Mientras la sombra de Lydia Cacho sigue más viva que nunca y la mera evocación de su nombre quita el sueño a más de uno en Puebla, la de Mario Marín Torres ya se asemeja mucho a una tragedia shakesperiana.
¿Qué debe sentir un ser humano que todo lo tuvo, que fue virrey absoluto de su estado, que disfrutó del poder y del dinero hasta el cansancio, y que hoy solo cuatro paredes y una reja son mudos testigos de su desgracia autoprovocada y de ese pasado que ya nunca volverá?
A propósito de su nuevo libro, Un halcón bajo mi ventana (Lumen), la periodista y escritora, célebre por lo que se conoce como el Lydiagate, regresó a México tras siete años de exilio en España y ofreció una amplia entrevista al diario El País.
La conversación con la reportera Elena San José se centra en su obra y en su activismo pro defensa de las libertades –en especial la de expresión–, pero, de paso, Lydia Cacho desliza un dato que, para el “círculo rojo” poblano, resulta relevante: el estatus legal de Mario Marín.
Escribe San José: “Dos días antes de que la entrevista tuviera lugar, su abogado la avisó de que la justicia había denegado el último amparo del ex gobernador para seguir en libertad el proceso. Con menos de 48 horas por delante antes de volver a España, Cacho espera encontrar el ‘huequito’ para poder ir a declarar ante la jueza. ‘No es lo mismo hablar con las autoridades por zoom que tenerlas enfrente y decir lo que tienes que decir’, justifica, y se muestra alegre sobre las posibilidades de vencer. ‘Soy muy persistente. Algunos dirían que obcecada y necia, y también, ¿por qué no?’, sonríe” (sic).
Traducción: la tragedia en clave shakesperiana del exgobernador, es decir, la tragedia infinita del poder continuará quién sabe por cuánto tiempo más.
