Unas Líneas Desde el Cautiverio del Coronavirus
Por Mario Alberto Mejía
La Quinta Columna
En todo el mundo la gente está paralizando las ciudades.
Un movimiento generado por el miedo ha venido a sacar lo mejor de nosotros.
El miedo a los feminicidios generó un inédito "ya basta".
Fue entonces que las mujeres tomaron las ciudades, primero, y después desaparecieron de ellas.
Quedó claro que habían descubierto un poder: el suyo propio.
No nos sabíamos tan poderosos como en estos días.
Este lunes viví mi experiencia personal.
Salí a la calle a bordo de mi automóvil luego de más de una semana en cautiverio.
Todos, en una buena parte, hemos sido Robinson Crusoe.
Aprendemos cosas que habíamos olvidado como encender el fuego, conversar, guardar silencio por más de diez minutos.
No miramos el mar, pero miramos ese árbol que siempre ha estado ahí queriendo llamar nuestra atención.
Descubrimos aves rojas, pequeñas, que comulgan con las buganvilias.
Uno de mis perros —Oskar Parnasus— ordena el caos a su manera.
En el jardín, es un león desorientado, como escribió Neruda, pero un león de cabo a rabo metido en el cuerpo de un westi.
Otea, se regocija, y, cuando quiere, pone a volar a los pajaritos.
(Todo esto lo había olvidado, pero el cautiverio en casa lo pone otra vez en escena).
Salí, pues, a las calles de esta ciudad en la que vivo desde 1991.
Y la encontré distinta.
Pocos autos, poca gente, avenidas vacías, restaurantes cerrados, gente con tapabocas.
Así debieron haber sido los primeros días en la ciudad de Prípiat después del accidente nuclear en la central de Chernóbil.
Seguí vagando por esta ciudad fantasma que era Puebla hacia las dos de la tarde, cuando en condiciones normales el tráfico tiende a volverse una sucursal del infierno.
Pensé entonces en esa canción de José Alfredo:
“Las distancias apartan las ciudades / las ciudades destruyen las costumbres”.
Pensé también en esos versos de Cavafis:
“La ciudad es siempre la misma”.
¿Qué fuerza inaudita hay en esta acción ciudadana?, reflexioné mientras circulaba sobre una avenida Juárez despojada de autos.
Y es que así como los ciudadanos paramos una ciudad, podemos inevitablemente ponerla en movimiento.
¡Qué músculo dormido echado a andar!, pensé al ver Angelópolis despoblado de compradores compulsivos y camionetas de lujo.
No seremos los mismos los que regresemos a la vida diaria después de esta crisis financiera y de salud.
Habremos demostrado que somos como ese gusano que intenta subir por el tronco del laurel mientras Oskar Parnasus —mi león desorientado — piensa la forma de despellejarlo vivo.
Día 9 de la cuarentena. Descubro que hay rincones de la casa poco visitados.
En uno de éstos hallo —colgada en un perchero— una sombra abandonada hace muchos años, antes de que yo viniera a vivir aquí.
Es la sombra de una señora que padece Alzheimer.
Al mudarse olvidó su sombra, un paraguas y una gabardina.
*
No había visto los ojos de mis perros.
O no los había visto lo suficiente.
Uno, Minú, tiene una mirada bovina.
Si empieza a balar creeré que he enloquecido.
El otro, Oskar Parnasus, tiene en cambio unos ojos llenos de poder.
No duda.
Nunca los entrecierra.
Se mantiene listo para cazar a su presa.
Sólo un problema tiene: su presa pasa del otro lado de la barda, y no le teme.
Ignorarlo es su juego.
