La Leyenda Urbana Semanal Contra el Gobernador
Por Mario Alberto Mejías
La Quinta Columna
En los últimos meses, cada fin de semana circula en Puebla un rumor nacido de la maledicencia: "El gobernador está internado en el Hospital Ángeles".
Sus promotores tienen un fin claro y ruin: buscan sembrar la incertidumbre.
Impotentes ante un gobierno que está dando resultados de sobra en el tema de Seguridad Pública, por ejemplo, los maledicentes han ensayado todas las formas posibles —rupestres en su mayoría— para generar una mala imagen del principal habitante de Casa Aguayo.
(¿Es el estado de salud de un gobernante el equivalente de una mala imagen? Para los zafios, sí).
Incapaces de más, recurren ahora a temas relacionados con la carroña.
Es ahí cuando uno piensa en esa frase del presidente López Obrador que los retrata fielmente: “Estamos en la temporada de zopilotes”.
Es cierto.
Qué terrible para ellos y para la sociedad que los prohijó.
Y es que esa miseria humana no nació de la nada.
Alguien la engendró entre las familias poblanas, como un virus mortal, desde hace años.
Y creció.
Y se reprodujo.
Puebla ha tenido varias famas públicas desde la época de Juárez.
Zaragoza, se sabe, quiso dirigir sus cañones hacia la capital del estado cuando supo que los poblanos de élite lloraban la derrota del ejército francés.
A partir de entonces, leyendas como ésas se han venido multiplicando.
El término pipope no nació de la nada.
Es la forma que tienen los habitantes de otras ciudades para calificar y descalificar al “pinche poblano pendejo”.
A ése que se siente tejido a mano y que humilla a quienes ve como inferiores.
(No en balde, Javi, el falso español de la película “Nosotros los Nobles”, era cholulteca).
Los poblanos que forman parte de la temporada de zopilotes son racistas y clasistas, faltaba más: hijos directos de la derrota electoral de 2019.
Son los que le apostaron a Enrique Cárdenas y al PAN sus flacos capitales, y no acaban de digerir el triunfo de Miguel Barbosa Huerta.
Por eso inventan cada fin de semana la misma historia tratando de meterle incertidumbre al fogón poblano.
No está de más recordarles que Roosvelt (Franklin Delano) trazó el triunfo sobre la Alemania nazi desde una silla de ruedas.
¿Fue un discapacitado?
No.
Sí lo fueron sus contendientes.
Lo mismo ocurre en la novela poblana, donde los enemigos pequeños —de espíritu y de tamaño político— tienen que inventarse una mentira para lucrar.
¿Qué ganan?
Nada memorable.
O sí: la certeza absoluta de que son los zopilotes que vuelan alrededor de miasmas y sentinas.
Prensa y Poder. Pedro J. Ramírez está celebrando sus 40 años de director de periódicos con un documental —producido por El Español—dividido en varias partes.
Ahí pasa revista a épocas gloriosas y lamentables de España, así como a gobernantes, empresarios y periodistas.
La pugna que tuvo con Felipe González fue brutal.
Desde la Presidencia del Gobierno español, González buscó borrar del mapa periodístico a Pedro Jota sin éxito alguno.
Y cada vez que podía —y podía mucho—, lo rebajaba con toda clase de descalificaciones.
“En toda sociedad democrática debe haber un porcentaje de canallas, hay que tolerarlos y convivir con ellos, y el señor que dirige El Mundo es uno de los canallas”, dijo el presidente sin ningún rubor en alusión al polémico periodista.
Horas después, aclaró: “Que me disculpen los canallas que se hayan sentido aludidos por mi referencia al director de El Mundo. Él es peor que canalla”.
Estos pasajes me recordaron inevitablemente al presidente López Obrador y al gobernador Barbosa, pues constantemente son críticos de cierto tipo de periodismo.
Lo ocurrido en la España de Pedro Jota se dio en los años noventa, y la vida siguió su curso.
Nadie, faltaba más, dijo que Felipe González afectaba la libertad de expresión ni cosa parecida.
En México y en Puebla, en cambio, hay quienes sueltan las plañideras para lloriquear y lamentarse.
El hipócrita lector no se puede perder esta serie de El Español a través de You Tube.
Basta con buscar “PedroJ40”.
El banquete que tendrá será delirante.
