La primera vez que visité Guanajuato no fue por trabajo, sino por una competencia de gimnasia en la que participaban mis hijas. A veces los viajes más entrañables comienzan así, por coincidencia, y terminan marcando la memoria. Desde entonces, he regresado varias veces, y cada visita me confirma lo mismo: Guanajuato no solo sorprende, también enamora.
Las calles angostas, los callejones empedrados, los túneles que recorren la ciudad como venas llenas de vida… todo construye una atmósfera única. Aquí, cada esquina cuenta una historia. Y lo mejor es que la ciudad te obliga a recorrerla a pie, a detenerte, a mirar con calma.
Guanajuato es México. Es lucha, es historia, es símbolo. Basta con llegar a la Alhóndiga de Granaditas para recordar ese momento fundacional de nuestra independencia. Es el lugar donde El Pípila se volvió leyenda y donde la historia nacional comenzó a tomar forma.
Uno de los rincones que más me sorprendió fue la Presa de la Olla, un cuerpo de agua pintoresco, muy cerca del centro, rodeado de casas antiguas y áreas verdes que contrastan con la intensidad del casco urbano. Es un remanso inesperado que completa la experiencia guanajuatense.
Guanajuato también es arte: el majestuoso Teatro Juárez, que parece detener el tiempo, y el Festival Internacional Cervantino, que convierte a la ciudad cada año en un escenario mundial. Aquí la cultura no se programa, se respira.
Y, por supuesto, Guanajuato también se saborea. Las tradicionales enchiladas mineras, los dulces típicos, las charamuscas en forma de momias —que además son símbolo de otro de sus íconos más visitados: el Museo de las Momias—, todo habla de una ciudad con sabor y con historia viva.
Y no puedo terminar sin mencionar uno de los puntos más curiosos y románticos de México: el Callejón del Beso. Una leyenda que invita a los enamorados a sellar su amor en el tercer escalón. ¿Será cierto? No importa. Guanajuato es así: mágico, legendario, eterno.
Guanajuato es un tesoro. No solo por lo que alguna vez salió de sus minas, sino por lo que aún guarda en su alma.
¡Viajemos juntos!


