Por: Abel Cuapa/Síntesis
Sin el mínimo temor, pavor o espasmo se preparan todos los días con una firme intención: ¡sentir que tocan el cielo! Su indumentaria se caracteriza por sus tradicionales prendas de manta blanca, así como diversos accesorios que simbolizan costumbres prehispánicas. Sus edades no rebasan los 12 años, e inician en el proceso desde los tres.
Son infantes de seis, siete, 10 y 11 años, originarios de diversas comunidades del municipio de Cuetzalan, una localidad enclavada en las estribaciones de la sierra Norte de Puebla.
Algunos siguen los pasos de sus papás o abuelos -quienes han descendido desde un palo de 33 metros- para emprender el vuelo; otros, simplemente por la tradición que representa el ritual, que incluso se las ingenian para que en su propia casa lo practiquen.
Se trata de Francisco Javier Echeverría Cruz (siete años). Efraín Guerrero Mora, (siete años). José Antonio Echeverría Cruz (10 años). Brayan Esteban Molina, (10 años), y Gabino Esteban Molina (11 años).
Ellos forman parte del legado cultural de una ceremonia que rinde culto al sol y a los cuatro puntos cardinales, conformando la primera Escuela de Voladores para Niños.
La meta es volar
Ataviados con todo lo necesario para el ritual, los menores se inclinan y persignan en pleno Zócalo de Cuetzalan, donde se ubica el palo especial para ellos de 4 metros y medio de altura, para comenzar la danza.
“Siento un poco que estoy arriba del cielo”, comenta Efraín, quien junto con sus compañeros, arrancan con uno de los sones: Son del perdón.
Una vez arriba y colocados en sus lugares, comienzan a bailar un Son del saludo a los cuatro puntos cardinales, en tanto esperan que el viento sople a su favor; posteriormente entonan un Son del descenso.
Los voladores, ya amarrados con solo una soga a la cintura y con una coordinación casi perfecta, al escuchar una nota especial en la música, emprenden el descenso arrojándose de espaldas hacia el vacío con la cabeza hacia abajo, extendiendo sus brazos como las alas de un ave en pleno vuelo, donde resaltan sus asombrosos penachos multicolores.
Conforme descienden los giros se hacen más amplios: tradicionalmente, los giros de los cuatro voladores sumaban en total 52, correspondientes a los años del ciclo de fuego nuevo o calendario mesoamericano, en dependencia de la altura del “palo volador”.
“Es una danza muy bonita que representan los cuatros puntos cardinales. Mi papá me dijo que entrara a la danza, entonces mi mamá me dio permiso, y empecé a volar”, expresa Efraín de una forma decisiva y sonriente.
Basándose en el ejemplo de su tío, el menor de edad Gabino, por su parte, se empeñó en ser un valiente volador, por lo que antes de ingresar a la Escuela de Voladores, en su propia casa simuló un poste desde donde se aventaba y sentía que era un “hombre-pájaro”, como en ocasiones se les llama.
“Empecé en mi casa con un palo como de cuatro metros, y entonces un día ahí el maestro nos encontró volando, entonces nos dijo que si queríamos entrar a la danza de los voladores, yo dije que sí, y platicó con mi mamá y dijo que sí, y aquí estoy”, describe.
Y es que durante el vuelo ellos se han convertido en aves que, en honor del dios Sol, giran, giran y giran.
En tanto, José Antonio comparte que el ver girar los trajes al dar las vueltas sobre el palo es algo que lo impulsó para meterse en ese ritual, “mi abuelito bailaba y luego lo veía y me gustó la tradición, me gustó sus trajes y sus instrumentos”, reitera.
Sus llamativos trajes, un intrincado y hermoso juego de símbolos, imponen respeto. El rojo representa el calor del sol; los semicírculos en el pecho y la espalda, las plumas que antiguamente cubrían a los hombres-pájaro; flores y plantas bordadas rinden culto a la primavera; los espejos, a los rayos del sol; los listones, a los siete colores del arcoíris.
Además, en la ceremonia se utilizan el tamborcillo, que representa el latir de los animales; y el flautín para invocar al Dios Sol o el canto de los pájaros.
Los infantes coinciden en que en un futuro no muy lejano, puedan escalar y aventarse desde el palo de voladores de 33 metros que está situado sobre el atrio de la catedral de Cuetzalan que es especial para los adultos.
