Los días pasan y cada vez es más claro que la contienda por la Presidencia de México tendrá a dos finalistas: Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador.
Ahora que el escritor Jorge Volpi acaba de incursionar en el periodismo ficción en su columna semanal del diario Reforma, y siempre a petición de un numeroso grupo de lectores, presento dos ejercicios publicados con anterioridad que tiene como protagonistas a Peña Nieto y a López Obrador
***
El domingo uno de julio de 2012, Enrique Peña Nieto despertó con un dolor en la espalda.
–¿Qué te pasa, mi amor? –le preguntó su mujer.
–Tengo un dolor clavado en la espalda. En la punta de la espina.
–¿Quieres que te sobe?
–No, mi amor. Ahorita se me quita. ¿Qué hora es?
–Las cinco de la mañana.
–Ya me voy a levantar.
–¿Tan temprano?
–Quedé de ver a Videgaray para desayunar. Van Pedro Joaquín, Beatriz y Chong.
–Amor, en unas horas serás presidente de México y yo la Primera Dama.
–Uf. Espero que así sea. La elección no es nada fácil. López Obrador cerró muy fuerte.
Despeinado, en pantuflas, con una bata escocesa, nuestro personaje alcanzó el baño y se dio una ducha.
Por su cabeza pasaron varias imágenes, algunas voces, cientos de deseos perdidos.
Quién sabe por qué pensó en Carlos Fuentes, Enrique Krauze, una ama de casa y un kilo de tortillas.
Salió disparado a la casa de Luis Videgaray, su coordinador de campaña.
Los demás convidados ya lo esperaban.
Abrazos, buenos deseos y huevos fritos, fue el menú del desayuno.
Beatriz Paredes estaba nerviosa.
Metida en un huipil francés con imágenes de jaguares y monos tití se movía nerviosa y lanzaba mentadas de madre en contra de los nombres que salían en la conversación: “ese es un hijo de la chingada”, “ese cabrón no tiene madre”, “a ese hijo de puta lo voy a agarrar de los huevos”.
Nadie reía.
La preocupación era evidente: López Obrador había venido creciendo en las encuestas peligrosamente y hasta el propio Roy Campos, de Mitofsky, le dijo horas atrás que en la práctica, en la vida real, estaban empatados.
–Candidato, a ti no te voy a engañar.
–¿Van mal las cosas?
–Muy mal.
–¿Qué tanto, Roy?
–Tú y el Peje están en un empate técnico. Tienes que operar muy bien.
El desayuno terminó con caras largas.
Peña subió a su Suburban blindada junto con Videgaray, quien tuiteaba obsesivamente que ese día todos los mexicanos harían un mejor país.
Peña revisaba el monitoreo de medios cuando su particular le pasó su BlackBerry.
–Licenciado, le habla Roberto Gil.
Videgaray y Peña se miraron un segundo.
Este tomó el aparato.
–Roberto, qué gusto.
–Enrique, nuestro amigo quiere verte en “Ele Pe”.
(“Ele Pe” no era otra cosa que Los Pinos, la residencia oficial).
–¿A qué hora?
–ahora mismo.
–Voy para allá.
–Te espero en la puerta del Cedro.
–Estoy ahí en veinte minutos.
La Suburban viró hasta alcanzar Parque Lira y luego Constituyentes.
Peña se arreglaba el impecable copete al tiempo que conversaba con un jubiloso Videgaray.
–¡Te va a dar todo su apoyo! ¡Te prefiere a ti que al Peje!
–¿Tú crees?
Peña había visto a Roberto Gil un par de ocasiones durante la campaña. Ni una sola vez al presidente.
Estaba escéptico.
No creía en las palabras de su coordinador.
No obstante, copete de por medio, se dejaba seducir por la idea.
Su esposa le habló al número privado.
“Ahorita te hablo, amor”, le dijo emocionado.
La camioneta entró a Los Pinos.
Gil estaba ahí con el jefe del Estado Mayor.
El copete se movió imperceptiblemente: era un tic que tenía desde niño.
El militar se le cuadró cuando estuvo frente a él.
Peña lo imitó.
Caminaron casi en silencio.
Gil hablaba con alguien por teléfono: “Vamos al despacho. Avísale al jefe”.
Entraron como se entra a una casa conocida.
Las puertas del despacho se abrieron.
De reojo, Peña vio los volcanes pintados por Nizhizawa.
Calderón lo recibió a él solo.
Las palabras de cortesía cortaron el aire.
–Voy al grano, Enrique. Quiero que hagamos un pacto.
