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Claudia Después de la Batalla

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Lo más doloroso, aparte de perder, es no entender que se ha perdido.

Esto le ocurrió a Claudia Rivera Vivanco cuando empezó a ver los números de su elección.
No daba crédito, me cuenta el amigo de un amigo.
Revisaba encuestas, gritaba, protestaba.
Una lágrima asomó por un momento.
Alguien le hizo ver que aún podía ganar.
Asintió una y otra vez, aunque seguramente se dijo no, imposible, esto ya es irremontable.
Lo que vino después fue una novela rusa en la que el asesino de la usurera busca al comisario para confesarle que sí, ufff, él la mató para robarle.
Y vino, quizás, esa relajación que es hija de un estrés continuo.
No quiso aparecer en público sino hasta el día siguiente.
Lejos de reconocer una derrota atroz que ya anda en los veintiún puntos de diferencia, Claudia llegó ante la prensa —su prensa— lo que se dice envalentonada.
Y sacó del morralito de los rencores un rosario de quejas similar al de la Madre Teresa.
Se dijo víctima de todos.
Víctima de la guerra sucia, de la andanada en medios, de una conspiración fraguada (no dijo dónde), de ardides alevosos, de esto y aquello, y aquello.
Con ese estilo de lectura rápida tan suyo —hablar mucho sin decir nada—, terminó por tropezarse con sus muletillas.
¿Qué ruido es ése?, preguntó alguien.
Y otro respondió como uno de los difuntos de la novela de Rulfo:
“Es el silencio”.
Claudia tuvo este lunes —el día después de la derrota— la posibilidad de salir airosa de tanto desastre acumulado.
No pudo.
O pudo, y no quiso.
O quiso, y no pudo.
O quiso y pudo, pero su gurú le dijo que no dijera nada.
Es decir: que dijera mucho sin decir absolutamente nada.
Qué pena.
El 13 de junio regresará a casa —el Palacio de Charlie Hall— sólo para hacer maletas en lo que viene el proceso de entrega-recepción.
Lo demás es predecible:
Las lágrimas aparecerán en el momento justo de guardar sus pertenencias en las míticas cajas de Fab Roma.
Los Muertos Viajan Rápido. Moe Greene recibe un masaje relajante.
Alguien abre la puerta del spa de un hotel de Las Vegas.
Él se pone los lentes para ver al intruso.
Como respuesta, recibe una bala en el ojo izquierdo.
Philipe Tattaglia tiene sexo con una prostituta en un hotel de paso de Nueva York.
Un pistolero entra abruptamente y les obsequia una ráfaga que deja la escena ensangrentada.
Bruno Tattaglia, su hijo, es ejecutado a la entrada de un lujoso hotel.
Como recuerdo de su vida, deja un puro Hoyo de Monterrey en la alfombra.
Barzini ve que un oficial de tránsito levanta una infracción a su lujoso Bentley.
El chofer discute con el uniformado al tiempo que Barzini baja los escalones de algo que parece ser el Capitolio.
De pronto, el policía saca el arma y de un certero tiro mata al legendario gangster.
Todo esto ocurre mientras Michael Corleone bautiza al sobrino de su hermana en la catedral de San Patricio, en Nueva York.
Uno a uno caen sus enemigos.
Al salir de la iglesia, todos están viajando al otro mundo.
En esto pensé ayer cuando los números de la elección poblana empezaron a circular profusamente.
Inevitablemente vinieron a mi mente las escenas que aquí narro.
El hipócrita lector, sabio como es, sabrá traducir estas palabras.
El Gobernador y el Senador. En una foto de Twitter se ve al gobernador Miguel Barbosa posando junto con el senador Alejandro Armenta en su oficina de Casa Aguayo.
Ambos sonríen mientras miran a la cámara.
En el tuit del senador se lee que le refrendó su compromiso de trabajar por Puebla.
El mensaje es brutal:
Terminada la guerra viene la época de la reconciliación.
O como diría el Eclesiastés:
Hay un tiempo para sembrar y un tiempo para cosechar.