En la política mexicana hay historias que no desaparecen, se reciclan. Cambian de nombre, de partido o de escenario, pero conservan el mismo patrón: la cercanía con el poder como escudo frente a la ley.
De la familia Pozos Vergara ya se ha hablado antes.
Esta vez, sin embargo, el foco no está en la diputada Delfina Pozos, sino en uno de sus hermanos, un personaje ampliamente conocido en la región de Libres por una práctica que se repite con inquietante regularidad: la ocupación de propiedades ajenas como forma de apropiación de facto.
No es un caso aislado ni una anécdota local. Son años de conflictos con propietarios, de señalamientos persistentes y de versiones que se repiten en distintas comunidades como un eco constante.
La más reciente ocurrió en el municipio de El Seco, Puebla, donde un predio fue invadido desde hace cuatro años.
Esta vez, tras un largo proceso, la historia encontró un límite jurídico: una jueza de distrito en Ciudad Serdán notificó formalmente que la propiedad no pertenece a quien se ostenta como dueño.
El dato es crucial.
No se trata de un rumor, sino de una resolución judicial. Y, aun así, el personaje continúa afirmando lo contrario ante los habitantes de la zona, como si la sentencia fuera un trámite menor frente al peso de su apellido y su cercanía con el poder político.
Aquí aparece el verdadero fondo del asunto: en México, la invasión de tierras no solo es un delito patrimonial; es una expresión de cómo la fuerza informal intenta sustituir al Estado de derecho cuando se siente protegida por la influencia política.
El problema no es únicamente quién invade, sino por qué puede hacerlo durante años sin consecuencias reales. Esa es la pregunta incómoda.
En un país donde la certeza jurídica sobre la propiedad sigue siendo una herida abierta, estos casos erosionan algo más profundo que un predio: desgastan la confianza en la justicia y normalizan la idea de que la ley es negociable si se tiene el apellido correcto o el contacto adecuado.
La contradicción se vuelve más evidente cuando se contrasta con el discurso público. La honestidad se ha convertido en consigna recurrente en campañas y tribunas, pero rara vez se pone a prueba con los hechos que rodean al círculo íntimo de quienes la proclaman.
No se trata de imputar responsabilidades penales a la diputada Delfina Pozos por los actos de su hermano. El punto es otro, más político que jurídico: el silencio también es una postura.
Porque en política, aunque incomode reconocerlo, la familia comunica. No se heredan culpas, pero sí se comparten contextos. Cuando una figura pública guarda silencio frente a señalamientos reiterados de amenazas y apropiación ilegal de propiedades por parte de un familiar directo, el mensaje que se envía es ambiguo, cuando no alarmante.
Surgen entonces preguntas que no son personales, sino públicas:
¿La diputada del PRI conoce estas prácticas? ¿Decide ignorarlas? ¿O considera que ya no representan un problema mientras su carrera política siga avanzando?
Cambiar de partido no borra las sombras. Delfina Pozos puede transitar del PRI a Movimiento Ciudadano, o incluso a Morena, pero mientras no exista un deslinde claro y público frente a estas conductas, el discurso de renovación seguirá siendo frágil.
Porque la congruencia no se improvisa ni se recicla. Se demuestra con actos, no con afiliaciones nuevas. Y los silencios incómodos, lejos de desaparecer, viajan con quien los carga.
El documentado y escandaloso caso de El Seco no es solo un conflicto agrario: es un espejo de un problema mayor.
Cuando la política se mezcla con la ocupación ilegal de tierras, cuando la influencia intenta imponerse sobre las resoluciones judiciales, lo que está en juego no es un terreno, sino la idea misma de justicia.
Y ahí es donde la historia deja de ser local para volverse nacional: el verdadero peligro no es un invasor, sino un poder que se cree por encima de la ley.
Como diría el clásico: al tiempo.