–Usted me dice, presidente.
–López Obrador está muy cerca de ti en las encuestas. Casi están empatados.
–Lo mismo me dijo Roy.
–Con todo y tu operación será muy difícil que le ganes con la ventaja suficiente. Se avecina un escenario como el de 2006.
–Ajá.
–Este país no aguanta un escenario similar. El IFE reventaría por dos consejeros que conocemos bien.
–Ajá.
–Mi propuesta es esta: te voy a apoyar con todo, pero necesito que lleguemos a acuerdos sustanciales.
–Los que usted diga, presidente.
Diez minutos después, Peña salió feliz de Los Pinos.
Videgaray le preguntó qué había pasado.
“Ya te enterarás, Luis. Vamos al búnker”.
El rostro de Peña Nieto era otro.
Sonrió por primera vez en el día.
Tomó su celular privado.
Habló con su mujer, Angélica, la célebre “Gaviota”.
–Te quiero, chiquita.
–¿Todo bien, mi amor?
–Mucho mejor. Los astros se están acomodando.
Videgaray quiso saber más.
El candidato le palmeó el hombro y le dijo:
“Serás un gran secretario de Hacienda, Vide”.
Las horas pasaron.
La primera encuesta de salida favoreció al Peje.
Peña Nieto no se inmutó.
La segunda le empezó a dar una ventaja clara.
El copete del candidato se movió ligeramente.
El tercer corte ratificó su tendencia.
Calderón le habló para felicitarlo después de la hora de la comida.
–Candidato… ¿O debo decirle “virtual presidente”?
–Señor…
–Te felicito, Enrique. Todo indica que vas a ganar por cuatro o seis puntos.
Peña sonrió pleno.
Su mujer lo abrazó.
Sus hijos le aplaudieron.
Por su cabeza pasaron varias imágenes, algunas voces, cientos de deseos perdidos… hoy ganados.
“Uf”, exclamó.
Y pidió una botella de champaña.
Su hija mayor le dio un abrazo y le dijo al oído: “¿Le ganaste a la ‘prole’, papi?”.
Las risas invadieron el lugar.
Entonces le habló a su coordinador:
“¡Haz una celebración en grande! ¡No escatimes en nada! ¡Dile a Lucero que si puede ir a cantarle al próximo presidente de México!”.
Se sintió eufórico.
Bebió un poco de champaña y marcó por su BlackBerry.
–¡Ganamos, Emilio, ya me habló el presidente!
–¡No mames, cabrón! ¡A toda madre! ¡Estoy con Bernardo, Pepe y Alfonso!
–¡Pásame al Bernie!
–¡Mi presidente!
–¡Nos chingamos al Peje, hermano!
–¡Vamos a celebrarlo como locos! ¿Dónde va a ser la celebración?
–¡En la explanada del partido!
–¡Dice Enrique que no mames, que te presta el Estadio Azteca!
–¡Ja, ja, ja! ¡Se la maman! ¡Es muy grande!
–¡Mi Henry, nada es poco para celebrarte!
El candidato entró al baño.
Se lavó la cara.
Estaba pleno, sonriente.
Se acomodó el copete, pero este se seguía moviendo imperceptiblemente.
Sonó su BB.
Era López Dóriga.
Tomó la llamada.
El periodista lo felicitó de entrada y le dijo que por órdenes de Emilio Azcárraga iba a anunciar el triunfo a las siete de la noche.
“¡Roy está acomodando todo para salir!”, le dijo jubiloso.
–¿Cómo anda el Peje, Joaquín?
–¡Cagado! ¡Ya se las está oliendo! ¡Ciro habló con su gente y le dijeron que ya está organizando una rueda de prensa para anunciar un triunfo que no se cree!
–¿Entonces qué hago?
–Vamos a hacer esto: yo y Loret salimos a las seis en punto y dejamos entrever que vas arriba. Luego sale Roy y te da el triunfo. En ese momento te pongo a cuadro y te entrevisto. Al Peje lo mandamos a la chingada.
–Perfecto, Joaquín.
–¡Y luego te vienes al estudio para entrevistarte!
–¿Quiénes estarían?
–Yo, Loret, Denise, Ciro, Marín, Aguilar Camín y Krauze.
–¿El de La Silla del Águila?
Ambos rieron y se felicitaron de ser tan triunfadores.
Videgaray pasó por él y lo subió a la Suburban.
Estaban solos.
–¿Y el chofer? –preguntó el candidato.
–Le pedí que se bajara un momento. Te tengo que decir algo muy grave.
