Es muy común escuchar hoy que “los jóvenes ya no quieren trabajar ocho horas” o que “no quieren comprometerse con las empresas”. Esta frase se repite en conferencias, en sobremesas familiares y en debates empresariales como si fuera una verdad absoluta. Sin embargo, esa percepción está completamente alejada de la realidad.
Los jóvenes sí están trabajando. Y muchas veces están trabajando gratis.
El problema no es la falta de compromiso; el problema es que el modelo tradicional de compromiso dejó de existir. Hoy ya no hay prestaciones sólidas, no hay antigüedad real, no hay estabilidad laboral, no hay pensión ni jubilación garantizada. Las empresas también dejaron de comprometerse primero, y como consecuencia natural, las nuevas generaciones dejaron de creer en ese pacto.
Pero mientras se critica a los jóvenes por no comprometerse con empresas tradicionales, poco se habla del enorme compromiso –y del enorme tiempo gratuito– que millones de personas están entregando a las plataformas digitales.
Empresas, emprendedores y creadores pasan horas produciendo contenido para Instagram, TikTok y YouTube: reels, videos, publicaciones, estrategias virales, storytelling, tendencias. Todo con la esperanza de construir comunidad.
Pero hay un problema estructural que casi nadie cuestiona: esa comunidad no es realmente tuya.
Puedes tener miles o millones de seguidores, pero si un día decides migrar de plataforma, no existe una opción real para descargar completamente esa base de datos. No puedes llevarte tu comunidad contigo. La comunidad pertenece a la plataforma.
Estamos trabajando gratis para las redes sociales.
Lo mismo ocurre con WhatsApp. Creamos grupos, compartimos conocimiento, construimos redes profesionales, generamos valor colectivo… pero al final no existe un botón claro para exportar esa red hacia otro ecosistema digital. La estructura no es tuya; es de la plataforma.
El modelo es claro: nosotros generamos el contenido, ellos concentran el valor.
Mientras tanto, el discurso dominante sigue mostrando casos excepcionales de éxito, como el de Luisito Comunica, presentándolo como prueba de que cualquiera puede lograrlo. Pero casi nunca se habla del otro 99% que entregó sus mejores años intentando convertirse en influencer sin lograr monetizar de manera sostenible.
Se ha construido el mito de que la comunicación se democratizó. En realidad, se centralizó nuevamente, solo que ahora en menos manos y con algoritmos invisibles.
Paradójicamente, el sistema actual puede ser incluso más duro que el modelo tradicional de medios como Televisa. Antes, si un programa no tenía rating, al menos existía una estructura de producción con salarios. Hoy, si tu contenido no genera alcance, simplemente desapareces sin haber recibido nada a cambio.
Vivimos en la llamada economía de la atención.
En un mundo donde casi todo puede producirse en serie, donde la tecnología permite automatizar procesos y hasta generar contenido artificialmente, lo más escaso ya no es la producción: es la atención humana. Y esa atención se está pagando con escándalos, polémicas, viralidad instantánea y contenido cada vez más desechable.
El problema es que también las personas se han vuelto desechables dentro del sistema.
Influencers que hace cinco años dominaban el algoritmo hoy han sido olvidados. Creadores que generaron tendencias completas han sido reemplazados por nuevas caras en cuestión de meses. El ciclo es rápido, agresivo y silencioso.
Las plataformas permanecen; los creadores rotan.
Por eso, más que obsesionarnos con viralizar contenido, deberíamos empezar a preguntarnos algo más profundo: ¿estamos construyendo comunidad real o solo alimentando algoritmos?
El verdadero reto para emprendedores, creadores y empresas ya no es generar contenido, sino construir activos propios: bases de datos reales, comunidades independientes, ecosistemas que no dependan completamente de plataformas externas.
Porque si no entendemos esto a tiempo, seguiremos trabajando gratis… pero ahora con mayor velocidad y con mayor ilusión.