A ellos les nace volar
Todo ese ritual desarrollado por estos niños, es enseñado y respaldado por el caporal, Moisés Echeverría Hernández, para poder dejar unos cimientos para danzantes, “y qué mejor que los niños que a futuro ellos vendrán haciendo lo mismo que estoy haciendo hoy día por ellos”, acentúa.
Para Síntesis explica que hace más de dos años se decidió por enseñarles a sus sobrinos lo que él ya sabía: volar en el palo; por lo tanto emprendió tal encomienda hasta lo que ahora es la primera Escuela de Voladores para Niños en Cuetzalan.
Es así como el instructor da clases a alrededor de 40 niños de diversas comunidades de ese municipio, a quienes les enseña a “perder el miedo” a las alturas al volar desde un tronco de cuatro metros y medio de altura.
En su mayoría los futuros danzantes son del Preescolar “Rosarito Varela” y de la Primaria “José María Gutiérrez”, quienes comenzaron a estudiar lo básico sobre el ritual de “Los Voladores”.
“Practicamos en un preescolar aquí en el municipio, se les enseña desde los significados, las danzas y hasta que ellos solitos deciden subir para descender volando”, precisa.
Una vez teniendo la teoría y práctica, esos conocimientos los niños los implementan en el centro de Cuetzalan, donde son admirados por los habitantes de la zona, así como turistas nacionales y extranjeros, quienes al término de cada ritual, les aplauden y vitorean.
El caporal indica que además, no sólo aprenden o llevan a cabo la Danza de los Voladores, sino también una danza representativa del municipio de Cuetzalan que es la danza de los Quetzales, del significado del nombre del municipio, del pájaro Quetzal.
“A los niños que se acercan les platicamos qué es lo que ellos hacen, el significado, y lo que representan con cada punto cardinal y que el quinto volador representan al sol; además qué es lo que tiene que hacer, hacia donde empezar a bailar, hacia donde tiene que terminar, para dónde tienen que moverse, todo eso a ellos les enseñamos, y les platicamos”, matiza el experto maestro de 32 años de edad.
El instructor de esta danza multicolor que distingue a Cuetzalan y a México a nivel internacional, apuntó que en la Sierra Norte cada vez se reafirma el interés de los pequeños por participar en el ritual ancestral.
“Aparte de eso, también los vamos a volver artesanos, serán artesanos de su propia indumentaria, porque todos los danzantes nosotros mismos nos elaboramos todos los trajes que portamos, tambores y flautas; todo eso nos ha venido dando mucha fuerza y también orgullo”, agregó.
Apuntó que la iniciativa de crear la primera escuela de este tipo fue del ayuntamiento de Cuetzalan, quien cubre su salario pero admitió que aún no se hacen las gestiones para que se patente tal danza como de Puebla.
Moisés explicó que los menores asistentes a esta escuela inician su formación desde la edad preescolar y en su rutina se incluye perder el miedo a las alturas, escalando inicialmente 4.5 metros, aprender el diseño de sus vestuarios, además de los amarres que utilizarán cuando practiquen el tradicional ‘vuelo’ de esta danza.
Aclaró que existe una gran responsabilidad de parte del Ayuntamiento y de la Dirección de Cultura respecto a la vida de estos niños que quieren ser voladores, por lo que sólo se permiten que puedan ascender al palo quienes estén seguros, los padres lo autoricen y existan las condiciones para ello.
“Le agradezco mucho a los padres de familia que confían en mí, porque no es tan fácil que dejen a sus hijos ir a bailar y lanzarse, en principio de 4 metros y medio, aunque a futuro serán de 33 metros”, manifiesta.
Estudiar, para poder ascender
Echeverría Hernández aclara que de la danza y la cultura no se vive, por lo tanto especifica que a los niños que les enseña “a volar”, les inculca que la base de todo es el estudiar, por lo que tienen que ser buenos en la escuela al sacar positivas calificaciones.
“Por ese lado yo los presiono mucho, les digo que aquí el que tenga mejores calificaciones es el que va a empezar arriba del palo danzante; entonces tienen que estudiar y tener alguna profesión a futuro”.
Esa visión la comparten Francisco Javier, Efraín, José Antonio, Brayan y Gabino Esteban, quienes en su mayoría, aparte de ser voladores, quieren ser maestros, mientras que otros, de grandes sueñan con ser doctores.
Es así como estos “grandes” infantes continúan con una tradición sagrada de siglos para poder honrar a los dioses y con la intención de que sus costumbres no se pierdan al escenificar la danza de los voladores, un ritual que nació en el municipio de Cuetzalan, en el lugar que se llama Yohualichan, que en lengua náhuatl significa “casa de la noche”.