–¿Algo malo?
–Algo cabrón: Beltrones te traicionó. Lo tenemos confirmado.
–No mames.
–Pactó con el Peje a través de Ebrard. Apoyó con todo por debajo del agua. Pablo Escudero, su yerno, fue otro puente. Se va a cagar cuando sepa que ganaste.
–Yo se lo voy a decir.
Tomó su BB y esperó.
–Mi candidato.
–¡Ganamos, Manlio!
–…
–¿Manlio? ¿Sigues ahí?
–Sí, sí, aquí estoy, candidato.
–Ya me puedes decir “presidente”.
–Perdón, Enrique… ¿En qué te basas?
–En mis números, en los de Roy Campos, en los de Los Pinos.
–¿Estás seguro?
–¡Segurísimo! ¡Salgo en Televisa a las siete! ¡El presidente ya está grabando su mensaje!
–¿No es muy apresurado? Puede calentarse el asunto.
–¡Me vale madres! Bueno, me voy. Quería avisarte.
Peña guardó su BB.
Videgaray le preguntó:
–¿Qué te dijo?
–¿Literalmente?
–Ajá.
–¡Se cagó!
Eran las cuatro de la mañana cuando entró al baño de su residencia.
Atrás habían quedado las entrevistas con las televisoras, la rueda de prensa, la felicitación pública del presidente, la celebración en el Azteca, las voces de Lucerito, el Buki y Espinoza Paz, las protestas de López Obrador, el mensaje del presidente del IFE reconociendo el triunfo, la balacera en el zócalo, los gritos jubilosos, los chillidos, las lágrimas de emoción.
Ya frente al espejo las ojeras afloraron.
Respiró profundo.
Estaba entero.
Muerto, pero entero.
De pronto, imperceptiblemente, su copete se movió.
Como una hoja temblorosa.
***
Un gallo cantó de pronto en plena madrugada.
Fue la señal para que Andrés Manuel López Obrador se levantara, se diera un baño, se mirara al espejo y con el mejor acento tabasqueño se dijera: “vamoj a ganar”.
Desayunó con Beatriz, su esposa, quien estaba a punto de presentar su examen de doctorado en Letras Iberoamericanas, y con su pequeño hijo Jesús Ernesto.
Parco, serio, contestando llamadas, Andrés Manuel se despidió de su familia con una leve sonrisa.
–¿Entonces comemos juntos, amoroso?
–Sí, mi amor. Yo te llamo.
Ricardo Monreal ya lo esperaba en una casa de la colonia Del Valle.
Ahí también llegaron José Agustín Ortiz Pinchetti, Dante Delgado, Luis Walton, Alberto Anaya y César Yáñez.
Monreal fue el primero en hablar:
–En media hora arranca la votación. Nuestra gente está puestísima. Esta vez nadie nos va a fallar.
–¿Checaste lo de la Huasteca?
–Sí, Andrés.
–¿Y lo de los compañeros de Grijalva?
–Totalmente.
–Critón: le debemos un gallo a Esculapio. Paga mi deuda y no lo olvides –dijo en el mejor estilo de Sócrates a sus discípulos.
Todos rieron sin saber por qué, excepto Ortiz Pinchetti, que lo abrazó y le dijo con esa voz sonora y sabia: “hoy es el día, Andrés. Tu día”.
–Vamos a ganar, viejito. Tú lo verás.
Quedaron de verse después de votar.
Andrés Manuel y Yáñez se encerraron para checar el tema de los medios.
Yáñez le hizo un recuento:
“Televisa está puesto. Ya los conoces. Dicen que están con nosotros, pero es una mamada. El “Juay de Rito” nos pidió la primera entrevista si ganamos. Va a estar transmitiendo con el novio de Laura Gi y la señora de Sacal”.
–Qué cabrón eres, César –musitó riéndose Andrés Manuel.
Yáñez continuó:
“El Bigote que grita también quiere la primera entrevista para Televisión Azteca, pero el “Moñitos” Sarmiento ya pidió mano”.
–¿Y qué dicen nuestros amigos los ignominiosos?
–El “Zurdito” Marín y el “Chanclitas” Gómez Leyva me dijeron todavía ayer que vas a perder y que si quieres te darán tus cinco minutos de fama después de que entrevisten a Peña Nieto.
Otra risa le ganó a López Obrador.
–Estos pendejos ya están como el marciano que encontró a su papá –le dijo Yáñez.
–¿Quién es ese, tú?
–Pus el pendejo de Ferriz de Con.
Una risa con flemas invadió a El Peje.
