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La Rabieta de Anahí

La Rabieta de Anahí
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Por Marío Alberto Mejía

Dulce María Silva creyó que podía ser candidata de Morena a la gubernatura utilizando los nombres del presidente López Obrador y de César Yañez, su esposo.

A los pueblos iba de zapatillas, ropa de marca y sus espléndidas y onerosas bolsas:

(Birkin, de 200 mil pesos; Lady Dior, de 150mil; Cèline, de 120 mil, y Chanel 1955, de 100 mil.

(Sus bolsas podrían alimentar un albergue de niños pobres durante años).

Dulce llegaba desde su posición de esposa del coordinador general de Política y Gobierno a ofrecer de todo:

Puestos de trabajo, becas, subvenciones, créditos…

E inevitablemente sacaba a colación su gran relación con el presidente.

Para él era simplemente Andrés.

Faltaba más.

Fue su padrino de boda.

El problema es que éste se enteró muy tarde de los destrozos que estaba haciendo doña Dulce.

Un día supo que era agresiva, tiránica, prepotente, humilladora y émula —ufff— de Anahí.

Lo peor vino cuando escuchó el audio en el que la hoy frustrada candidata se dice avergonzada y defraudada de su gestión.

Es una pena que el trabajo de Yáñez siga acotado por culpa de quien nada tiene que ver con la 4T.

Primero fue la boda.

Hoy es la ambición por ser gobernadora.

Por cierto:

Enterada de que la candidatura la ganaría muy ampliamente Lorena Cuéllar, buscó revertir los números la noche de este domingo.

Como eso era imposible, sobrevino un enojo brutal.

Todo se salió de control.

Las cosas terminaron con una decisión que retrata el espíritu de la precandidata:

No fue a la reunión en la que se daría a conocer el resultado de la encuesta.

El acuerdo era que los perdedores aceptarían los números.

Al no hacerlo, entró en desacato.

¿Qué viene?

Una posible conspiración en alianza con priistas resentidos que siempre han estado en contra de Lorena Cuéllar.

De darse esa trama macabra todo se sabrá.

Y la información llegará en quince minutos a la oficina central de Palacio Nacional.

Los muertos —ya se sabe— viajan rápido.