El Presidente y los Enanos que le Desean lo Peor
¿México es un país mezquino?
No.
Pero hay muchos mexicanos que sí lo son.
El caso López Obrador es un buen ejemplo de esa mezquindad.
Desde que ganó la Presidencia, no hay día que no sea descalificado como inepto, tonto, aldeano, insulso, fútil...
Lo curioso es que muchos de sus críticos caben perfectamente en esos adjetivos.
Cada vez que veo una crítica en contra de López Obrador, checo el perfil del dedo acusador.
El resultado es elocuente.
El juzgador suele ser un enano mental con deficiencias de lenguaje.
Y más:
Dueño de una mediocridad visible.
La mezquindad tiene mucho que ver con los complejos de inferioridad.
Los críticos del Presidente son chiquitos.
Inocuos e inicuos.
Una vez que éste anunció que había contraído el virus, los mezquinos se le fueron encima.
Una buena parte pasó de alegrarse por la noticia a desearle mal.
Tres cosas más que comparten los mezquinos:
El racismo, el clasismo, el fascismo.
Cuando uno checa los perfiles de éstos, destacan infancias tristes, carentes de cariño.
Infancias quebradas.
Como la de Richard Nixon, auditada por Henry Kissinger.
El presidente López Obrador ha sido desde siempre víctima de los envidiosos.
(Lo olvidaba: los mezquinos son profundamente envidiosos).
No le perdonan la larga lucha social que ha abanderado.
No le perdonan la tenacidad que lo llevó a Palacio Nacional.
Menos aún la cruzada que inició una vez que rindió protesta como presidente de México.
Si sale bien de esta lucha contra el virus, como saldrá, no le perdonarán su resistencia.
AMLO se parece a Juárez en muchas cosas, empezando por la mezquindad que siguen compartiendo.
Cosa curiosa: la honestidad personal de Juárez fue menospreciada en su momento.
Cuando muere, su fortuna personal llegaba a poco más de 155 mil pesos, equivalentes a 7 mil 834 dólares.
Esta última característica la comparte con López Obrador.
Y es que al presidente de México se le puede acusar de todo, menos de deshonesto.
De entrada, carece de propiedades y de tarjetas de crédito.
Su fortuna personal es modesta.
Y su salario de presidente es siete veces menor a los de sus antecesores.
Los dos fueron congruentes en sus vidas públicas y privadas.
Los dos mantuvieron sus principios por encima de todo.
Se ha dicho que Gógol caracteriza a sus personajes a partir de los zapatos que usan, el largo de sus patillas o su forma de estar de pie.
Si recurriéramos a esa gastronomía del ojo para analizar a Juárez tendríamos que incluir aspectos claves: su peinado lacio cortado por una línea de raya al lado, muy al lado; su único traje manchado de lodo, restos de sopas, algo de guisado y caquitas de mosca; sus únicos zapatos sin bolear.
Su mirada seria, imperturbable.
Sus ojos fríos que no revelaban emociones.
El mentón duro, avaro.
Por otra parte está el Juárez, siempre de pie, con guantes blancos y traje de levita, y con los zapatos estrictamente boleados.
Ese Juárez es el que crearon los ganadores de la revolución mexicana para celebrar el alma del indio que llegó a ser el mejor presidente en la historia de México.
Faltaba más: ese juárez es una estatua de bronce colocada en todas las plazas públicas del país.
Un héroe a la altura de la gastronomía del ojo, sí, pero también del alma mexicana.
Aunque últimamente tenemos un Juárez blanqueado y hasta mestizo.
Un Juárez criollo con el mentón fuerte.
Un Juárez bronceado con unas cejas pobladas que jamás tuvo. Es el Juárez de la Cuarta Transformación.
Si con esa misma gastronomía del ojo analizáramos a López Obrador las cosas serían reveladoras.
Su peinado actual nos habla de un hombre más preocupado por el fondo que por la forma.
Antes de ser presidente tenía sólo dos trajes en su guardarropa.
Sus zapatos no siempre están lustrados.
Prefiere el contacto con los pueblos que con los grandes empresarios.
Incluso a éstos los evita.
Sus trajes, además, parecen quedarle grandes y no son de casimir inglés.
Sus camisas blancas no son tampoco de algodón egipcio ni de un blanco impoluto.
Tampoco fueron diseñadas en una casa sueca.
Sus trajes no son Brioni ni Zegna, ni Boss.
Sus zapatos están lejos de la marca Ferragamo.
Algo es cierto: aspira a ser algún día una estatua de bronce en todas las plazas públicas de México.
Juárez enfrentaba a sus enemigos con una virulencia brutal.
Sobre todo a Maximiliano de Habsburgo.
Con éste fue implacable.
López Obrador ataca a sus enemigos todos los días y los llama conservadores, cobardes y corruptos.
A la prensa crítica la tira en el basurero de la historia y no la baja de pasquinera y mentirosa.
Parece que lucha contra el mal con las armas de los malos.
“No luches contra el mal con el mal”, escribió Tolstoi en el contexto de una literatura deslumbrante.
Es decir: no puedes corregir el mal siendo malo.
Juarez vivió en Palacio Nacional.
López Obrador vive ahí.
Cuántas perturbadoras semejanzas.
Un Hipócrita Lector. Erick Martínez es un extraordinario periodista de Teziutlán y un lector con amplias miras.
Ayer me envió en privado estas líneas que sin su autorización reproduzco:
“Leo tus columnas con mi familia y algunos colaboradores y, en resumen, opinaron que Armenta jamás vio el peligro en un hombre con una llave de tuercas en la mano. Es decir, que metafóricamente te ven entrando en la maquinaria política de senador, armado sólo con esa llave de tuercas, para luego salir tranquilamente, pararte en frente y ver cómo se venía a tierra su hoy inútil armatoste. Nos encanta leerte amigo. Un fuerte y cariñoso abrazo”.
Gracias siempre, querido y admirado Erick.
