Hace exactamente 47 años, el 28 de enero de 1979, la ciudad de Puebla se convirtió en el epicentro de un evento que no solo marcó el pontificado de Juan Pablo II, sino que unió a millones de mexicanos en un torrente de fe y emoción. Esta visita, la primera de un papa a México, inauguró una era de peregrinaciones papales y dejó un legado imborrable en la historia religiosa del país, con Puebla como protagonista indiscutible.
La llegada de Juan Pablo II a México el 26 de enero de 1979 fue un hito sin precedentes. Procedente de República Dominicana, el pontífice aterrizó en la Ciudad de México, donde pronunció un emotivo discurso en la Catedral Metropolitana, destacando la fidelidad religiosa de los mexicanos con tres simples palabras que siguen resonando hasta ahora: “¡México, siempre fiel!”
Sin embargo, fue su traslado por tierra a Puebla al día siguiente lo que capturó la esencia de su estilo pastoral cercano y accesible. En un papamóvil improvisado –un vehículo descapotable sin protección, que actualmente puede verse en el Museo del Automóvil en el Centro Histórico de la ciudad de Puebla–, el papa recorrió la autopista México-Puebla entre multitudes que lo aguardaban desde la madrugada, ondeando banderas blancas y amarillas –los colores oficiales del Estado vaticano–, cantando himnos y lanzando flores a su paso.
El papa de la gente
Puebla, sede de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (CELAM), se transformó en un mar humano de devoción. Miles de fieles se congregaron en las calles, subiéndose a árboles y techos para vislumbrar al “Papa Viajero”. El convoy papal redujo su velocidad para permitir bendiciones espontáneas, rompiendo protocolos y creando momentos de conexión íntima. Una parada emblemática ocurrió en San Miguel Xoxtla, donde Juan Pablo II escuchó el mensaje de un obrero representando a los trabajadores, un gesto simbólico de su compromiso con la dignidad humana y la justicia social.
Al llegar al Seminario Conciliar Palafoxiano, fue recibido por el arzobispo Rosendo Huesca y Pacheco y obispos de todo el continente. Allí, inauguró la conferencia con un discurso pivotal, enfatizando “la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre” como ejes de la evangelización en América Latina.
La jornada culminó con una misa multitudinaria que “detuvo al mundo”, consolidando Puebla como un faro de fe católica.
Este evento no solo casi provocó una insolación al papa por el sol intenso, sino que definió su pontificado como uno itinerante y cercano, con 104 viajes a más de 120 países.
Un impulso a la fe en la entidad poblana
En Puebla, el impacto fue profundo: fortaleció la identidad religiosa local, inspiró generaciones y fomentó una relación fraternal entre México y el Vaticano. Hoy, reliquias, videos y testimonios en redes sociales mantienen viva esa memoria colectiva, recordándonos cómo una ciudad mexicana se convirtió en testigo de un capítulo global de esperanza y unidad.
En este 47 aniversario, Puebla invita a reflexionar sobre aquel día de júbilo que unió corazones y fronteras, honrando el legado de San Juan Pablo II, el papa que hizo de la fe un puente universal.





