embargo, en términos migratorios, el mensaje es contradictorio. El Departamento de Seguridad Nacional puso fin al TPS para más de medio millón de venezolanos, mientras funcionarios del mismo gobierno se contradicen públicamente sobre si estas personas podrán solicitar estatus de refugiado. Hasta ahora, no existen lineamientos claros ni plazos definidos.
La consecuencia inmediata es una peligrosa zona gris legal. Desde diciembre, las revisiones de solicitudes migratorias para personas de 19 países –incluida Venezuela– permanecen suspendidas. Esto significa que miles de venezolanos en Nueva York enfrentan audiencias de asilo sin certeza jurídica, sin documentos nuevos y, en muchos casos, con el temor constante a ser detenidos por ICE.
El fin del régimen de Maduro no implica seguridad, sino la posibilidad real de una deportación acelerada a un país donde ya no tienen casa, empleo ni red de apoyo.
Paradójicamente, el mismo hecho que para algunos simboliza libertad –la captura de un dictador acusado de represión sistemática, elecciones sin garantías y colapso económico– puede convertirse en el argumento central para negar protección internacional. Si Maduro ya no está, ¿sigue existiendo el “temor creíble” que exige la ley de asilo? Esa pregunta, formulada desde despachos en Washington, ignora que la reconstrucción de un Estado fallido no ocurre de la noche a la mañana, y que la violencia, la pobreza y la inestabilidad no desaparecen con un arresto televisado.
El secuestro de Maduro redefine el mapa político de América Latina, pero también expone verdades incómodas. Dejando de lado las terribles consecuencias de una intervención militar de una potencia extranjera, ignorando las normas del derecho internacional, la política exterior estadounidense suele avanzar sin considerar las consecuencias humanas en su propio territorio.
Para los venezolanos en Nueva York, la historia aún no termina. Solo ha cambiado el tipo de riesgo. Antes huían de un régimen autoritario; hoy enfrentan un sistema migratorio impredecible que puede convertir la “liberación” de su país en la pérdida definitiva de su futuro aquí.
Desde la Gran Manzana
No pasaron ni dos días desde su asunción como alcalde de Nueva York y Zohran Mamdani ya dejó claro que no se quedará callado ante las incoherencias del gobierno federal y de Donald Trump. El edil neoyorquino condenó la manera en la que se dio la extracción de Nicolás Maduro de Venezuela. Aunque todo el contenido de la llamada que sostuvo con Donald Trump no ha sido revelado, Zohran dijo que apoyará a los venezolanos que radican en esta ciudad.
No cabe duda que la crítica banal disfrazada de “periodismo” también ocurre por acá. En la juramentación de Zohan, su esposa lució unos botines que, según el NY Post, cuestan 650 dólares. Esto fue la comidilla de conservadores que creen que porque alguien es socialista no puede hacer con su dinero lo que le plazca… así como en México.




