Les pregunto: ¿han escuchado que cada vez son más quienes se quejan de la dificultad para mantener una pareja o poder construir una relación amorosa? Esta dificultad, me parece, podría ser una respuesta ante una demanda constante de encontrar nuestra “media naranja” basada en ideales e imaginarios que ciertas narrativas promueven a partir de la consigna: “quien llegue a nuestra vida es porque va sumarnos, no a restarnos”. ¡Vaya discursos, que siempre buscan una ganancia! Hasta en la relaciones personales ocurre esto.
Estas posturas influyen constantemente en nosotros, por un lado, generando culpa si una relación no se sostuvo por la razón que sea, haciéndonos creer que pase lo que pase las “medias naranjas” tienen que ser eternas; por el otro lado, imposibilitando que uno renuncie a algo de su narcisismo, afectado de tal manera que existe un término nuevo que se está posicionando con sospechosa facilidad entre nosotros, siendo ya un síntoma social: el famoso “casi algo”.
Pensemos que “casi” viene del latín quasi que significa “por poco”, algo que estuvo a punto de ser, pero no terminó por completarse. Bajo esta lógica, cuando llega “la otra mitad” a nuestra vida es para que nos ofrezca eso que nos hace falta para estar “completos”, quedando en una ilusión y posible frustración si no se logra, un fracaso eventual que tarde o temprano sucederá, lamento decirles, ya que cuando de amor se trata no hay anticipación o prevención, no hay una meta alcanzada, algo que los discursos capitalistas nos hacen creer.
Alexandra Kohan explica esto en su libro Y sin embargo el amor (Booket Editorial, 2024): el amor articulado por el deseo no busca emparejar lo que se suscita entre uno y otro. Porque cuando de amor se trata, uno no sabe de qué se enamoró, podría ser de pequeños gestos como la voz, el pelo, una sonrisa o un no saber qué tiene el otro que me enamora. No obstante, pensar que el otro me dará lo que me falta nos deja en esa ilusión y posición donde el otro tiene que sumarme, cerrando la posibilidad de construir algo entre los dos, ya que no se trata de llegar a una meta sino de un hacer con la vida, con las dificultades que se presenten, acompañándonos en pareja desde las diferencias.
Este famoso “casi algo” podría ser una respuesta ante la dificultad que implica sostener como un absoluto el ideal de pareja, donde el otro sea esa mitad perfecta, ya lista para vivir con uno en incondicional armonía y dispuesta a responder a los muchos requisitos por cumplir. Esperamos que el otro sea tan perfecto que lo privamos incluso de la posibilidad de equivocarse, exigiéndole que cumpla con las expectativas de un deber-ser sin pensar que el otro es otro, no uno mismo.
Por otra parte, las redes sociales son una gran herramienta que posibilita muchas cosas, pero sostienen constantemente un imaginario totalizante, mostrando la mayor parte del tiempo el lado “bueno, bonito y perfecto” de los usuarios. Esto los convierte en imágenes idealizadas, siendo tan excelentes a la mirada y a la búsqueda de los likes que cuando se conoce a las personas de carne y hueso, nos sorprendemos al descubrir sus miedos, angustias y tristezas. ¡Vaya historia de vida!, pensamos, decepcionados de haberlo o haberla idealizado. Algo disgusta y, en automático, se busca renunciar al otro porque “no cumplió” con los requisitos de ser mi media naranja, bajo la lógica de que en algún lugar existe ese hombre o mujer ideal que me “llenará”, que no hará que “pierda mi tiempo” o me “quite paz”.
Para construir una relación con el otro se necesita tiempo, escucha, renuncias y estar advertidos de que posiblemente no todos los momentos en la relación serán perfectos, habrá días donde reine la paz y otros donde no, pero al continuar bajo la lógica del amor, se podrá acompañar escuchando al otro: sus angustias, miedos, preocupaciones, y la vulnerabilidad que se le juege a cada uno por el encuentro con el amado. Atravesar la vida en compañía no es fácil pues requiere ver al otro no como un igual, sino como alguien diferente.
Otra cuestión importante para pensar es que ese imaginario del que hablaba eventualmente se caerá para dar paso, desde la diferencia, a modos distintos de relacionarse con el otro buscando hacer pareja desde la diferencia sin dejar de lado los miedos, las angustias, la vulnerabilidad y, sobre todo, el amor. Uno imagina cómo podría ser el otro y la relación, se exploran fantasías y posibilidades, pero al estar bombardeados por una lista de ideales a seguir sobre cómo debería ser una pareja, se vuelve complicado ver al otro desde lo singular, tirando la toalla y quedando en un “casi algo” por miedo a renunciar a nuestro propio narcisismo; o bien quedando en la fantasía de encontrar y buscar a alguien que sí sume y no haga perder, insistiendo una y otra vez en eso.
Hoy las relaciones amorosas también están bajo la lógica del mercado, tal como retrata la película de Amores materialistas (2025).
Lucy, una casamentera profesional, se encarga de buscar que las parejas hagan match, lo curioso es que en la película se puede ver cómo lo que se busca son requisitos, con la idea de encontrar las “medias naranjas”, buscando a una “experta” que les dirá a quienes la contratan quién es su pareja ideal. Lucy gana dinero por los matches que logra, y lo que le importa es que está haciendo de las relaciones de pareja un negocio. Para ella, el objetivo de su negocio es que cuando los enamorados “hagan click” y se casen, ella llegue a la meta del mes. En esa lógica lo que se busca es anticipar, planear y calcular, como si el amor se pudiera también cotizar en la bolsa, buscando generar siempre una ganancia bajo la demanda insaciable del mercado.
Sin embargo, sabemos que el amor llega sin avisar, sin saber siquiera por qué nos gusta quien nos gusta. Amores materialistas es una película que sugiere que hoy un tercero sea necesario para ayudarnos a encontrar el amor. Eso es algo muy complejo pues quita la posibilidad a los enamorados de descubrirlo por sí mismos, dejando de lado lo mágico y lo singular del flechazo y la sorpresa.
Tal parece que en la actualidad existe un gran miedo a sentir y mostrarnos con nuestras fallas, por lo que expresiones como la del “casi algo” se están posicionando como un síntoma que muestra la dificultad que se tiene para construir algo, por el miedo a vulneranos por el otro, por el miedo a apostar sin saber si se va a ganar o perder y a dejar de lado ese ideal de ser “uno mismo”, pues si somos “uno mismo”, entonces no sería una relación de dos sino de uno, donde uno quede obturado por el otro.