No podía hablar de tanta risa.
Monreal entró de pronto.
–¿De qué se ríen? –preguntó.
–De nuestros amigos de la prensa independiente –respondió López Obrador–. ¿Y tú qué haces aquí? ¿No ibas a desayunar con tu familia?
–Me hice güey en lo que se iban Anaya y Dante. Te quiero decir algo muy grave. Ya venía para acá cuando me habló Camacho. ¿Qué pasó, Manuel? ¿Cómo estás? Y él, muy serio, que me dice: “Aquí nomás viendo cómo se los va a llevar la chingada por culpa de Dante y de Anaya”. ¿Por qué lo dices, Manuel? “Pues porque les están preparando una celada antes de que cante el gallo”.
Inevitablemente Andrés Manuel pensó en el gallo que lo despertó y en el gallo socrático de Esculapio.
Monreal siguió hablando: “No seas mamador, Manuel. ¿Por qué lo dices? “Vente a mi casa y te lo digo”. Total que llegué y que me dice a bocajarro que Dante y Anaya estaban en tratos con Don Beltrone en dos rutas: la del GelBoy y la tuya. Que como se vayan acomodando las cosas se van a ir acomodando ellos. Que se van a comunicar todo el día y van a cruzar datos duros para saber con quién se van. Que Dante y Anaya van a tratar de acercarte con Don Beltrone, y él a su vez los acercará con el ‘Copetes’.”
–¡Que no se haga pendejo Camacho si él y Ebrard ya negociaron con Beltrones! ¡Hijos de la chingada!
–¡Lo sabemos, Andrés, lo sabemos, pero no teníamos noticias de Anaya y de Dante!
–¡Esos hijos de la chingada han estado todo el tiempo diciéndome que me siente con Beltrones! Te lo dije el otro día que fuimos a Milpa Alta.
–No, Andrés, no me lo dijiste. Si lo hubieras hecho yo estaría al tanto de todo y hubiera sabido cómo responderle al carnal de Marcelo.
–Te lo dije, te lo dije. ¿Y qué más te dijo Camacho?
–Que ellos saben que después de que los traicionaste con lo de la Ciudad de México lo de ustedes es irreconciliable y que ya no hay forma de volver atrás. Y que no nos hagamos pendejos porque va a ganar Peña Nieto y ellos van a tener espacios con él y la chingada.
–¡Son unos putos! ¿Entonces qué hacemos con Dante y Anaya?
–Hay que verlos. Hay que hacerles marcaje personal. De la “Güera” yo me encargo. Lo tengo bien alambreado con un amigo mío, ¿pero quién le cuida las manos al Anaya?
–Tú también encárgate de eso. Vámonos a votar, César.
Andrés Manuel iba en su camioneta cuando sonó su BlackBerry. Era Dante. La “Güera”.
–Patrón, ¿quién crees que me acaba de hablar?
–No sé, Dante. No sé. ¿Cómo voy a saber?
–Manlio, patrón. Dice que ya sabes que está con Peña Nieto por un asunto de institucionalidad, pero que sabes que cuentas con él por cualquier cosa.
Palabras similares le dijo Anaya.
Casi el mismo discurso, la misma trama.
Andrés Manuel musitó como para sí, pero lo escuchó César Yáñez: “Puro hijo de la chingada hay aquí”.
Hacia las once de la mañana Ana Cristina Covarrubias le habló para decirle que estaba haciendo la primera encuesta de salida y que en cuanto la tuviera se la llevaría de inmediato.
Para entonces en la casa de la colonia Del Valle ya estaban todos los cercanos, con excepción de Dante y Anaya.
Covarrubias y Patricia Smith, de Covarrubias y Asociados, llegaron a las once y cuarto.
–¿Cómo vamos, ingeniera?
–Muy bien. Yo diría que excelentemente bien. Hasta ahorita le llevas a Peña Nieto cinco puntos, pero acuérdate que los priistas votan temprano. Ahorita ya votaron en todo el país. Los panistas votan después de ir a misa, por eso van diez puntos abajo. En pocas palabras: vas bien, Andrés. Muy bien. Excelentemente bien.
–Qué bueno, qué bueno. A eso de la una ya sabremos mejor si ganamos o no, ¿verdad?
–Para que no nos pase lo de hace seis años voy a hacer otro corte a la una, otro a las tres, otro a las cinco y uno más a las seis. El de las cinco va a ser el bueno.
–¿Me trajiste los otros números que te encargué, ingeniera?
–Los trae Paty Smith. ¿Me los das, guapa?
