Dicen los que saben que hay presidentes municipales de todo tipo:
Los que gobiernan.
Los que administran.
Y los que simplemente ocupan la silla.
Y luego está el caso del alcalde de Amozoc, Severiano de la Rosa Romero, que parece empeñado en inaugurar una nueva categoría: la del edil invisible.
Porque, aunque se trata de su segundo mandato consecutivo, don Severiano ha logrado lo que pocos: convertir a Amozoc en tierra de nadie.
Un municipio en pausa.
Sin rumbo.
Sin pulso.
Basta con salir a la calle –no muy lejos, no muy hondo– para escuchar el mismo coro ciudadano: arrepentimiento.
Y en donde la inseguridad se destaca, las obras no aparecen y el gobierno municipal brilla… pero por su ausencia.
Dicen los que saben que el municipio de Amozoc vive en penumbras, mientras su alcalde gobierna como si administrara un pueblo fantasma.
Alguien debería decirle –si es que alguien se atreve– que Amozoc no es un rancho olvidado en el mapa. Es pieza clave de la Zona Metropolitana.
Pero bajo esta administración luce más como pueblo fantasma:
Sin autoridad visible.
Sin seguridad palpable.
Y sin obra que se presuma.
Hay que recordarle a Severiano de la Rosa Romero, que la reelección no es un cheque en blanco y que el poder no se hereda ni se estira por decreto. Se ejerce.
Y cuando no se ejerce, el vacío se nota. Y en Amozoc, ese vacío ya es costumbre. ¿O no?
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