Niña de 12 años era prostituida diario con 60 hombres en Puebla
Delgada, con la espalda y las piernas descubiertas; la boca, pequeña y rojísima, seguía con la cara fruncida en un hotel de la calle Catorce Poniente, en Puebla. Los gritos habían cesado. Imelda escuchó cómo las voces entre los policías federales bajaban de intensidad y cómo, poco a poco, aparecían las palabras del encargado del negocio.
Los hombres vestidos de azul cubrieron sus cabezas con pasamontañas y eligieron a algunas de las muchachas. Las más pequeñas parecían ser de su mayor interés.
Por eso la eligieron a ella, porque fácilmente se le notaban los 12 años de edad. Y llamaba la atención.
Por eso se le quedó La Boquitas.
Así, o como Imelda, pide que se le identifique ahora, a pocos años, pero años luz de los días en que sobrevivía con 60 cuerpos al día encima del suyo. Imelda nació y creció en el centro del Distrito Federal.
La Plaza Pino Suárez le resultaba un lugar seguro. Una tarde se citó ahí con los amigos. Se le acercó un vendedor de dulces y le extendió uno. –Él te lo manda –señaló el ambulante hacia la multitud de la que apareció la cara de un joven que empezaba a parecer hombre, amable y sonriente. Un bigote de peluza de durazno se le asomaba sobre los labios gruesos.
La niña aceptó el caramelo, acariciada por la idea del cortejo que venía.
–¿Cómo te llamas? –se acercó al fin–.
¿Eres de aquí? Creo que eres muy confiada.
–Me llamo tal. Sí, soy de aquí –respondió ella, confiada.
–¿Quieres comer? ¿Vamos por un helado? Eres muy bonita.
–Ya llegaron mis amigos… La muchacha miró a un grupo de compañeros de la secundaria. Miró una pelota y se sintió infantil.
–Vamos aquí cerca. Y ella fue.