–Emronces nos vemos a la una y cuarto más o menos, ingeniera.
Covarrubias y Smith salieron por una puerta de servicio.
Dante y Anaya entraron por la puerta principal.
–¿Ya llegaron las Covarrubias? –Preguntó Dante.
–No, pero acaban de llegarnos los números. Tomen asiento todos, por favor –dijo Andrés Manuel al tiempo de abrir el sobre sellado que decía “Primera encuesta de salida”.
Según esta versión, Peña Nieto iba arriba cinco puntos y el PAN mantenía un empate técnico con López Obrador.
Las caras largas se dejaron ver.
Monreal escupió al piso y soltó un “¡chingada madre”.
Ortiz Pinchetti balbuceó nervioso que tenía reportes de que la gente de Morena ya había votado en todo el país y que ya no esperaban muchos más votos.
Dante y Anaya se miraron nerviosos.
Yáñez se despeinó.
López Obrador bajó la cabeza, respiró profundamente y dijo: “Les pido por favor toda la discreción del mundo. Ni una palabra a nadie de todo esto. Vamos a echarle ganas. Todo tiene que salir bien”.
Dante y Anaya no dijeron nada.
Palmearon la espalda de “El Peje”, pero no dijeron nada.
Juntos entraron, juntos salieron.
Media hora después sonó el radio de Andrés Manuel.
Era su garganta profunda del PRI.
–Dante y Anaya hablaron con Beltrones y le dijeron que ya te llevó la chingada, que vas abajo cinco puntos y que ya se te acabaron los votos.
Andrés Manuel sonrió y movió la cabeza.
Pensó otra vez en el gallo de Esculapio.
A la una de la tarde su ventaja había aumentado a seis puntos.
A las tres, a siete.
A las cinco, a nueve.
Dante y Anaya tenían otra película: la de la derrota estrepitosa dimensionada por los “carajos” de Monreal y la desesperación de Ortiz Pinchetti y Yáñez.
A las seis y media las cosas se precipitaron.
Covarrubias le dijo al “Peje”:
–¡Ya son diez puntos, mi presidente! ¡Esto ya no la para ni la caída del Sistema!
–¿Qué sabes de los consejeros?
–Córdova y Figueroa ya iniciaron una revuelta y ya tienen otros aliados. El presidente consejero sabe que si no sale a reconocer tu triunfo ellos lo harán. Ya aceptó y saldrá a eso de las ocho.
A esas horas todo mundo quería hablar con López Obrador.
Beatriz, su esposa, servía como improvisada asesora y secretaria particular.
“Chema Pérez Gay te manda un abrazo y dice que nos espera en su casa para celebrar. El viejito Bartlett quiere saludarte por radio. Dante y Anaya están desesperados y te quieren comunicar con Beltrones. Carmen Lira quiere una entrevista. Dice que se la debes. Camacho y su carnal Marcelo te están buscando con altavoces”.
–Pásame a Bartlett, amorosa… Licenciado, ¿cómo está?
–Cho gusto, señor presidente. Sólo para decirle que será un gran presidente de México. Un presidente nacionalista y defensor del petróleo y la soberanía.
Ortiz Pinchetti entró con un teléfono en la mano: “¡Es Calderón!
–Qué pasó, Felipe, buenas tardes.
–Andrés Manuel… Para desearte muchas felicidades. Reconozco tu triunfo desde este momento y te deseo la mejor de las suertes. Voy a dar un mensaje a las siete y media.
Afuera, todo era un tumulto.
Monreal discutía con Dante y Anaya casi a gritos.
–¡Son unos pinches traidores! ¡Les pusimos una trampa con las encuestas de salida y cayeron como niños! ¡Váyanse a llorarle al GelBoy Y a Don Beltrone! ¡El presidente no los va a recibir ni aunque se arrastren!
–¡Ricardo, somos amigos de muchos años! –clamaba Dante.
–¡Éramos! ¡Yo con traidores no trato!
Frente a un modesto televisor, López Obrador vio el mensaje del presidente Calderón.
Luego abordó la camioneta con su esposa y el chofer.
–Vamos al zócalo, Nico –dijo en tono amable.
Beatriz garabateaba algunas cosas en una libretita, mientras el futuro presidente pensaba en varias cosas: en su infancia tabasqueña, en sus hijos, en su primera esposa, en Benito Juárez, en el Palacio Nacional, en el gallo que lo despertó en la mañana y, sobre todo, en el gallo de Esculapio.
En el gallo que le debemos a Esculapio, Critón.
