¿Qué tiene el misterio que nos obsesiona? ¿Por qué la intriga nos mantiene al borde de lo desconocido? A 50 años de su partida, Agatha Christie sigue siendo la dueña de las respuestas a estas interrogantes. Mucho antes de ser conocida como «La dama del misterio», el pintoresco condado de Devon vio nacer en 1890 a la mujer que cambiaría para siempre el género del suspenso.
La mente de Agatha se fue moldeando con los mundos maravillosos que descubría con las novelas de Mrs. Molesworth. Mientras otras niñas corrían por los campos, la pequeña Agatha poblaba el jardín de su casa con «Las Niñas», un grupo de amigas imaginarias que únicamente ella podía ver.
Aquellos juegos infantiles no solo fueron meras fantasías, sino que también se convirtieron en los inicios de una fábrica para crear mundos o situaciones que pocos podían imaginar y que únicamente podrían ser resueltos por personajes tan inmortales como Hércules Poirot o Miss Marple.
Ahora bien, la fantasía requería un método. El rigor técnico de Agatha llegaría más tarde, durante la Gran Guerra, como voluntaria en el Destacamento de Ayuda en su ciudad natal. Le tocó atender a soldados heridos que regresaban de las trincheras; una labor que no consistía únicamente en limpiar pisos o cambiar vendajes, sino en lidiar con el dolor real y psicológico que trajo consigo el conflicto.
Después de un tiempo, su paso al dispensario del hospital se convirtió en el templo donde se fundió la imaginación con la exactitud de la ciencia. Los agentes más letales de sus novelas (arsénico, estricnina, cianuro) fueron estudiados en aquella clínica. Para ello, Agatha tuvo que estudiar y presentar exámenes de química y farmacología; pruebas que, a la posteridad, nos plantearía a sus lectores para poder desentrañar los misterios que nos ha entretejido.
Agatha pasaba horas en el laboratorio pesando polvos y diluyendo sustancias. Conocía de primera mano el color, aroma y consistencia de cada componente. Posiblemente, eso la llevaría a respetar en sus ficciones la precisión milimétrica con la cual se envenenaba a alguien. Con esa misma certeza de laboratorio, comenzó a escribir su primera novela: El misterioso caso de Styles.
A medio siglo de su fallecimiento, Christie nos sigue entusiasmando a resolver enigmas, no solo con el escepticismo de Marple o la obsesión por el orden de Poirot, sino con las cualidades particulares que tenemos cada uno de nosotros.
Desde las Gradas de la Historia, le agradecemos a Agatha Christie por invitarnos a ser los mejores detectives y dilucidar el misterio más complejo de todos: nuestro propio sentido de vivir.
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