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Consuman la sucesión en la BUAP

Consuman la sucesión en la BUAP
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En la BUAP ya no existen los agüeristas.

Hoy por hoy se esparcieron, valga la redundancia, los esparzistas.

No podía ser de otra manera.

Es un fenómeno que ocurre en cada sucesión.

El hijo devora al padre.

Lo curioso en este caso es que Enrique Agüera no se inconformó y dejó que las cosas sucedieran como hasta el cierre de esta edición están ocurriendo.

No fue lo mismo con Enrique Doger.

¿Qué año era aquél?

2004.

Mario Marín, candidato a la gubernatura, se peleó a muerte con Doger, que a su vez buscaba ser alcalde con el apoyo de Melquiades Morales.

La filtración de una lista de teléfonos de la BUAP que eran utilizados en la casa de campaña del ex rector provocó una virulenta reacción del mismo.

Y es que renunció por segunda vez a la candidatura.

Todos intervinieron.

Bartlett (hoy demócrata), don Melquiades, la dirigencia nacional del PRI…

Y lograron convencer a Doger de que se quedara.

Lo que no hicieron fue borrar de su cabeza la idea –funesta- de que Agüera, su hijo político y heredero, estaba detrás del manotazo.

Esta transición, hay que decirlo, ha sido mucho más tenue.

Alfonso Esparza, rector interino, sólo recurrió al sentido común para colocarse en la ruta de la Rectoría.

Su aliado principal es, faltaba más, el gobernador Rafael Moreno Valle, quien en campaña jamás se confrontó con Enrique Agüera.

El mérito es de ambos.

Agüera jamás osó tocar al gobernador.

Y cuando así parecía, de inmediato salió a decir que no, que la prensa quería amarrar navajas, que Moreno Valle no era su objetivo.

Una paz porfiriana se impuso en la campaña.

Y en un contexto como ése se dio el encuentro –se tejieron las simpatías- entre el gobernador y Alfonso Esparza.

Lo curioso del caso –lo inédito- es que Agüera nunca, jamás, intentó desestabilizar a la BUAP.

Guardó una conducta institucional.

Y trazó su propia ruta crítica tras la elección del 7 de julio.

Es decir: guardó su luto, se casó por la iglesia, se fue de viaje, regresó a la realidad poblana y se reincorporó a la vida pública.

Su fin es uno: ser diputado federal en el 2015.

Y cuando alguien le pregunta por la BUAP tiene a la mano una respuesta aristotélica: El corredor no puede alcanzar infinitos puntos en un tiempo finito.

En otras palabras: El corredor no puede alcanzar la meta saltándose al destino.

Las transiciones en la BUAP son ejemplares.

Quien llega, asume el poder de inmediato.

No espera a que el padre tenga la tentación de la permanencia.

Todo sucede en décimas de segundo.

Es una inmolación.

Ayer, de manera simbólica, se dio el cambio de una estafeta que en realidad se había dado antes del 7 de julio.

Y con una novedad:

No hay muertos.

No hay heridos.

La verdad aristotélica, otra vez, alcanzó a la universidad.